Capítulo 1
Una triste retrospectiva: ¡qué pérdida de tiempo!
Deuteronomio, el último libro de Moisés, parcialmente vuelve a tomar los relatos y enseñanzas de los libros precedentes. Al final de su carrera, el fiel conductor recuerda a la nueva generación los acontecimientos del desierto y sus lecciones para Israel. Los hombres que habían salido de Egipto perecieron en el camino, de modo que es necesario advertir y enseñar a la joven generación. En este concepto, la lectura de Deuteronomio será particularmente provechosa para los creyentes jóvenes. Como para invitarlos a no perder más tiempo, el libro comienza con un elocuente contraste. Once jornadas habrían bastado, según el versículo 2, para conducir al pueblo desde Horeb hasta Canaán. Pero ¡fueron necesarios cuarenta años! (v. 3). Varios de entre nosotros reconocen con tristeza haber perdido muchos años. No es necesario, en absoluto, esperar hasta una edad madura o la vejez para entrar en plena posesión de los “lugares celestiales”. Desde el comienzo de nuestra vida cristiana, el Espíritu Santo quiere enseñarnos las verdades y los principios de la Palabra.
Los versículos 13-18 nos recuerdan nuestra triste tendencia a reñir “por el camino” (Génesis 45:24) y las medidas que el Señor se ve obligado a tomar desde que su pueblo da los primeros pasos en el desierto.
Una aparente precaución humana
Desde Horeb, su punto de partida, Israel se dirige hacia Canaán, a través del “grande y terrible desierto”. Y la triste escena de Cades-barnea se presenta nuevamente ante nuestros ojos. Aquí vemos que fue a petición del pueblo que los hombres fueron enviados a explorar la tierra (v. 22), lo que no especificaba el capítulo 13 de Números. La raíz del mal estaba allí, en la falta de confianza en Dios. Querían comprobar sus declaraciones. Y cuando andamos “por la vista” y no “por la fe”, el enemigo se apresura a hacernos retroceder colocándonos obstáculos que parecen insalvables (v. 28).
A causa de su incredulidad, toda esa generación cayó en el desierto, excepto Josué y Caleb. La epístola a los Hebreos se sirve de este ejemplo para advertir a todos los que en la actualidad todavía endurecen sus corazones al oír la Palabra de Dios. Esta de nada sirve cuando no viene “acompañada de fe” (Hebreos 4:2).
“Porque Jehová nos aborrece” (v. 27), gime el miserable pueblo. ¿Cuál es el aspecto más triste de la incredulidad? Que se atreva a dudar de un amor que, sin embargo, ha sido comprobado, el amor de un Dios que no perdonó en la cruz a su propio Hijo (Romanos 8:31-32).
Incredulidad y obstinación
El desierto era grande y terrible. Pero, ¿cómo lo había atravesado Israel? En los brazos de Jehová (v. 31). A la siguiente declaración, que manifiesta la más negra ingratitud: “Porque Jehová nos aborrece, nos ha sacado de tierra de Egipto” (v. 27), escuchemos lo que Dios responde por boca de Moisés:
Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo.
(v. 31)
¡Qué ternura en esta comparación! El capítulo 13 de los Hechos (v. 18) lo completa: “Por un tiempo como de cuarenta años los soportó en el desierto”. Poderoso amor de un padre, profunda ternura de una madre. ¡Dios quiere ser todo para los suyos! (véase también Salmo 103:13; Isaías 66:13). ¿Y qué pide él como respuesta a semejante amor? Nada, excepto la confianza total de un niño que se deja llevar en los brazos de su padre. Otra prueba de la fidelidad de Dios era la manera en que había iniciado la marcha de su pueblo, reconociendo los lugares y guiándolo etapa por etapa (v. 33). Enviar a unos exploradores (v. 22), ¿no era desconfiar de esos diligentes cuidados?
Los incrédulos temores dan lugar a la ligereza y a la presunción, actitud que inevitablemente conduce a la derrota y hace derramar abundantes y amargas lágrimas (v. 45).
