Capítulo 12
La vida cotidiana
Ahora se considera al justo en su vida familiar: su mujer (v. 4), su casa (v. 7), su servidor (v. 9), su bestia (v. 10), su trabajo (v. 11 y sig.). ¿Dónde debe mostrarse la fidelidad del creyente, si no es primeramente en sus relaciones domésticas y en su trabajo de todos los días?
No deben confundirse estas enseñanzas de la Sabiduría con lo que en el mundo se llama la moral. Esta es el conjunto de reglas de buena conducta que los hombres se dan a sí mismos; también a menudo se expresan bajo forma de máximas. Algunas de ellas fueron tomadas del cristianismo; otras son inspiradas por el buen sentido o por la experiencia de la vida en sociedad. Pero la moral humana no hace intervenir a Dios. Mientras que aquí tenemos principios divinos comunicados por Dios. Santiago 3:15 distingue entre la sabiduría de lo alto y la sabiduría de este siglo, terrenal, animal, diabólica, (por ejemplo, la que hizo hablar a Pedro en Mateo 16:22 y obligó al Señor a llamarle “Satanás”).
El versículo 15 nos muestra que el hombre es incapaz de juzgar si su camino es recto o no. El mundo está lleno de esos necios que regulan sus pasos según la moral humana antes que escuchar el consejo de Dios.
Más contrastes
El que guarda su boca guarda su alma
(cap. 13:3).
Entonces no nos extrañemos de hallar en los Proverbios tantas recomendaciones a propósito del empleo de la lengua. En el versículo 17 se trata de la verdad. Un hijo de Dios debería ser conocido por decirla siempre, cueste lo que le costare (Efesios 4:25). El labio veraz (v. 19) es lo contrario de los labios mentirosos, los que “son abominación a Jehová” (v. 22).
El versículo 25 nos sugiere otro uso para nuestra lengua: alegrar por medio de una buena palabra a aquellos cuyo corazón está abatido. La buena palabra por excelencia, ¿no es la buena nueva, el Evangelio? Por ella podré mostrar el camino a mi prójimo (v. 26).
¡Mostrar el camino es mostrar a Jesús (Juan 14:6) mediante mis palabras y sobre todo mediante mis obras! Él era ese Hijo sabio, quien escuchaba la instrucción del Padre (cap. 13:1; Juan 8:49).
Aquí volvemos a encontrar al perezoso con su opuesto: el diligente (v. 24, 27; cap. 13:4). Al dejar sin asar “lo que ha cazado” (v. 27), el perezoso se priva de alimento. Acordémonos de que un esfuerzo personal es indispensable para retener y asimilar las verdades bíblicas que hemos podido leer u oír (tomar notas y volver a leerlas, memorizar versículos, etc.). No seamos “tardos para oír” (Hebreos 5:11).
