El acceso al santuario
El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras –entonces incompletas– del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3:5-6).
Mejor aun, el tabernáculo nos ha presentado la revelación de Dios en Cristo; en todas sus partes, desde el arca hasta la puerta, hemos visto en ella a Cristo. Ojalá pueda ser él, cada vez más, el objeto de la meditación de nuestros corazones y el atractivo de nuestras almas.
El tabernáculo, finalmente, nos muestra el camino por el cual tenemos acceso a Dios. En sus trazos generales, el evangelio de Juan sigue el plano del tabernáculo. Los capítulos 1 a 13 representan el atrio: desde la entrada se encuentra primero el altar de bronce; de la misma manera, el Cordero de Dios se presenta a nosotros (1:29). El capítulo 13 corresponde a la fuente de bronce. Los capítulos 14 a 16 nos hacen entrar en el lugar santo: el Señor Jesús conversa con sus discípulos, en especial del Espíritu Santo y de las luces que él les traerá. Luego, en el capítulo 17, nuestro sumo Sacerdote entra solo en el lugar santísimo para hablar con su Padre e interceder por los suyos.
Cualquiera en Israel podía entrar en el recinto del tabernáculo por la puerta ancha, cuyo acceso no estaba interceptado por ningún querubín, con tal que aquél trajese un sacrificio. En el altar de bronce, el culpable sabe cómo sus pecados pueden ser perdonados. Hoy, en la cruz, el pecador arrepentido sabe por la fe que la sangre de Cristo quitó su pecado, del cual Dios no se acordará nunca más.
Hecho sacerdote, el creyente encuentra la fuente de bronce, la que soluciona las manchas del camino. Una vez dentro del santuario (los lugares santos no forman más que una sola cosa hoy en día para nosotros), el hijo de Dios halla alimento y luz. Tiene conciencia de ser presentado ante Dios en Cristo: “Vosotros en mí” (Juan 14:20). En el altar de oro puede adorar y hacer subir ante Dios algo de las perfecciones de la maravillosa Persona que llena ese santo lugar. Y ahora, a través del velo desgarrado, puede contemplar la belleza y las glorias de Aquel del cual el arca no era más que una sombra (Salmo 27:4; 2 Corintios 3:18).
Cuando la nube, señal de la presencia de Dios, llenó el tabernáculo y luego el templo, los sacerdotes debían permanecer fuera (Éxodo 40:35; 2 Crónicas 5:14). Esa nube, objeto de terror incluso para los discípulos (Lucas 9:34), es hoy para nosotros la morada del Padre, desde la cual resuena la voz: “Éste es mi Hijo amado; a él oíd” (Marcos 9:7). Hebreos 10:19-22 nos describe la suma de nuestros actuales privilegios. En lugar de un acceso cerrado, tenemos plena libertad para entrar en los lugares santos. La sangre de Jesús ha sido vertida; el camino nuevo y vivo ha sido abierto por él a través del velo; él es nuestro sumo sacerdote, quien presenta a Dios, purificadas, nuestras santas ofrendas. ¿Acaso permaneceremos “lejos”, como en otro tiempo los ancianos de Israel? (Éxodo 24:1). Al contrario, podemos acercarnos sin temor. Pero corresponde hacerlo con el debido estado práctico: un corazón sincero que ame al Señor; una plena seguridad de fe, certidumbres fundadas en la Palabra de Dios; los corazones –merced a la aspersión de la sangre de Cristo– purificados de mala conciencia, y el cuerpo, una vez para siempre, lavado con agua pura (Tito 3:5; Juan 13:10).
“Acerquémonos” (Hebreos 10:22) es verdaderamente una palabra maravillosa. Todo lo que hemos visto en el tabernáculo repite que “aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo” (9:8). Dios habitaba “en la oscuridad” (2 Crónicas 6:1). Hoy todo está abierto, todo es luz. Cristo vino con su propia sangre; ofreció su propio cuerpo; y ahora –bendita posición mientras aguardamos la gloria– “por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18). Habiendo “gustado la benignidad del Señor”, las “piedras vivas” se acercan a él (1 Pedro 2:3-4). Es el deseo de su corazón tenernos en su presencia; el Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Juan 4:23). Seguramente no habría mejor conclusión para nuestro estudio que esta exhortación imperiosa: Acerquémonos.
