Capítulo 5
Repetición del decálogo
Ahora para Israel es cuestión de escuchar, aprender y poner en práctica los estatutos y las ordenanzas de Jehová (v. 1). Verbos muy significativos para cada uno de nosotros en relación con las Escrituras enteras. A la cabeza de las instrucciones dadas a Israel está naturalmente la ley.Esta pone en evidencia, por una parte, la perfección de Cristo, quien la cumplió en su totalidad, y, por otra parte, la maldad del hombre, que es capaz de hacer todo lo que ella prohíbe (léase 1 Timoteo 1:9). Si Dios tiene que decir: “No matarás… no hurtarás”, es porque estas inclinaciones hacia el mal están en nosotros. Por eso la ley tiene, sobre todo, un carácter negativo. No recalca: “harás”, sino: “no harás”. La vida cristiana también conlleva unas abstenciones y prohibiciones. En 1 Pedro 1:14 y 2:1, 11 se exhorta al hijo de Dios a que rechace toda malicia, engaño, hipocresía, envidia, que se abstenga de las codicias carnales… Pero el cristianismo también es rico en mandamientos positivos, ya que el creyente posee una vida nueva capacitada para cumplirlos. Y si Dios nos exige apartarnos de las diversas codicias, es porque nos ha dado una persona, al Señor Jesucristo, quien es apto para satisfacer nuestros corazones, lo que la ley no hacía.
Dios tomó la palabra al pueblo
La ley ha sido dada. Jehová no tiene nada más que añadir a ella. Ahora al pueblo le toca responder con un fervor verdadero y espontáneo. ¡Cuán precioso es para Dios ese primer amor! ¡“Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos”!, lo confirma a su siervo (v. 29). Más tarde, en el tiempo de Jeremías, evoca ese día feliz:
Me he acordado de ti… del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto.
Y con cuánta tristeza tiene que añadir: “Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por innumerables días” (Jeremías 2:2, 32).
Sí, el pueblo habló bien; “bien está todo lo que han dicho” (v. 28). Pero Dios no se conforma con palabras. Nos juzgará según nuestros hechos. “Mirad, pues, que hagáis” (v. 32). Roguemos para que el Señor obre en nosotros “así el querer como el hacer” (Filipenses 2:13).
Ha sido trazado un camino del que uno no debe apartarse “a diestra ni a siniestra”. ¡Cuán fácil damos un paso fuera del camino de la obediencia, atraídos por algún objeto extraño o asustados por cualquier obstáculo! Imitemos a Josías, ese joven rey, cuya piedad brilla en medio de las tinieblas de la idolatría contemporánea. Fue el único que “anduvo en los caminos de David su padre, sin apartarse a la derecha ni a la izquierda” (2 Crónicas 34:2).
