Capítulo 2
Cuidado constante de Dios en el desierto
El Señor Jesús, cual verdadero Moisés, desea que recordemos el desierto, no solamente como el lugar donde hemos multiplicado los pasos en falso (cap. 1:32-46), sino para evocar Su inagotable bondad y paciencia a lo largo del camino transitado.
Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado.
(v. 7)
“¿Os faltó algo?” –preguntó Jesús a sus discípulos–. “Y ellos dijeron: Nada” (Lucas 22:35). Es así como la presencia del Señor con nosotros todos los días, según su fiel promesa (Mateo 28:20), es la garantía de que conoce nuestras necesidades y responderá a ellas valiéndose de sus propios recursos.
Él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado.
El Señor conoce la anchura del desierto como también el tiempo necesario para atravesarlo. Y lo que da está en proporción con ello.
Mas llega el momento cuando se deja oír la voz de Dios, diciendo: “Bastante habéis rodeado este monte” (v. 3).
Querido hermano, pronto oiremos el llamado que pondrá fin a nuestro peregrinaje por este mundo: “El Señor mismo con voz de mando… descenderá del cielo”, y nosotros iremos a su encuentro “en el aire” (1 Tesalonicenses 4:16-17). ¡Qué perspectiva más feliz!
Las razones de los 38 años de peregrinación
El largo peregrinaje de Israel por el desierto era el justo castigo por su incredulidad. Pero la duración del viaje también tenía otro motivo. Contando con valerosos guerreros, el pueblo corría el peligro de atribuir a sus propias fuerzas la conquista de la tierra. Fueron, pues, necesarios treinta y ocho años para que pereciese esa generación de hombres de guerra (v. 14). El capítulo 5 de Juan relata la historia de un lisiado al que Jesús sanó junto al estanque de Betesda. Fue también al cabo de treinta y ocho años que este infeliz renunció a cualquier socorro humano y reconoció: “No tengo quien…”. Entonces el Señor hizo que caminara.
Ahora que los adultos que salieron de Egipto han muerto, los que eran niños en aquel momento, de quienes el pueblo había dicho que serían presa, son los que van a entrar en el país (cap. 1:39; comp. con Números 14:3). Llevados en los brazos de Jehová, son más fuertes que los guerreros. Cuando las fuerzas del hombre han desaparecido, llega la hora de Dios (cap. 32:36). Él ha preparado unas victorias brillantes y manda decir al pueblo:
Levantaos, salid, y pasad el arroyo de Arnón… comienza a tomar posesión de ella, y entra en guerra con él.
(v. 24)
Dios se encarga de todo lo demás.
La humanidad es el objeto de la paciencia de Dios
En Génesis 15:16 vemos que Jehová habló a Abraham sobre la iniquidad de los pueblos cananeos (véase también Deuteronomio 9:5). Pero todavía no había “llegado a su colmo la maldad” de estos pueblos. Fueron necesarios cuatrocientos años para que su mal madurara. ¡Cuán grande es la paciencia de Dios! Soporta desde hace casi dos mil años a un mundo que crucificó a su Hijo.
Las naciones que ocupan los dos lados del Jordán acaban de oír hablar de lo que Jehová ha hecho por Israel, mas no se han arrepentido. Entonces tiene que consumarse el juicio y no hay perdón para nadie. Los niños también perecen. Pero sabemos que si un niño muere, va al cielo (Mateo 19:14), de manera que se les ahorra una suerte mucho más espantosa que la muerte. Tenemos sobrados motivos para pensar que llegando a la edad adulta esos niños hubieran seguido las pisadas culpables de sus padres, las cuales los habrían conducido a la perdición.
Esas naciones eran enemigas de Dios y el pueblo debía destruirlas a causa de la gloria de Dios. El cristiano no es llamado, como Israel, a combatir contra los hombres. Lo que sí debe imitar es la amabilidad con la que Israel da aquí su testimonio (v. 26-29).
