Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 12

No temer

La hipocresía que caracterizaba a los fariseos también podía, bajo otro aspecto, transformarse en un gran peligro para los discípulos. Los que seguían a Jesús podían esconder, a los ojos del mundo, su relación con el Señor. Por lo cual él, en presencia de la gente, daba ánimo a los suyos para que lo confesasen abiertamente ante los hombres, sin temor a las consecuencias. Sabemos que, en efecto, los cristianos de los primeros siglos tuvieron que afrontar terribles persecuciones. Con ternura el Señor preparaba a sus amigos (v. 4) para esos días difíciles, y dirigía sus pensamientos hacia el Padre celestial. Dios, que tiene cuidado hasta de un pajarillo de ínfimo valor, ¿no tendría cuidado de sus hijos en las pruebas? Y, además, para el testimonio que deberían dar, no tendrían que atormentarse: el Espíritu Santo les dictaría las palabras.

En nuestros días, en la mayoría de los países, los creyentes no son maltratados ni sentenciados a muerte por causa de su fe. Pero si son fieles, muchas veces serán odiados y menospreciados por el mundo, cosa siempre difícil de soportar. Por lo tanto, estas exhortaciones y las promesas que las acompañan también son para nosotros. Pidamos al Señor que nos dé más valor para confesar su Nombre.

Dos peligros

El Señor fue interpelado por alguien de la muchedumbre acerca de una cuestión de herencia. Él aprovechó para poner al descubierto la raíz de estas disputas: la avaricia.

Porque raíz de todos los males es el amor al dinero
(1 Timoteo 6:10).

La parábola del rico y de sus graneros que habían llegado a ser demasiado pequeños ilustra el afán de amontonar. Llenar los bolsillos, acumular, calcular y hacer proyectos a largo plazo fácilmente se disfraza bajo el nombre de «previsión». Esto es, al contrario, la suprema imprevisión, pues significa descuidar y engañar lo más precioso que tenemos, ¡nuestra alma!En su locura, el rico había creído asegurar la suya ofreciéndole “muchos bienes” (v. 19). Pero el alma imperecedera necesita otro alimento. Sí, “necio”es el nombre que Dios da a este hombre. “El que injustamente amontona riquezas… en su postrimería será insensato” (Jeremías 17:11). ¡Sobre cuántas tumbas podría escribirse este epitafio! (Salmo 52:7).

En contraste, Jesús enseña a los suyos que la verdadera previsión consiste en poner la confianza en Dios. Toda inquietud a propósito de nuestras necesidades diarias carece de fundamento ante esta afirmación: “Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (v. 30). Si primero nos preocupamos por su reino y sus intereses, él se encargará de los nuestros. “No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste” (Proverbios 23:4).

Próximo regreso del señor

El rico de la parábola había amontonado tesoros para sí mismo (v. 21) y perdió todo, incluso su alma. Aquí el Señor revela a sus discípulos un medio para hacer tesoros sin ningún riesgo de perderlos: dar limosna, compartir sus bienes, lo cual viene a ser una segura inversión en el banco del cielo (v. 33; comp. 18:22). El corazón se apegará entonces a los tesoros celestiales y esperará más ardientemente la venida del Señor (léase 1 Pedro 1:4). Jesús viene. ¿Esta esperanza tiene sus consecuencias prácticas en nuestra vida, es decir, nos aparta de un mundo que pronto abandonaremos, nos purifica “como él es puro” (1 Juan 3:3), nos llena de celo en el servicio hacia las almas y nos regocija? Pensemos también en el gozo de nuestro amado Salvador cuyos afectos serán colmados. Él se complacerá en recibir y servir personalmente en el festín de la gracia a los que le hayan servido y esperado en la tierra (v. 37). Entonces el “mayordomo fiel y prudente” recibirá su recompensa, y el siervo que no haya obrado según la voluntad de su Señor, aun conociéndola (v. 47; Santiago 4:17), recibirá su solemne castigo. “A todo aquel a quien se haya dado mucho…”. Hagamos la cuenta de todo lo que hemos recibido y saquemos nuestra conclusión.

Distinguir los tiempos, especialmente cuando Dios advierte

Hasta el “bautismo” de su muerte, Jesús estuvo angustiado. La cruz era necesaria para que su amor pudiera expresarse plenamente y hallara eco en los corazones de los hombres. Su venida fue una prueba para ellos. En el seno de las familias cuyos miembros anteriormente se encontraban unidos en la impiedad, sería recibido por unos y rechazado por otros. ¡Cuántos hogares se parecen al que se describe aquí! (v. 52-53).

Después el Señor se dirige nuevamente a los judíos “hipócritas”, y lo hace con un verdadero amor por sus almas (v. 56). No nos extrañemos de la dureza que a veces revisten sus palabras, la que se impone por la propia dureza del corazón humano. Es necesario un martillo de hierro para romper la piedra (Jeremías 23:29). Israel había provocado la ira de Dios, quien vino a ser su “adversario” (v. 58). En el tiempo de Jesús, Dios estaba en Cristo ofreciendo la reconciliación a su pueblo, pero este la rechazó y se resistió a discernir las señales que anuncian el juicio (v. 56). Aún hoy, antes que tenga que obrar como Juez inexorable, Dios ofrece la reconciliación a todos los hombres. En el capítulo 13 versículos 1-5 Jesús evoca dos acontecimientos recientes y solemnes y se sirve de ellos para exhortar a sus oyentes al arrepentimiento. “Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).