Capítulo 14
Nuestra alimentación
Los hijos de Jehová (v. 1) constituían un “pueblo santo a Jehová” (v. 2). A tal posición debían corresponder con una conducta santa y una piedad que los versículos siguientes nos muestran cómo manifestar. La Biblia es la única medida que nos permite distinguir entre lo puro y lo impuro. Los mamíferos puros poseían a la vez dos características. Los que, como el camello, rumiaban pero no tenían la pezuña hendida (mucho conocimiento sin la marcha correspondiente), e inversamente aquellos que, como el puerco, dejaban una huella impecable pero no tenían una buena manera de alimentarse, debían rechazarse. Los fariseos ilustraban esta segunda categoría. Exteriormente estaban separados del mal, pero interiormente no eran gobernados por la Palabra de Dios. Jeremías es el ejemplo de un hombre que reunía los dos caracteres. “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí…”, declara. ¡Eso es “rumiar”! Y en el versículo siguiente dice:
No me senté en compañía de burladores…
(Jeremías 15:16-17)
Se refiere al andar separado del mal.
Todo lo que se arrastraba siendo dotado de alas era impuro (v. 19). Dios no reconoce la mezcla de lo celestial (provisto de alas) con lo terrenal (los reptiles).
Deseo de compartir con otros
El servicio religioso puro y sin mancha ante Dios Padre (Santiago 1:27) incluye dos aspectos:
Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.
Ayer consideramos el aspecto personal: mantenerse puro individualmente. Hoy tenemos ante nosotros el otro aspecto: servir con amor a los que sufren y padecen necesidad: el huérfano, la viuda (v. 29), el levita, el extranjero y el pobre.
Dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan…
(Lucas 12:33)
dijo el Señor Jesús. Sin duda alguna, Dios no necesita nada; sin nuestra ayuda puede saciar de pan “a sus pobres” (Salmo 132:15). Si nos invita a compartir lo que poseemos, no es por necesidad, sino para enseñarnos a dar. Él sabe que por naturaleza somos egoístas, que solo nos preocupamos por nuestras propias necesidades y que somos poco sensibles en cuanto a las de nuestro prójimo. Y el Dios de amor se complace en reconocer en los suyos esta primicia de la vida divina: el amor en sus múltiples manifestaciones. Sí, su corazón de Padre se regocija al comprobar en sus hijos alguna semejanza con su muy amado Hijo, con Aquel que por amor a nosotros “se hizo pobre, siendo rico” (2 Corintios 8:9).
