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El acceso al santuario
El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras –entonces incompletas– del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3:5-6).
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El altar de bronce y el atrio
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El alto de Jacob en Siquem sus consecuencias
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El amado Hijo del Padre
Su amado Hijo (Colosenses 1:13)
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El aprecio de Pablo por Timoteo
En las diversas epístolas, hallamos varias expresiones en las cuales Pablo manifiesta su aprecio y afecto por Timoteo.
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El atrio
En principio, el atrio con su recinto nos habla del testimonio exterior y público que deben dar aquellos que componen la Casa de Dios, por oposición al tabernáculo propiamente dicho, el cual nos presenta el santuario y lo que se contempla en él.
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El cántico de Moisés
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El caso de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés
Este capítulo ha dado lugar a grandes discusiones. Se han emitido opiniones muy diversas acerca de la conducta de las dos tribus y media. ¿Tenían razón o no al escoger su heredad en la ribera del Jordán lindante con el desierto? La conducta que siguieron, ¿era expresión de poder o de debilidad? ¿Cómo podremos formular un sano juicio en este asunto?
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El Cristo – El Mesías
Unos jóvenes amigos creyentes nos pidieron una vez que habláramos del tema siguiente: ¿Son una misma persona el Cristo profético, el Cristo histórico y el Cristo vivo? Veamos, pues, lo que nos dice la Palabra al respecto.
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El cuerpo de Cristo
“¿Por qué me persigues?”,
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El culto, la comunión y la adoración
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El designio y las promesas de Dios son inmutables
Las palabras que abren este capítulo son particularmente notables cuando se las compara con el contenido del capítulo anterior. En aquel todo parece tenebroso y sin esperanza. Moisés tuvo que decir al pueblo: “No subáis, porque Jehová no está en medio de vosotros, no seáis heridos delante de vuestros enemigos” (cap. 14:42).
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El día de la expiación (ver nota al final del libro)
Entrar mucho más profundamente en lo que le costó a Cristo quitar el pecado de delante de Dios es el preludio de toda restauración. Reconocer la ruina (Levítico 16:1), individual o colectiva, conduce a una apreciación mucho más grande de la obra de Cristo y de su eficacia ante Dios.
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El día séptimo y el río
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El diluvio y Noé
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El fin de la vida de Abraham Jacob y Esaú
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El gran día de la expiación
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El Hijo de Dios
Había transcurrido algún tiempo desde la pesca milagrosa, cuando Pedro, de rodillas ante Jesús, le dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). Los discípulos siguieron a su Señor, vieron su poder, su corazón lleno de compasión, sus discusiones con los fariseos y otras sectas judías, y fueron testigos de su rechazo (Mateo 11:20-24;12:14).
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El Hijo del Hombre
En 1 Timoteo 3:16 se nos dice que el misterio de la piedad es grande: “Dios fue manifestado en carne”. En el Antiguo Testamento, Dios se dio a conocer de distintas maneras: por sueños, por visiones, por la aparición de un ángel, por la palabra dicha a los profetas “muchas veces y de muchas maneras” (Hebreos 1:1).
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El holocausto
Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evidencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida” (Juan 10:17).
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El holocausto
El holocausto nos presenta una figura de Cristo cuando “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14); por eso el Espíritu Santo le asigna el primer lugar entre los sacrificios. Si el Señor Jesús se ofreció para cumplir la gloriosa obra de la expiación, fue porque el supremo objeto que perseguía en esta obra era glorificar a Dios:
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El hombre corrompe las instituciones divinas
Las páginas de la historia de la humanidad siempre han sido manchadas. De principio a fin, no son más que anales de culpas, faltas, crímenes del hombre. En medio de las delicias del huerto de Edén, el hombre prestó oído a las mentiras del tentador (Génesis 3). Después de haber sido preservado del juicio por la gracia de Dios, e introducido en una tierra renovada, se embriagó (Génesis 9:21).
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El hombre y su miserable corazón
Hasta aquí, en el estudio de este libro, hemos considerado la manera en que Dios dirigía a su pueblo en el desierto y proveía a sus necesidades. Hemos recorrido los diez primeros capítulos, y en ellos hemos visto las pruebas de la sabiduría, la bondad y la providencia de Jehová, el Dios de Israel.
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El judío, el gentil y la Iglesia de Dios
Ahora llegamos al final de una porción muy relevante del libro del Éxodo. Valiéndose Dios de su gracia perfecta, visitó y redimió a su pueblo; lo hizo salir de la tierra de Egipto, lo liberó primero de la mano de Faraón, luego de la de Amalec.
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