Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Anuncio del nacimiento de Juan el Bautista

Este evangelio es el que, por así decirlo, nos acerca más al Señor Jesús, pues nos lo presenta especialmente en su humanidad perfecta. Dios escogió a Lucas, el médico amado y fiel compañero de Pablo (Colosenses 4:14; 2 Timoteo 4:11), para que nos hiciera esta revelación. Esta es presentada bajo la forma de una narración destinada a un cierto Teófilo (cuyo nombre significa “el que ama a Dios”). El tema condujo al evangelista a describir, con particular cuidado, cómo Jesús se revistió de nuestra humanidad e hizo su entrada en el mundo. Es verdad que habría podido aparecer a una edad adulta; mas quiso vivir nuestra historia desde el nacimiento hasta la muerte, pero siempre para la gloria de Dios. El principio del relato nos presenta a Zacarías, un piadoso sacerdote, cumpliendo su servicio en el templo. Mientras oficiaba en ese solemne lugar, repentinamente y con temor notó que ya no estaba solo. Había un ángel junto al altar del incienso que traía un mensaje divino: Un hijo sería dado a Zacarías y Elisabet. Separado para Dios desde el vientre de su madre, sería el profeta encargado de preparar a Israel para la venida de su Mesías, quien diría de él más tarde: “Si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir” (comp. v. 17 con Mateo 11:14; Malaquías 4:5-6).

Zacarías mudo – Anuncio a María

Ante estas “buenas nuevas” (v. 19), el corazón de Zacarías permaneció incrédulo. Y, sin embargo, ¿no eran la respuesta a sus oraciones? (v. 13). Desgraciadamente sucede lo mismo con nosotros. Ya no esperamos del Señor lo que le hemos pedido. En respuesta a la pregunta: “¿En qué conoceré esto?”, el mensajero celestial reveló su propio nombre: Gabriel, que significa Dios es poderoso. Sí, su palabra se cumpliría a pesar de las dudas con que fue acogida. Zacarías quedó mudo hasta el nacimiento del niño, mientras que Elisabet, su mujer, objeto de la gracia divina, se recluyó modestamente para no llamar la atención. Después, el ángel Gabriel fue encargado de una misión más extraordinaria todavía: anunciar a María, una virgen de Israel, que ella sería la madre del Salvador. ¡Maravilloso acontecimiento, infinito en sus consecuencias! Comprendemos la turbación y emoción que se apoderaron de la joven. Pero su pregunta del versículo 34 no denotaba incredulidad como la de Zacarías. María creyó y se sometió enteramente a la voluntad divina: “He aquí la sierva del Señor” (v. 38). Esta es la respuesta que el que nos ha rescatado espera de nosotros.

De Juan el ángel había dicho: “Será grande delante de Dios” (v. 15), pero de Jesús declaró:

Será grande, y será llamado Hijo del Altísimo… Hijo de Dios (v. 32, 35).

María visita a Elisabet

Deseosa de compartir el feliz mensaje con Elisabet, de quien el ángel le acababa de hablar, María visitó a su parienta. ¡Qué conversación tuvieron estas dos mujeres! Bien ilustra Malaquías 3:16: “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero”. Las ocupaba la gloria de Dios, el cumplimiento de sus promesas, las bendiciones ofrecidas a la fe. ¿Tenemos nosotros tales temas de conversación cuando nos encontramos con otros hijos de Dios? “Bienaventurada la que creyó”, exclamó Elisabet, y María respondió: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (v. 47). Esto es suficiente para demostrar que María no ha sido salvada de otra manera que por la fe. Como pecadora tenía necesidad, al igual que todos los hombres, del Salvador que iba a nacer de ella. Él “ha mirado la bajeza de su sierva”, añadió María (v. 48). A pesar del honor excepcional que Dios le concedía, María permaneció humilde ante él. ¿Qué pensaría ella del culto del que se le ha hecho objeto en ciertos ámbitos de la cristiandad?

Observemos cuánto se asemeja el hermoso cántico de María al de Ana (1 Samuel 2). Ambos hablan de cómo Dios “exaltó a los humildes… y a los ricos envió vacíos”. Dios solo envía vacíos a los que están llenos de sí mismos.

Zacarías puede hablar nuevamente

Elisabet trajo al mundo al que sería el profeta del Altísimo (v. 76). Vecinos y parientes se regocijaron con ella. ¡De cuánta alegría están llenos estos capítulos! (cap. 1:14, 44, 47, 58; 2:10). Zacarías tuvo la ocasión de demostrar su fe confirmando el hermoso nombre de este niño (Juan significa “favor del Señor”). Inmediatamente le fue devuelta el habla; sus primeras palabras fueron para alabar y bendecir a Dios. Lleno del Espíritu Santo, celebró la gran acción libertadora que Dios habría de emprender en favor de su pueblo. ¡Cuánto más aún puede subir nuestro cántico cristiano! Por la venida de Cristo y su obra en la cruz Dios nos ha librado, no de enemigos terrenales, sino del poder de Satanás. Estando así libertados, nuestro privilegio es servir al Señor “sin temor… en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (comp. v. 74-75 con Hebreos 2:14-15). “Nos visitará el Sol naciente, descendiendo de las alturas”, añade Zacarías (v. 78, V. M.). En los tiempos de Ezequiel, la gloria se había ido en dirección del oriente (o del sol naciente). Adorable misterio, esta gloria divina volvía a visitar al pueblo impotente y miserable (v. 79). Esta vez no era bajo el aspecto de una nube deslumbrante, sino bajo la condición de un humilde niño.