Capítulo 8
Encrucijadas
Como en el capítulo 1, la Sabiduría se vuelve hacia los perdidos y hace resonar sus llamados de gracia. Esta vez se detiene en las alturas, en los caminos y a las puertas de la ciudad, en todas partes donde pasa la gente. La encrucijada (v. 2) es un lugar de la ruta en el que se presenta la ocasión de cambiar de dirección. En la parábola, allí son enviados los siervos del rey a fin de buscar y convidar a cuantos hallen (Mateo 22:9). El capítulo 9 nos mostrará que también la Sabiduría tiene preparado un festín y que envía a sus criadas para confirmar su invitación. Quizás usted ande todavía por el camino ancho; responda ahora a la insistente voz que le llama en la encrucijada. Esa voz es la de Jesús, quien quiere su felicidad. Hace oír cosas excelentes a todos los que le escuchan, palabras rectas, claras y verdaderas (v. 6, 9). Tiene en reserva tesoros que no son comparables con el oro y la plata de este mundo. Hace heredar “riquezas duraderas” (v. 18), “bienes venideros”, “mejor y perdurable herencia”, como los llama también Hebreos 10:1 y 34. En verdad, cuán gloriosas son las cosas
Que Dios ha preparado para los que le aman
(1 Corintios 2:9; comp. v. 17-21).
El Hijo eterno
Lo “que Dios ha preparado para los que le aman” tiene su fuente en Cristo. Él es “sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Corintios 2:7, 9; véase también 1 Corintios 1:30). Los versículos 22 a 31 nos hacen remontar el curso del tiempo más allá del principio de las cosas creadas, tan lejos como puede ir nuestro pensamiento. Ya estaba la Sabiduría, una Persona, al lado de Dios: el Hijo con el Padre, en una recíproca plenitud de amor y de gozo para concebir y luego efectuar juntos la obra de la creación. Pero, además, nos enteramos aquí de algo extraordinario: antes que existiera un solo hombre, antes que ni siquiera hubiera una tierra para llevarlo, aun antes del “principio del polvo del mundo”, fuimos, usted y yo, conocidos y amados. “Mis delicias son con los hijos de los hombres”, tal es la maravillosa declaración del Amado de Dios antes de que empezara el tiempo. No quería gozar solo del amor de su Padre. Y toda la obra que iba a emprender tenía ese gran propósito final: introducir hombres salvados y perfectos en su propia felicidad para gloria de Dios, su Padre.
