Capítulo 6
Dios desea más que una obediencia formal
El amor de Dios no admite un corazón dividido ni comprometido con terceros. Es exclusivo en el sentido de que exige de nosotros una entrega total: corazón, alma, fuerzas; todo nuestro ser debe sentirse atraído por él. Ningún momento de nuestra vida debe escaparse de su influencia. En casa y fuera de ella, en la mesa, al levantarnos, al acostarnos y, en fin, cada instante de nuestra vida, nuestro querido Salvador debería poder ser el objeto de nuestros pensamientos y conversaciones (Salmo 73:25). ¡Pero cuán lejos estamos de ello! Sin embargo, el Evangelio nos presenta a Jesús, el modelo perfecto, en quien todo era para Dios. Oímos a Jesús citar “el primero y grande mandamiento” con la autoridad de Aquel que fue el único que lo cumplió perfectamente:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
(Mateo 22:37-38)
La Palabra de Dios estaba constantemente ligada a su corazón, de manera que cuando el enemigo se presentó en el desierto, ella fue en sus manos la espada segura para responderle. Con los versículos 13 y 16 Jesús tapó dos veces la boca a Satanás. De ahí la importancia de saber esos versículos de memoria. “Aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra”, declara el capítulo 5:1. El diablo no puede hacer nada en contra de las Escrituras cuando las citamos con el objeto de vencerle.
Cómo responder a las siguientes generaciones
Tentar a Dios es pedirle que dé prueba de lo que dice. Y esto no es sino incredulidad. En Masah el pueblo quería comprobar si realmente Jehová estaba en medio de ellos (Éxodo 17:7). Pero Jesús no tuvo ninguna necesidad de echarse desde el pináculo del templo para saber que las órdenes sobre su protección habían sido dadas a los ángeles (Mateo 4:6).
Según el versículo 7, los padres eran responsables de enseñar las palabras de Jehová a sus hijos. El versículo 20 prevé que los hijos interrogarán a sus padres acerca de los decretos del Señor. Tales preguntas son presentadas en otras tres ocasiones. En Éxodo 12:26 con respecto a la pascua, (¿cuál es el medio de salvación?). En Éxodo 13:14 a propósito de la consagración de los primogénitos, (¿por qué esta continua separación del mundo?). Y en Josué 4:6 con respecto a las doce piedras sacadas del Jordán y erigidas en Canaán (cuestiones relativas a la posición celestial del creyente y a la unidad de la Iglesia, el cuerpo de Cristo). Cada vez las respuestas se refieren a la liberación de la que el pueblo fue objeto (v. 21-25).
Israel no debía perdonar nada de los cananeos ni de sus dioses. No para satisfacer el espíritu belicoso y dominador que generalmente suele animar a los pueblos conquistadores, sino porque era un pueblo santo, consagrado a Jehová (v. 6).
