Capítulo 25
Exhortaciones a las autoridades – Palabras benéficas
Aquí empieza la tercera parte del libro. Los servidores de Ezequías –ese rey que “ejecutó lo bueno, recto y verdadero… de acuerdo con la ley y los mandamientos… lo hizo de todo corazón” (2 Crónicas 31:20-21)– colocaron a la cabeza lo que concierne a los reyes: su gloria (v. 2, la cual no es la de 2 Crónicas 32:27), su corazón (v. 3), su trono (v. 5), lo que conviene a su presencia (v. 6). La mayoría de esos proverbios apelan a comparaciones poéticas que nos ayudan a comprenderlos y retenerlos. Los versículos 8 a 10 nos invitan a obrar con prudencia y discreción para con nuestro prójimo, por temor a que quedemos confundidos luego. Los versículos 11 a 15 tratan de las palabras. Una palabra “dicha como conviene” es un fruto de la justicia divina (el oro), pero siempre asociada a la gracia (la plata). Aun cuando se trate de una reprimenda, tendrá precio para el oído que sepa escucharla (v. 12).
El versículo 13 nos recuerda lo que debemos ser: mensajeros fieles. «Cumplir fielmente el mensaje que Dios nos confió no solo es un refrigerio para los que lo reciben, sino una satisfacción para el corazón de Aquel que nos envía. ¿Pensamos lo bastante en ello?» (H. R.).
Moderación en nuestras relaciones – El impacto de las palabras
La miel es buena, pero si quisiéramos hacerla nuestro único alimento, pronto nos sentiríamos hastiados de ella. Igualmente los afectos naturales: la amistad, las alegrías de la familia… son agradables y dulces, pero no deben tomar demasiado lugar, a riesgo de transformarse en egoísmo o de llevar a la saciedad (v. 16, 27).
El Evangelio es la buena nueva por excelencia, agua viva para las almas sedientas (comp. v. 25). Y cada creyente es como un canal por el cual puede correr esa agua fresca de la gracia para dar de beber a otros (Juan 7:38). Pero ¡cuidado! un poco de barro en una fuente basta para que su agua sea imbebible. Una falta de firmeza ante el malo, un momento de flojedad y ahí está la fuente turbia y corrompida como cuando se revuelve con un palo el fondo de un arroyo límpido (v. 26).
No gobernar el espíritu es entregarlo sin defensa –cual ciudad sin muros– a todos los asaltos del enemigo (v. 28). Las impaciencias, los resentimientos, los celos, la soberbia, las dudas, las codicias… todos los batallones de malos pensamientos pronto se habrán dado cita en él. En este sentido 1 Pedro 1:13 nos invita a ceñir los lomos de nuestro entendimiento y a ser sobrios o, dicho de otro modo, a contener nuestra imaginación.
