Capítulo 22
Traición – Última pascua
Los jefes del pueblo temían realizar sus deseos criminales porque sabían que la muchedumbre deseaba escuchar a Jesús (cap. 19:48). Pero Satanás vino a ayudarles. Tenía preparado su instrumento: Judas. Entró en él, valiéndose de la voluntad del miserable discípulo. Enseguida este llevaría a cabo su terrible transacción.
A la hora de celebrar la pascua –hoy la cena del Señor–, nada fue dejado a la iniciativa de los discípulos. Jesús les pidió que la prepararan, pero esperó que le preguntaran dónde tendrían que hacerlo. ¡Cuántos cristianos, en lugar de hacer esta pregunta al Señor, han escogido ellos mismos su lugar de reunión! Sin embargo, ¡todo es tan sencillo! Basta dejarse conducir por ese “hombre que lleva un cántaro de agua”, figura del Espíritu Santo presentando la Palabra. La gran habitación preparada muestra que, allí donde el mismo Jesús se encuentra, hay lugar para todos los creyentes. “Cuánto he deseado…”, dijo a los suyos cuando llegó la hora. ¡Qué amor! El Señor no hablaba de un favor que él les hacía, sino de una necesidad de su propio corazón, como alguien que teniendo que dejar a su familia, desea tener con ella una reunión de despedida.
Disputa de los discípulos – Advertencia a Pedro
Era la última reunión del Maestro con sus discípulos. Pero, ¿qué hacían ellos durante este santo momento? ¡Disputaban entre sí sobre quién sería el más grande! Mas, ¡con qué paciencia y dulzura los reprendió el Señor! Por última vez les recordó (y nos recuerda a nosotros) que la verdadera grandeza consiste en servir a los demás. Y él mismo no ha cesado de hacerlo (comp. v. 27 con 12:37). Además, no les hizo ningún reproche, sino que reconoció su devoción y fidelidad: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas”, les dijo. Sin embargo, a estos débiles discípulos aún les sobrevendrían tentaciones que pondrían en peligro su fe. Entonces Jesús les reveló de qué manera serviría en adelante a los suyos: su intercesión precederá a las pruebas y sostendrá su fe cuando deban atravesarlas (Juan 17:9, 11, 15). Mientras él estaba con ellos, no habían tenido necesidad de nada; él cuidaba de todo y los protegía. Pero cuando los dejara, tendrían que combatir por su propia cuenta. Mas no con armas carnales (v. 38; 2 Corintios 10:4) ni “contra sangre y carne” (Efesios 6:12). Satanás, enemigo mucho más temible, se aproximó en esa hora. “Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8).
Una escena solemne
Este solemne relato de la escena del Getsemaní contiene detalles que únicamente hallamos en el evangelio de Lucas. Vemos a Jesús de rodillas (v. 41); y un ángel se le apareció para fortalecerlo (v. 43). Se hallaba en la angustia del combate y sabemos con qué enemigo tenía que vérselas. ¡Era un combate tan intenso que en cierto momento su sudor se transformó en grandes gotas de sangre! Pero esta misma angustia demuestra su perfección. A menudo el mal causa poca impresión en nuestros corazones endurecidos, pero para el Hombre santo por excelencia, el pensamiento de llevar el pecado lo llenaba de horror y terror.
Después Jesús vino a sus discípulos y los halló durmiendo. Así como habían estado cargados de sueño en la montaña, en presencia de su gloria (cap. 9:32), lo estaban aquí ante su sufrimiento. Él les había enseñado a pedir: “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (cap. 11:4; Mateo 6:13). ¡Pero ellos no habían orado así en la hora en que el enemigo se aproximaba!
Entonces llegaron Judas y la tropa que lo acompañaba. Es maravilloso ver al Señor, que unos momentos antes atravesaba el más terrible de los combates, ahora mostrar ante los hombres una paciencia, una gracia (v. 51) y una calma perfectas.
Jesús acusado ante las autoridades religiosas
¡Pobre Pedro! Mientras Jesús oraba, él dormía; mientras Jesús se dejaba prender y llevar como un cordero al matadero (Isaías 53:7; Jeremías 11:19), él blandía la espada (v. 50; comp. Juan 18:10). Por último, mientras el Señor confesaba la verdad ante los hombres, él mintió y lo negó tres veces consecutivas. Se sentó en compañía de los que acababan de apresar a su Maestro y hablaban contra él (Salmo 69:12; 1:1 final). ¿Cómo hubiera podido dar testimonio de él en tal posición?
Una simple mirada del Señor desgarró el corazón del pobre discípulo mucho más de lo que los reproches hubieran podido hacer. ¡Oh!, esa mirada atravesó su conciencia y comenzó una obra de restauración. Esa negación tan dolorosa para el Señor se unió a todos los escarnios recibidos (v. 63-65).
Los hombres malvados ante los cuales compareció se vieron obligados a reconocer que “el Hijo del Hombre” (v. 69) es al mismo tiempo “el Hijo de Dios” (v. 70). Por eso Jesús pudo responderles: “Vosotros decís que lo soy”. ¡Y por eso también son infinitamente más culpables al condenarlo después de tales palabras!
