Capítulo 19
Las diferencias sociales
“El alma sin ciencia no es buena” (v. 2), porque, evidentemente, esa alma se halla expuesta a todos los peligros que ignora. Además, aquel a quien no le contienen las advertencias de la Palabra corre el riesgo de obrar o de hablar apresuradamente y tropezar (es decir, pecar; v. 2). Si amamos a nuestra alma –y no tenemos nada más precioso– hagamos de manera que sea instruida para adquirir entendimiento (v. 8).
Varios versículos nos hablan del pobre. La consideración de la cual gozan los hombres en el mundo a menudo es proporcional a su fortuna. Los pobres, aun cuando se les ayude, fácilmente son menospreciados (Santiago 2:6). Pero Dios se acuerda de que su Hijo fue “el Pobre” aquí abajo. Se hace cargo de aquellos pobres que caminan en integridad (v. 1; cap. 22:23) y les abrirá su cielo (Lucas 14:21 y sig.; 16:22). “Las riquezas traen muchos amigos” (v. 4; cap. 14:20). Extraños amigos –más bien enemigos– son esos compañeros aduladores que contribuyen a la ruina de su “víctima” (cap. 18:24). No obstante, el hombre despojado y abandonado entonces puede descubrir al Amigo que siempre le queda. Jesús es aquel “más unido que un hermano”.
Numerosas advertencias
La pereza, especialmente la pereza para escuchar (Hebreos 5:11), para el “alma negligente” tiene todavía muchas consecuencias desastrosas (v. 15). “Hace caer en profundo sueño” a aquel que debería velar para esperar al Señor (comp. Mateo 25:5). Produce el hambre del alma y la penuria espiritual (cap. 20:13). Y, querido amigo, si su alma tiene hambre, no busque engañarla con “lo que no sacia” (Isaías 55:2). Solo un alimento le conviene: la palabra de Dios. Ser nutrido de Cristo, verdadero pan del cielo, según el versículo 23, da la seguridad de no ser visitado por el mal. Al lado de las palabras del conocimiento existe una instrucción que hace divagar (v.27; 1 Timoteo 6:20-21), fruto de los numerosos pensamientos del corazón del hombre (v. 21). Escucharla es desviarse del camino de la desobediencia; es, pues, necesitar la corrección (v. 18, 25). No demos a este vocablo solamente el sentido de castigo, sino pensemos en el piloto que corrige su ruta y rectifica el rumbo de su aparato según las indicaciones de la torre de control. Tal debe ser sobre nosotros el efecto de la corrección del Señor: volver a hacernos tomar la buena dirección. Es el privilegio del hijo (v.18; cap. 13:24), y el entendido sabe aprovecharla (v. 25; cap. 9:8).
