Capítulo 20
Nos conocen por nuestra conducta
El vino, el que representa en la Palabra la comunión con las alegrías del mundo, conduce a la burla (v. 1; léase Isaías 28:7, 14).
Muchas personas que no vacilan en proclamar su propia bondad (v. 6), su moralidad (v. 9; comp. 1 Juan 1:8, 10), prueban que conocen muy mal su corazón natural. Solo el nuevo hombre (el justo) puede agradar a Dios al caminar en la fidelidad y la integridad (v. 7). Comparemos nuestro versículo 10 con Deuteronomio 25:13-16: “No tendrás en tu bolsa pesa grande y pesa chica… Pesa exacta y justa tendrás…”. En la práctica esto quiere decir, por ejemplo, que no debemos juzgar nuestras propias faltas con indulgencia y las de los demás con severidad.
Esto nos lleva al versículo 11. Por más joven que sea un creyente, es exhortado a darse a conocer por lo que él es. Menos por sus palabras que por su conducta; esta debe ser a la vez limpia y recta, proscribir toda actitud turbia y malsana y toda clase de trampa. Tal conducta se notará porque contrastará con el comportamiento equívoco o deshonesto de muchos de sus compañeros. ¡El Señor nos ayude a todos a darle un valiente testimonio, tomando como modelo la fidelidad que solo Él realizó perfectamente! (fin del v. 6).
Discreción en las palabras
Se comparó este libro de los Proverbios a un hilo conductor que, «en el laberinto de este mundo en que un paso en falso puede traer tan amargos resultados, nos muestra el camino de la prudencia y de la vida». En medio del aparente desorden de las sentencias, cada uno puede hallar las prácticas instrucciones que necesita para evitar muchos lazos (v. 25). Mentira, chismes, espíritu de venganza, fraude, compromisos no cumplidos…: para ser guardado de esos peligros, es prudente rehuir la compañía de ciertas personas. “No te entremetas, pues, con el suelto de lengua” recomienda el versículo 19. Al frecuentarlo, solo cosecharemos maledicencias y calumnias, mas ninguna edificación. Y nuestras propias confidencias serán propaladas por todas partes. En contraste, los labios del conocimiento son como un hermoso florero que resalta la belleza del ramo de verdades presentadas (v. 15; Efesios 4:29). Busquemos, pues, la compañía de los que pueden comunicarnos las enseñanzas de la Sabiduría (comp. 8:11, 19); esta tiene más precio que el oro perecedero o que muchas piedras preciosas. “La gloria de los jóvenes es su fuerza” (v. 29): una fuerza que tiene su fuente en el Señor y que los hace capaces de vencer al maligno (Efesios 6:10; 1 Juan 2:14).
