Capítulo 5
Un encuentro decisivo durante una pesca milagrosa
Llegamos al conocido relato de la pesca milagrosa… y de un acontecimiento más maravilloso aún: la conversión de Simón. ¿Qué hacía este mientras el divino Maestro enseñaba a la muchedumbre? Lavaba las redes sucias por el trabajo infructuoso de la noche anterior. Jesús lo obligó a escuchar. Le pidió que lo condujese al lago, de manera que pudiese dirigirse desde la barca al pueblo reunido en la orilla y, al mismo tiempo, al hombre que estaba a su lado. Después el Señor habló de otra manera a Simón Pedro y a sus compañeros: llenó su red; así se dio a conocer como el Señor del universo, el que ordena a los peces del mar según el Salmo 8:6-8, y que todo lo puede donde el hombre nada puede. Lleno de miedo y convencido de ser pecador por la presencia del Señor, Simón cayó de rodillas diciendo: “Apártate de mí…”. Pero ¿será posible que el Señor de amor busque al pecador para luego apartarse de él? Lucas es el único que narra este encuentro decisivo del Señor con su discípulo. El libro de los Hechos nos muestra a Pedro convertido en pescador de hombres, siendo él el instrumento para una milagrosa “pesca” de alrededor de tres mil almas (Hechos 2:41).
La gracia limpia y perdona
Un pobre leproso vino a Jesús, reconociendo Su poder. Fue curado por la voluntad del amor del Señor. El versículo 16 nos revela nuevamente el secreto de este Hombre perfecto: su vida de oración. La perfección para un hombre consiste en vivir en una entera dependencia de Dios, y esta dependencia halla su expresión en la oración. Por eso a cada momento Lucas nos muestra a nuestro incomparable Modelo en esta actitud bendita (cap. 3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 29; 11:1; 22:32, 44). Luego vemos el esfuerzo desplegado por cuatro personas para poner a un pobre paralítico en contacto con Jesús (Marcos 2:3). ¡Que este celo y esta fe perseverante nos animen! Podemos llevar al Señor también, por medio de la oración, a aquellos cuya conversión nos preocupa; quizás podemos invitarlos a acompañarnos donde él nos ha prometido su presencia.
En los capítulos 4 y 5 el pecado nos es presentado bajo diferentes aspectos: como poder de Satanás sobre los endemoniados (cap. 4:33, 41); bajo forma de mancha en el leproso y, finalmente, como estado de muerte ante Dios en el paralítico. Jesús vino a responder a estos tres caracteres: él es el que libra, el que purifica y el que devuelve al hombre el uso de sus facultades para Dios.
Los que se proclaman justos
Leví (o Mateo, Mateo 9:9) estaba en su trabajo cuando Jesús lo llamó. Entonces dejó todo, se levantó y lo siguió. Después recibió al Señor y a sus antiguos colegas en su casa para darles la ocasión de encontrar a su nuevo Maestro. ¡Que nuestras invitaciones también puedan tener este motivo! Estos publicanos, recaudadores de impuestos, eran odiados por los otros judíos porque se enriquecían a sus expensas y sacaban provecho personal del yugo romano. Por eso los escribas y los fariseos se indignaron cuando vieron a Jesús y a sus discípulos en compañía de estos renegados. ¡Cuántas personas están más inclinadas a apartarse de los pecadores que del pecado! En respuesta a estas murmuraciones, Jesús se hizo conocer como el gran médico de las almas. Así como el médico no asiste a los sanos (o a los que creen estarlo), el Señor solo puede ocuparse de los que reconocen su culpabilidad.
Después los escribas y fariseos preguntaron acerca del ayuno. Jesús les respondió que esta señal de tristeza no era oportuna mientras él, el Esposo, estuviese en medio de ellos. Además, la servidumbre de la ley y de las ordenanzas no concuerda con la libertad y la alegría que trae la gracia (v. 36-37).
