Proverbios
Proverbios

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 24

No envidiar a los incrédulos, sino advertirles

Para nosotros, los cristianos, aquellos que hacen el mal pueden ser objeto de envidia (v. 1) o de enojo (v. 19, V. M.; Salmo 37:1). Tales sentimientos solamente prueban nuestro mal estado espiritual. ¡Ver a pobres pecadores debería más bien suscitar en nosotros la compasión y el celo evangélico para advertirlos y librarlos de la muerte! (Ezequiel 3:18; Hechos 20:26). No invoquemos la ignorancia para disculparnos por no hacer nada. “El que pesa los corazones” (v. 12; comp. cap. 21:2) conoce nuestros verdaderos motivos: falta de amor, temor al oprobio o debilidad de nuestras propias convicciones.

Pero, ¿por qué tan a menudo los malos tienen una vida fácil mientras que a veces los fieles son penosamente probados? La llave de ese enigma nos es dada por un vocablo: el porvenir. “No habrá porvenir para el hombre malo” (v. 20, V. M.), su fin es la perdición hacia la cual es llevado sin resistencia (comp. Salmo 73:17). Tropieza para caer en el mal (v. 16). En cambio, hay “un porvenir” (v. 14, V. M.) para aquel que halló la Sabiduría, esa divina Sabiduría, quien es Cristo mismo (cap. 8:22). Y la esperanza del creyente no será reducida a la nada, porque el objeto de esa esperanza es incluso la misma persona: el Señor Jesús que viene.

Sin esfuerzo, ningún resultado

Esta corta división termina lo que se llama “las palabras de los sabios” (cap. 22:17).

Cuando los hombres procuran agradar a sus semejantes, a menudo es en detrimento de la justicia y de la verdad. El hombre de Dios debe ser irreprochable desde ese punto de vista (v. 23-25).

El versículo 27 recuerda al joven creyente que, antes de pensar en fundar un hogar, debe tratar de asegurarse los recursos, de estar en condiciones para atender las necesidades de los suyos. Después edificarás tu casa”. Pero un novato corre el riesgo de un desastre si se lanza solo a realizar una construcción. El versículo 3 de este capítulo nos designa en este caso un arquitecto en el cual podemos confiar enteramente: la Sabiduría, es decir, el Señor (comp. Salmo 127:1). La vida del creyente fiel está hecha de equilibrio. Dejar obrar al Señor no le impide ser activo y diligente, porque tuvo la oportunidad de observar a qué decadencia conduce la pereza en todos los aspectos (v. 30-34). Querido amigo, para evitar la escasez espiritual en su futuro hogar, el versículo 4 le invita a llenar de antemano, mediante el conocimiento, los compartimentos de su memoria. Y Dios hará llegar a su corazón todos los preciosos y agradables bienes que usted haya hallado en la Palabra (Mateo 13:52).