Proverbios
Proverbios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 3

Una exhortación – Una promesa

Son para ti, joven amigo creyente, estas palabras llenas de amor de tu Padre celestial: “Hijo mío, no te olvides…”. Esta expresión “mi hijo” se halla repetida catorce veces en los capítulos 1 a 7. El apóstol, al citarles a los hebreos los versículos 11 y 12, se verá obligado a decirles: “Habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige”. Pesemos bien, pues, las advertencias de estos capítulos recordando quién nos las dirige (Hebreos 12:5, 25).

La bondad y la verdad son inseparables. Corresponden a la naturaleza de ese Dios de amor y de luz del cual somos hijos. Guardémoslas en nuestros corazones (v. 3).

Así como nos lo mostró el capítulo 2, mediante la oración ha de buscarse una inteligencia, aquella mediante la cual el Espíritu Santo nos hace entrar en los pensamientos de Dios. Bienaventurado el que la obtiene (v. 13). En cambio, existe otra de la cual tengo que desconfiar: mi propia inteligencia (v.5). No puedo, al mismo tiempo, apoyarme en ella y confiarme a Dios de todo corazón ni seguir a la vez mis razonamientos… y las directivas de lo alto. “No seáis sabios en vuestra propia opinión” recomienda Romanos 12:16 al retomar nuestro versículo 7.

No temer – El amor al prójimo

Retener las instrucciones de la Sabiduría es, en primer lugar, necesario para la vida de mi alma.

No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios
(Lucas 4:4).

Al mismo tiempo, aquello será ante los demás un adorno que me concede la gracia de Dios (v. 22; 1:9; 4:9). De día mi andar se hallará fortalecido por ello y durante la noche descansaré con seguridad. Mi sueño será grato (v. 24). ¿De dónde me vienen las vacilaciones y los errores de juicio que, a menudo, me hacen tropezar durante el día? ¿De dónde los temores y los tormentos de espíritu que a veces me asaltan aun durante la noche? De haber perdido de vista las enseñanzas del Señor, así como la simple confianza en Él (v. 26), por haber razonado según mis propios pensamientos.

Dios, quien conoce mi egoísta corazón, me recuerda luego lo que le debo a mi prójimo (v. 27; Lucas 6:30). Y, como soy su hijo, Él aguarda de mí una entera rectitud y ausencia de segundas intenciones en mis hechos y palabras. Dulzura y mansedumbre son virtudes de las cuales el mundo podría aprovecharse para despojar al creyente que las manifiesta, pero este nunca es perdedor. Dios da “mayor gracia”, como nos lo promete Santiago al citar el versículo 34 (Santiago 4:6).