Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 18

El juez y la viuda – El fariseo y el publicano

La parábola de la viuda y el juez injusto nos anima a orar con perseverancia (Romanos 12:12; Colosenses 4:2). Efectivamente, si un hombre malo termina por doblegarse, con más razón el Dios de amor intervendrá para responder a “sus escogidos”. A veces tarda en hacerlo, porque el fruto que él espera todavía no está maduro; pero no olvidemos que él mismo se obliga a usar de paciencia, pues su amor lo llevaría a obrar rápidamente (final del v. 7). Vendrá un tiempo, el de la tribulación final, cuando este pasaje tomará toda su fuerza para los escogidos del pueblo judío.

El fariseo que confiado en sí mismo presentaba a Dios su propia justicia y el publicano que se humilló sintiendo una profunda convicción de pecado, son moralmente los respectivos descendientes de Caín y Abel, con la diferencia de que este último se sabía justificado. El único título que nos da derecho a acercarnos a Dios es el de pecador. Para el hombre es humillante tener que poner de lado sus propias obras (v. 11), sus razonamientos, su sabiduría, su experiencia. Pero las verdades divinas del reino no pueden ser aprehendidas sino por la simple fe, cuyo verdadero ejemplo es la confianza de un niño. Cuando el Señor venga, ¿encontrará en nosotros tal fe? (v. 8).

Riquezas fatales

En presencia de este jefe del pueblo, aparentemente dotado de las más nobles cualidades, cualquiera habría dicho: He aquí alguien que me va a honrar, un discípulo de categoría que es necesario retener. Pero Dios mira el corazón (1 Samuel 16:7), y el Señor sondeó el de este hombre.

“¿Qué haré?”, fue su pregunta. Sobre este terreno Jesús solo pudo recordarle la ley. Pero, ¿qué necesidad tendría de robar, si era rico; por qué matar o presentar un falso testimonio cuando tenía una reputación que cuidar; por qué no honrar a sus padres si le habían dejado una valiosa herencia? En realidad, infringía el primer mandamiento, pues su dios era la riqueza (Éxodo 20:3). La tristeza de este hombre, que humanamente tenía todo para ser feliz (buena posición, fortuna y juventud para disfrutarla), es una prueba, para los que envidian tales ventajas, de que nada de todo esto da la verdadera felicidad. Al contrario, si el corazón se apega a estas cosas, estas son un obstáculo para seguir a Jesús y tener parte en la vida eterna. Él mismo cumplió la obra que nos abrió el acceso a la verdadera vida. Meditemos en cada expresión de los versículos 32-33, recordando que Jesús sufrió así por mí.

En Jericó – La historia de Zaqueo

La visita del Señor a Jericó fue probablemente la única ocasión dada al ciego y a Zaqueo para encontrar al Señor Jesús. A pesar de los obstáculos, supieron aprovecharla (comp. cap. 16:16).

Consideremos a este ciego: no podía ver al Salvador que pasaba y, además, la muchedumbre quería que se callase; pero él gritó con insistencia y obtuvo la respuesta a su fe.

En cuanto a Zaqueo, su pequeña estatura y la muchedumbre que se apretujaba alrededor de Jesús le impedían verlo. Entonces corrió para adelantarse al cortejo y se subió a un árbol, sin preocuparse por el qué dirán. También él superó las dificultades, ¡y qué recompensa obtuvo! Nos imaginamos su confusión y alegría cuando el Señor lo llamó por su nombre, invitándolo a bajar rápidamente para acoger al Señor en su propia casa.

Querido amigo, Jesús todavía pasa hoy cerca de usted trayéndole la salvación (v. 9). No se deje detener por su incapacidad natural, por las formas de una falsa religión que, como esta muchedumbre, impiden ver a Jesús “tal como él es” (1 Juan 3:2), ni tampoco por la opinión de los demás. El Maestro lo llama por su nombre y le dice: “Hoy es necesario que pose yo” en su corazón. ¿Lo dejará usted pasar?