Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 16

Dios sigue siendo el dueño de todo

Nos extraña la actitud de este amo que aprueba a su siervo infiel, igualmente nos sorprende la conclusión del Señor: “Ganad amigos por medio de las riquezas injustas” (v. 9). Pero este adjetivo nos da la clave de la parábola. Nada aquí en la tierra pertenece al hombre. Las riquezas que pretende poseer son, en realidad, de Dios; son, pues, riquezas injustas. Puesto en la tierra con la misión de administrarlas, el hombre se ha comportado como un ladrón. Lo que Dios había puesto en sus manos para su propio servicio, él lo ha pervertido para sus intereses egoístas, para satisfacer sus codicias. Pero todavía puede arrepentirse y emplear en beneficio de los demás, con miras al porvenir, los bienes del divino Dueño, mientras los tenga en sus manos.

El mayordomo del capítulo 12:42 era fiel y prudente; este es infiel, sin embargo, también obra prudentemente, y esta es la cualidad que le reconoce su amo. Si la gente del mundo muestra tal previsión, ¿no deberíamos nosotros, que somos “hijos de la luz”, pensar más en las verdaderas riquezas? (v. 11; cap. 12:33).

El versículo 13 nos recuerda que no podemos tener dos corazones: uno para Cristo y otro para Mamón (palabra de origen arameo con la cual Jesús personifica a las riquezas como un dios en Mateo 6:24; Lucas 16:13) y las cosas de este mundo. ¿A quién queremos amar y servir? (1 Reyes 18:21).

La vida en la tierra, la muerte y el más allá

A los avaros fariseos Jesús declara que Dios conoce su corazón y juzga de una manera diferente a cómo lo hacen los hombres. La terrible apreciación de Dios acerca de las obras más grandes, de los triunfos y ambiciones terrenales, está escrita en el versículo 15: “Es abominación”. Entonces, ¡qué completo cambio de situación se manifestará en el otro mundo! El Señor da un admirable ejemplo. Este rico era precisamente un mayordomo infiel, pues aun teniendo a su prójimo a la puerta empleaba para sí mismo, en su afán de lujo y por egoísmo, lo que Dios le había encargado que administrara sobre la tierra. Pero tanto el rico como el pobre tarde o temprano encontrarán la muerte. Y este relato, hecho por Aquel que no puede mentir, demuestra que nuestra historia no termina aquí en la tierra. Todavía abarca el capítulo definitivo en el cual el Señor, volteando un poco la página, nos permite entrever algo. ¿Qué descubrimos en este más allá, acerca del cual tantos hombres tiemblan al interrogarse sobre él? ¡Un lugar de gozo y un lugar de tormento! Entonces será imposible pasar de uno a otro, será demasiado tarde para creer, pero también demasiado tarde para anunciar el Evangelio. “He aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2).