Capítulo 9
Recordatorio del caso del becerro de oro
Para describir la fuerza de los enemigos de Israel, Moisés emplea los mismos términos usados por los hombres incrédulos que habían atemorizado el corazón del pueblo (cap. 1:28). Porque ese poder del enemigo era real. Y no era cuestión de minimizarlo, sino de confiar en un poder más grande.Jehová iría delante de ellos para combatir y destruir dicho poder.
Contrariamente a los criterios humanos –basados en la cantidad y la calidad–, la intervención de Dios en favor de Israel no está determinada por el número de guerreros (cap. 7:7) ni por las buenas disposiciones naturales de ese pueblo (v. 6).
Por tanto, sabe que no es por tu justicia –recuerda Moisés– que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla.
Al igual que Israel, el hijo de Dios no tiene justicia propia que hacer valer.
No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.
(Tito 3:5)
Y para que el pueblo no caiga en la tentación de atribuir la elección de Dios a sus méritos personales, Moisés les recuerda el episodio vergonzoso y humillante del becerro de oro. Así como continuamente debemos recordar la fidelidad del Señor (cap. 8), también es necesario que no olvidemos cuán débil es nuestro corazón (v. 7; Ezequiel 16:30).
Moisés, modelo del intercesor desinteresado
Invitado a no olvidar sus faltas pasadas, Israel podía asociar a ello otro recuerdo: el del fiel abogado que se había mantenido en la montaña intercediendo por él. Moisés es mencionado de modo especial en el Salmo 99:6 entre aquellos que invocaban a Jehová y él les respondía. ¡Qué suplicas más fervientes hizo subir hacia Dios, tanto por el pueblo como por Aarón su hermano! He aquí dos temas urgentes de oración para nosotros: por una parte la asamblea, y por la otra los miembros de nuestra familia. El mismo Salmo 99 confirma la eficacia de la oración de fe:
Tú les respondías; les fuiste un Dios perdonador.
(v. 8; Santiago 5:16)
Regocijémonos al comprobar cómo en este Salmo también se nombra a Aarón. A él no solo le fue perdonada su grave falta, sino que también pudo llegar a ser, a su vez, un intercesor (Números 16:47). Cuando hemos aprendido una lección por nuestra propia experiencia, somos capaces de ayudar a los demás. Así sucedió con Pedro. Cuando le anunció que había orado por él, el Señor añadió estas palabras:
Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.
(Lucas 22:32)
¡Qué felicidad, amados hermanos, poder contar con la presencia de un intercesor divino que se dirige al Padre en favor de cada uno de nosotros!
