Capítulo 22
Una buena fama – No nacemos inocentes
Del mismo polvo Jehová hizo al rico y al pobre (cap. 29:13; Job 31:15). El alma de ellos tiene el mismo valor a sus ojos. La prosperidad –al igual que el poder que resulta de ella– es, pues, cosa efímera, sin común medida con las que tienen consecuencias eternas: “el buen nombre”, “la buena fama” (v. 1). La única riqueza que es de desear es la que Dios dará a los humildes y a los que le temen (v. 4; Mateo 5:5). Las diferencias de fortuna en la tierra solo deberían ser ocasión para que los más favorecidos ejercitaran sus ojos, su corazón y sus manos (reléase v. 9). Empezar por ver las necesidades que nos rodean, sentirnos conmovidos por ellas y finalmente corresponder a ellas según nuestro poder es obrar como nuestro querido Salvador. “Jesús vio… tuvo compasión… partió los panes y dio…” (Marcos 6:34-41).
Ciertos filósofos incrédulos sostuvieron que el niño nace inocente y que su ambiente lo corrompe. El versículo 15 afirma lo contrario (comp. Génesis 8:21; Salmo 51:5). Pero el muchacho que haya sido educado según la regla de la Palabra (v. 6), después de su conversión dará durante toda su vida los frutos de esa educación.
La Biblia: una referencia en la que se afirma que todo es «relativo»
En esta nueva división de los Proverbios, la Sabiduría deja de expresarse en máximas balanceadas y vuelve a tomar las exhortaciones directas como en los capítulos 1 a 9. Pero no vale la pena hablar a alguien que no esté atento. Antes de que se le imparta cualquier enseñanza, el joven discípulo es invitado, pues, a inclinar su oído y aplicar su corazón a las “cosas excelentes” (v. 20, V. M.; comp. Filipenses 1:10, V. M.), a tomarlas como temas de meditación y de conversación. ¿Y cuál es la meta de esa instrucción? En primer lugar, llevar al discípulo a colocar su confianza en un Dios conocido. Luego, poner a su disposición una “certidumbre” que le sirva para comparar y juzgar todo otro conocimiento. Finalmente, incitarle a que él mismo propague “las palabras de verdad” (v. 17-21).
Las advertencias que siguen tienen un carácter negativo. Detengámonos en este versículo:
No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres (v.28)
(comp. cap. 23:10). Muchos hallan demasiado estrechas las bases espirituales sobre las cuales los creyentes de generaciones anteriores vivieron felices y aprobados por Dios. «Cuidado, ¡peligro!» les grita este versículo. Además, invadir los diversos dominios de este mundo es descuidar fatalmente el que nos está reservado, y que es aquel donde se halla el Señor (comp. Salmo 16:6).
