Deuteronomio
Deuteronomio

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 28

Obediencia recompensada

Este capítulo coincide con el capítulo 26 de Levítico. Juntos constituyen un doble y solemne testimonio al advertir a Israel sobre las consecuencias de su obediencia o desobediencia (Job 33:14).

Si oyeres
(v. 1-2, 13)

En este libro muchas veces ha resonado el llamado: “Oye Israel”. ¡Que cada uno de nosotros ponga su propio nombre en lugar del de Israel y preste oído a los mandamientos del Señor! “Habla, porque tu siervo oye”, contestaría el joven Samuel (1 Samuel 3:10). Y Cristo mismo diría por el Espíritu de profecía:

Jehová el Señor… despertará mi oído para que oiga como los sabios.
(Isaías 50:4)

El hecho de escuchar la Palabra, de guardarla y ponerla en práctica siempre estará ligado a la bendición del Señor (Apocalipsis 1:3). Ella nos regocijará y enriquecerá nuestras almas en todo tiempo y lugar: “en la ciudad, y… en el campo”. Nuestra vida familiar y “todo aquello en que pusieres tu mano” llevará su impresión (v. 8). Iremos de victoria en victoria (v. 7). Finalmente esta sobreabundancia de prosperidad espiritual (v. 11) no podrá pasar desapercibida; su origen será evidente para todos: viene del Señor a quien pertenecemos y cuyo nombre será así glorificado (v. 10).

Una enumeración horrorosa

Desde aquí hasta el final de este largo capítulo Jehová enumera todas las maldiciones que vendrán sobre Israel si no escucha. ¡Ay! Las Escrituras, como también la historia de este pueblo, confirman que en efecto “teniendo oídos no oís” (Marcos 8:18). Y como consecuencia le sobrevinieron todas estas pruebas. En cuanto a nosotros que estamos bajo la gracia, nuestra responsabilidad es aún más grande; por eso se nos dice:

Mirad que no desechéis al que habla.
(Hebreos 12:25)

Pues no solo desecharíamos unas cuantas palabras, sino a la Persona que las ha pronunciado.

Entonces, si no queremos escuchar su buena Palabra, él se verá obligado a emplear otro lenguaje infinitamente más penoso y severo: el de las pruebas. Si persistimos en el camino de nuestra propia voluntad, la voluntad del Señor necesariamente obrará en contra nuestra. Aprendamos a discernirla detrás de los instrumentos de su disciplina. ¡Y que el Señor nos guarde de hacer toda clase de enojosas experiencias antes de comprender que no podemos ser felices lejos de él! El hijo pródigo de la parábola nos enseña esta lección sin que tengamos necesidad de seguirlo a “una provincia apartada” para aprenderla (Lucas 15).

Tomar las advertencias en serio

Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios.
(Salmo 16:4)

Este versículo, que proféticamente se aplica al culto del anticristo, puede servir de título para los versículos 15-68 de nuestro capítulo. El que habla en el Salmo 16 es Cristo, quien contrariamente a Israel nunca dejó de confiar en Dios, de tenerlo presente. Por eso pudo contar con Dios para ser guardado, para conservar su porción, para no resbalar (Salmo 16:1, 5, 8). Jesús es nuestro modelo en el camino de la fe. Pero Dios se ve obligado a mostrarnos también el ejemplo inverso y sus consecuencias bastante trágicas. La espantosa amenaza del versículo 53 se cumplió literalmente en la historia de Israel (2 Reyes 6:29). En cuanto a su libertad, prácticamente la perdió desde los días de su deportación a Babilonia.

“Servid a Jehová con alegría”, dice el Salmo 100:2. Precisamente Israel no sirvió a su Dios “con alegría y con gozo de corazón” (v. 47), exponiéndose así a cargar con el yugo de hierro de sus enemigos. Moralmente, así ocurre siempre. Al negarnos a servir al Señor, nos colocamos prácticamente bajo la servidumbre de Satanás y del pecado (Juan 8:34). ¡Que Dios nos enseñe a servirle gozosamente, imitando a Aquel que hallaba sus delicias en hacer la voluntad de Dios! (Salmo 40:8).