Capítulo 29
El Señor renueva su pacto
Todo Israel está reunido para oír las palabras del pacto. El poder y el amor de Dios han obrado grandes milagros. El pueblo los había visto (v. 1), pero no con los ojos del corazón (v. 4; Efesios 1:18). Las señales cumplidas a su favor no tuvieron ningún efecto moral sobre su conciencia. Otro tanto sucedió durante el tiempo que el Señor Jesús estuvo en la tierra.
Muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos…
(Juan 2:23-24)
Corremos el riesgo de parecernos a ellos cada vez que nos contentamos con un conocimiento meramente intelectual de la verdad.
Sin embargo, el versículo 4 afirma que hasta ese día Dios no había dado a Israel oídos para oír. En tal caso, ¿el pueblo será culpable por no haber escuchado? ¡Desde luego que sí! El apóstol Pablo lo hace responsable de haber cerrado voluntariamente sus oídos para no oír y en consecuencia convertirse (Hechos 28:27-28).
Sabed, pues, –prosigue diciendo– que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán.
El Señor permita que fuera recibida y que hoy ninguno endurezca su corazón (Hebreos 3:7, 15; 4:7). Fijémonos en la frecuente repetición de la palabra “hoy” a lo largo de los últimos capítulos de este libro.
Cuando examinamos una obra terminada...
Hasta aquí se trató del pueblo en su conjunto. Los versículos 18-21 se dirigen individualmente al hombre o mujer que se aparte de Jehová. El ajenjo (v. 18 final) es una planta de jugo amargo y tóxico que crece en tierras no cultivadas. Si, espiritualmente, nuestro corazón se halla en estado salvaje, no debe extrañarnos que en él se desarrollen semejantes raíces de amargura, que envenenan nuestro espíritu con toda clase de resentimientos, celos y animosidades. El remedio preventivo, según Hebreos 12:15, es no dejar de disfrutar la gracia de Dios.
Este capítulo termina con un versículo consolador. Nuestra historia, como la de Israel, comprende un lado visible: el de nuestra responsabilidad, y un lado oculto: el de la gracia, del cual solo Dios tiene pleno conocimiento. Ciertos tejidos se bordan al revés. Mientras dura el trabajo, en el cañamazo solo se ven nudos e hilos embrollados; únicamente el artesano sabe orientarse y trabajar bien en tan aparente confusión. Pero una vez terminada la obra, al darse la vuelta a la pieza bordada, aparece el dibujo en toda su perfección y belleza. “Las cosas… reveladas” corresponden al lado visible del trabajo divino. Las pruebas, los fracasos y la disciplina a veces nos parece que van en contra del plan de Dios. Pero pronto, en la magnificencia del lugar Santo, admiraremos la otra cara y comprenderemos todo su amor.
