Capítulo 31
Importancia de la lectura pública de la Palabra
Después de exhortar a todo Israel a fortalecerse y a mantenerse firme (v. 6), Moisés dirige las mismas palabras a Josué (v. 7). La fuente del ánimo era la misma en ambos casos:
Jehová tu Dios es el que va contigo… él estará contigo.
Moisés redactó la ley, pero es necesario que sea leída. Por lo tanto da una última instrucción relativa a la lectura habitual de los mandamientos divinos ante todo Israel reunido: hombres, mujeres y niños. ¿Con qué propósito?
Para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.
(v. 12)
Por estos mismos motivos nos reunimos como asamblea y leemos y meditamos la Palabra de Dios. El versículo 12 nos muestra que los niños también tienen su sitio juntamente con los padres. No descuidemos estas reuniones “como algunos tienen por costumbre” (Hebreos 10:25).
¿Por qué, después de haber prometido no abandonar a Israel (v. 6), Jehová le anuncia:
Los abandonaré, y esconderé de ellos mi rostro?
(v. 17)
Porque el pueblo abandonará a su Dios y quebrantará su pacto (v. 16 final). Sin embargo, por boca del profeta Oseas se formulará una última promesa:
Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia.
(Oseas 14:4)
Transmisión de la ley – Josué invitado a fortalecerse
Una misma frase anuncia las bendiciones que Jehová tiene reservadas para su pueblo y la incalificable traición de este al volverse tras otros dioses (v. 20). Advertido sobre el sombrío porvenir que se está preparando Israel, Josué, no obstante, es exhortado a fortalecerse (v. 23). Porque no obtendrá su fuerza del pueblo, sino de Jehová. Queridos jóvenes, sin duda alguna descubrirán muchas debilidades y faltas en los cristianos que conocen. Los mayores distan mucho de dar siempre un buen ejemplo. Las reuniones que ustedes frecuentan a veces les brindan muy poca edificación. ¿Acaso no hay motivos para desanimarse? Mirando a las personas no puede ser de otra manera. Pero si sus miradas están fijas en Jesús, pueden estar seguros de que no se decepcionarán. En él se hallan inagotables provisiones de gracia y de perfección capaces de suplir todas nuestras carencias.
Moisés, Josué y Pablo sabían cómo seguiría su obra en este mundo.
Porque yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis y os apartaréis del camino (dice Moisés).
(v. 29)
“Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces”, anuncia Pablo (Hechos 20:29). Pero también sabían en quién habían creído, y descansaban en su poder (2 Timoteo 1:12).
El Cántico de Moisés
Tal como se lo ha ordenado Jehová, Moisés se dispone a enseñar un cántico a los hijos de Israel. Tomando por testigos a los cielos y a la tierra, exalta la palabra de Dios que desciende “como la llovizna sobre la grama (la juventud), y como las gotas sobre la hierba” (v. 2).
Atribuye a Dios la grandeza, celebra lo que él es: fiel, justo y recto (v. 4). Su nombre es la Roca; asegura refugio, morada, sombra bienhechora, agua viva, miel y aceite para los suyos (v. 13; Salmo 31:2; 71:3; Isaías 32:2, etc.).
Luego el cántico exalta lo que Dios hace: ¡una obra perfecta! Su despliegue a favor de Israel se expone en los versículos 8-14. Lo ha escogido (v. 9), hallado, guardado (v. 10), llevado (v. 11), conducido (v. 12) y exaltado (v. 13). “¿Qué más se podía hacer… que yo no haya hecho?”, preguntará más tarde Jehová a propósito de Israel (Isaías 5:4). Con cuanta más razón, hijos de Dios, tenemos el derecho de exclamar:
Él es la Roca, cuya obra es perfecta.
(v. 4)
Porque a los que antes conoció, también los predestinó… llamó… justificó… glorificó.
(Romanos 8:29-30)
