Capítulo 13
¿Esperanza de curación? – Las aves – La levadura
La historia de Israel, representada por la higuera estéril, es al mismo tiempo la de toda la humanidad. Dios ha utilizado todos los medios para tratar de conseguir algo bueno de su criatura. Pero el hombre en la carne, a pesar de sus pretensiones religiosas (hermoso follaje), es incapaz de producir el más pequeño fruto para Dios. Ocupa, pues, inútilmente la tierra y debe ser juzgado.
Prosiguiendo su ministerio de gracia, Jesús curó a una pobre mujer enferma que estaba jorobada. Nosotros también corremos el riesgo de estarlo espiritualmente cuando nuestras miradas se vuelven hacia las cosas de la tierra o cuando nos obstinamos en llevar cargas que el Señor quiere llevar en nuestro lugar. Pero él “levanta a los caídos” y quiere que andemos “con el rostro erguido” (Salmo 146:8; Levítico 26:13). Nuevamente, este milagro hecho un sábado sirvió de pretexto a sus adversarios hipócritas. Mas su respuesta los cubrió de vergüenza y les recordó sus deberes de amor hacia una hermana, hija de Abraham.
Las dos pequeñas parábolas siguientes describen el gran desarrollo visible del cristianismo formal, impregnado de la levadura de falsas doctrinas e invadido por los hombres codiciosos (los pájaros del cielo caracterizados por su voracidad). El gran árbol de la cristiandad tendrá la misma suerte que la higuera de Israel (v. 9).
La puerta angosta
Al Señor nunca lo vemos satisfacer la curiosidad de sus interlocutores. Cuando se le preguntó si los escogidos eran pocos, aprovechó para hablar a la conciencia, como para decir a cada uno: «No te preocupes por los demás; actúa de manera que te encuentres entre los pocos. En verdad la puerta es angosta, pero el reino es bastante amplio para acoger a todos los que deseen entrar ahora. Y si no quieres entrar por esta puerta angosta (v. 24), más tarde tendrás ante ti una puerta cerrada» (v. 25). ¡Cuán solemnes son estos llamados, estos vanos gritos y esta terrible respuesta:
No os conozco ni sé de dónde sois (v. 25, V. M).
Hay un error, exclamarán algunos, pues hemos tenido padres cristianos, hemos asistido a las reuniones, hemos leído la Biblia y cantado himnos. Pero el Señor solo recibirá en su cielo a los que aquí en la tierra lo hayan recibido en su corazón.
Estas severas palabras Jesús las dirige especialmente al pueblo de Israel. Mientras Herodes, esa “zorra” cruel y astuta, se apoderaba de “los polluelos” de Israel, su verdadero Rey procuraba reunirlos (v. 34). Pero no quisieron nada de él ni de su gracia, y ahora el Señor de gloria, abandonando la casa, a “los suyos” que no lo habían recibido (v. 35; Juan 1:11), proseguía su camino hacia la cruz.
