Capítulo 14
El Señor observa
Nuevamente encontramos al Señor en la casa de un fariseo. Y allí fue una vez más el objeto de una abierta malevolencia. Lo observaban disimuladamente (v. 1) para ver si lo sorprendían en alguna falta sobre la cuestión del sábado. Pero Jesús curó al hombre hidrópico y, como en el capítulo 13:15, cerró la boca a sus adversarios. Luego fue Él quien los observó (v. 7). Su mirada, a la cual nada puede escapar, percibió cómo se esforzaban por ocupar los primeros puestos en la mesa. Así sucede en el mundo. Se trata de ganar los más grandes honores o los mejores bocados. Pero nosotros los cristianos siempre estaremos más felices en el último lugar, porque es ahí donde encontraremos a Jesús. En efecto, no es necesario preguntarnos desde qué lugar el Señor hizo estas observaciones, pues el fariseo no parecía haber estado dispuesto a ofrecerle un lugar distinguido.
Si Jesús tuvo una lección para los convidados, también tuvo una para el dueño de casa. A los primeros les enseñó a escoger su lugar, al segundo le enseñó a escoger sus invitados. El señor siempre quiere hacernos examinar el motivo que nos hace obrar. ¿Es con vistas a obtener ventajas u honores o es el amor que se complace en la abnegación por él?
Parábola de la gran cena – Para seguirlo
De todos los convidados a este banquete, ¿quién encontrará la peor excusa para no asistir? ¿Esperamos haber comprado un campo para verlo, o bueyes para probar su fuerza? El que acababa de casarse podría haber llevado a su esposa al festín. Despreciando la invitación, no solamente se perdían la fiesta sino que ofendían al dueño de casa. Al gran banquete de su gracia, Dios ha convidado primero al pueblo judío y, después de su rechazo, a todos los que no pueden esconder su pobreza, enfermedad y miseria. Tales son las personas que llenarán el cielo (comp. v. 21 con v. 13). Y aún hay lugar, el de usted quizás, si todavía no ha aceptado la invitación.
El versículo 26 nos enseña simplemente que si alguien pretendiera no poder seguir a Cristo, cualquiera fuera la causa, incluso la oposición de los parientes más cercanos, esta sería una excusa aborrecible. Es necesario ir a él (v. 26) y seguir en pos de él (v. 27), pero el enemigo es peligroso. Quien se ponga en camino sin haber calculado el costo es un insensato. Y el costo es grande, pues se trata de renunciar a todo lo que uno posee (v. 33). Si se toma la cruz, no se pueden llevar otras cargas. Mas la ganancia es incomparable: Cristo mismo (Filipenses 3:8).
