Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 20

Los labradores de la viña

Si hubieran estado presentes en el bautismo de Juan, estos fariseos no habrían tenido necesidad de preguntar al Señor con qué autoridad hacía “estas cosas” (cap. 7:30). En aquella ocasión, Dios había designado solemnemente a su Hijo amado y le había revestido de poder para su ministerio (cap. 3:22). Además, todo lo que Jesús hacía o decía, ¿no mostraba claramente que era el Padre quien lo había enviado? (Juan 12:49-50).

El Señor dio una vez más a estos hombres de mala fe la oportunidad de reconocerse en la parábola de los labradores malvados. Rehusando a Dios el fruto de la obediencia, Israel había despreciado, maltratado y a veces matado a sus mensajeros y profetas (2 Crónicas 36:15). Y, cuando el amor de Dios les dio a su propio Hijo, no vacilaron en echarlo “fuera de la viña” para matarlo. El Señor mostró las consecuencias terribles de este último crimen: Dios destruirá a este pueblo inicuo y confiará a otros, tomados de entre las naciones, la responsabilidad de llevar fruto para él. Finalmente, si por un lado, del templo terrestre no debía quedar piedra sobre piedra (cap. 19:44; 21:5-6), por el otro, Cristo, “la piedra reprobada” (Hechos 4:11), llegaría a ser en resurrección, el precioso fundamento de una casa espiritual y celestial: la Iglesia (1 Pedro 2:4).

Dos preguntas más

A la sutil pregunta que hicieron estos “espías”, Jesús respondió, como de costumbre, hablando a su conciencia. Es necesario dar a cada uno lo que le corresponde, y primeramente debemos darle a Dios la obediencia y el honor que le pertenecen (Romanos 13:7).

En cuanto a los saduceos, el Señor les probó la realidad de la resurrección por medio de este título que Dios se da: El “Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (v. 37; Éxodo 3:6). Cuando Jehová hablaba así a Moisés, ya hacía mucho tiempo que estos patriarcas habían dejado la tierra. Sin embargo, él seguía proclamándose su Dios. Para él ellos estaban vivos y sus cuerpos debían resucitar. Estos hombres de fe tenían la mira puesta en “lo prometido”, más allá de la vida presente, y demostraban que esperaban las promesas con certidumbre.

Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos
(Hebreos 11:13-16).

Creyentes, apliquémonos a mostrar a nuestro alrededor que tenemos una esperanza viva.

Los fariseos y los saduceos corresponden a dos tendencias religiosas de todos los tiempos: de un lado el formalismo legal, el apego a las tradiciones, y del otro, al contrario, el racionalismo (o modernismo) que pone en duda la Palabra y sus verdades fundamentales.

La ofrenda de la viuda

Observando a los ricos y a los pobres, a los instruidos y a los ignorantes, a los aduladores y a los contradictores, Jesús, en su sabiduría maravillosa, discernía los motivos y los sentimientos de todos, y tomaba para con cada uno la actitud que convenía a su estado. Denunciaba la vanidad al mismo tiempo que la culpabilidad de los jefes del pueblo, y prevenía a los que pudiesen ser engañados por ellos. Se complacía en subrayar, en contraste, la devoción de una pobre viuda que era víctima de la codicia de los escribas. Echando en el tesoro sus últimos recursos, ella se abandonaba enteramente a Dios y mostraba que dependía solo de él (1 Timoteo 5:5; 2 Corintios 8:1-5). El Señor ve tanto lo que le ofrecemos como lo que guardamos. Él no cuenta de la misma manera que nosotros (v. 3), y esto anima a todos los que no pueden dar mucho (2 Corintios 8:12). ¡Cuántas “blancas” serán fortunas en el tesoro celestial! (comp. cap. 12:33 con cap. 18:22).

Algunos estaban deslumbrados por la belleza de las piedras y de los adornos del templo; pero allí Jesús también juzgaba diferentemente. Conocía el interior de este templo y lo comparó con una cueva de ladrones (cap. 19:46). Después declaró cuál sería la suerte de estas cosas que el hombre admiraba (v. 6).