Deuteronomio
Deuteronomio

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 11

Recordando el pasado y anhelando la tierra prometida

El pueblo de Dios es llamado a hacer como el agricultor que, para alinear su surco, marca unos puntos de referencia detrás y delante de sí. A fin de enderezar sus caminos, Israel debe mirar primero hacia atrás para recordar la salida de Egipto y su penosa marcha a través del desierto (v. 2-7; Jeremías 2:23); luego tiene que mirar hacia adelante para contemplar por la fe la tierra prometida (v. 10-12). Nuestros extravíos deben servirnos de advertencia y hablar a nuestra conciencia, mientras la perspectiva de la herencia celestial es propia para estimular nuestro corazón. Siempre confrontado con un pasado jalonado por la gracia y con un porvenir glorioso, nuestro caminar tenderá a ser recto.

¡Qué contraste hay entre la tierra prometida y Egipto, figura del mundo! Para tener agua, aun hoy en día, los egipcios deben transportarla por unos canales mediante norias, una clase de molinos primitivamente accionados con el pie (v. 10). En cambio, en la tierra de Canaán la lluvia de los cielos provee un agua gratuita y abundante. ¡Sí, qué contraste entre los pobres esfuerzos del hombre del mundo por alcanzar él mismo su felicidad y el bendito terreno sobre el cual se halla ahora el redimido del Señor, quien recibe todo de la gracia de su Dios!

Bendición o maldición

Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma.
(v. 18)

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros…”,dijo el Señor Jesús a sus discípulos. Si permanecemos en él, sabremos cómo orar (Juan 15:7), cómo hablar de él (Salmo 45:1; Mateo 12:34), cómo huir del mal (Salmo 119:11). En cada instante del día pensaremos en estas palabras y en Aquel que las pronunció. Nuestras charlas, nuestros actos y nuestro andar llevarán su impresión. Hasta en nuestro rostro podrá leerse la felicidad que nos producen. En nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestras idas y venidas en todo adornaremos “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10).

Luego viene la conclusión de todas las exhortaciones a la obediencia:

He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición.
(v. 26)

Estos dos caminos se abren ante cada uno de nosotros. Uno es el sendero estrecho de la obediencia al Señor, el otro el camino ancho de nuestra propia voluntad. Pero en este cruce, Dios ha colocado postes indicadores. El camino de la obediencia conduce a la bendición; el de la propia voluntad a la maldición. ¿Cuál quiere escoger y seguir usted?