Capítulo 25
Leyes para reprimir la maldad humana
Incurrir en ciertos delitos exponía al israelita al castigo corporal, pero mesuradamente. Hebreos 12:9 precisa que el castigo es una prerrogativa de la disciplina paternal, la cual contribuye a inculcar el respeto (véase Proverbios 23:13-14). Dios toma el castigo de la vara como ejemplo de la disciplina que él mismo ejerce para con sus hijos; nos recuerda que “azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Pero en su sabiduría y conocimiento sobre la crueldad del corazón humano, fijó un límite; el culpable no podía recibir más de cuarenta latigazos. Para estar seguros de no sobrepasar este número, los judíos tenían por costumbre dar cuarenta golpes menos uno. En su odio contra el Evangelio, los judíos hicieron pasar a Pablo por ese inicuo castigo cinco veces (2 Corintios 11:24).
Otro versículo de nuestra lectura (v. 4) evoca los trabajos del apóstol (1 Corintios 9:9). Por último, la instrucción concerniente a los deberes del cuñado sirvió a los saduceos para tender una trampa al Señor Jesús con respecto a la resurrección. Pero él les respondió:
Erráis, ignorando las Escrituras…
(Mateo 22:29)
El medio para no extraviarnos es conocer bien la Palabra de nuestro Dios y apoyarnos en ella.
Amalec – Los primeros frutos de la cosecha
Entre todas las experiencias humillantes del desierto, todavía hay una que Israel debía recordar, y nosotros juntamente con él. Amalec cobardemente se había aprovechado de la fatiga del pueblo para destruir a los débiles y los atrasados. El diablo apenas si se atreve a arremeter contra los cristianos cuyo caminar es confiado y seguro, mientras que los “rezagados” son presas fáciles para él. Sabemos lo que sucedió con Pedro cuando seguía a Jesús de lejos (Lucas 22:54).
El capítulo 26 nos vuelve a introducir en el país. Pero no por eso el pasado queda olvidado. El israelita, bendecido en sus cosechas, debía ir al lugar escogido por Jehová y recordar a la vez su origen miserable y el poder divino que lo había liberado para introducirlo en esta buena tierra. Entonces, como prueba de la bondad de su Dios, debía presentarle una canasta con las primicias de todos los frutos sacados de la tierra que Jehová le había dado y postrarse ante él con el corazón lleno de gozo y gratitud. Bella ilustración del culto que los redimidos ofrecen para recordar su gloriosa salvación y ofrendar a Dios “fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15). Como si dijera al Señor con adoración:
Toda suerte de dulces frutas, nuevas y añejas, que para ti, oh amado mío, he guardado.
(Cantar de los Cantares 7:13)
