Marcos

Pláticas sencillas

Capítulo 1 - El Señor Jesucristo es presentado como siervo

La presentación del Evangelio

Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Juan, en su evangelio, se remonta hasta la eternidad, revelando la existencia del Verbo: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Por su parte, Marcos también comienza su relato con un “principio”. Es el principio del evangelio de Jesucristo, es decir sus hechos, sus palabras y su Persona. Jesús mismo es llamado “el primogénito de toda creación”, o “el principio de la creación de Dios”, y él es también “el primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:15; Apocalipsis 3:14; Colosenses 1:18). Marcos no relata el nacimiento de Jesús, ni menciona su genealogía como lo hacen Mateo y Lucas. El motivo de esta divina omisión es fácil de discernir: el Espíritu Santo no necesita estos datos para presentar al Señor Jesús como Siervo. Solo era necesario conocer su absoluta consagración para cumplir la tarea o la misión para la cual se presentó. Al entrar en el mundo dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:9). Mateo presenta su genealogía como Rey, siendo Hijo de David, Hijo de Salomón, mientras que Lucas lo hace como Hombre, siguiendo sus generaciones hasta Adán, omitiendo a Salomón, es decir la línea real que ocupaba el trono de Israel. En su evangelio, Juan hace la misma omisión que Marcos, pero por motivos muy diferentes. No se puede presentar ninguna genealogía del Verbo eterno de Dios, pues como tal el Señor es “sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida” (Hebreos 7:3).

Sin embargo, aunque Marcos presenta al Señor como Siervo de Dios, especifica cuidadosamente y ante todo, la naturaleza de aquel que se humilló a sí mismo hasta tomar la “forma de siervo”. Su naturaleza es divina, es el Hijo de Dios. Si bien por la humillación voluntaria del Siervo de Dios, el Espíritu Santo no necesitó relatar los pormenores de su llegada al mundo, no obstante hace resaltar su origen divino: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Es el evangelio del Verbo de Dios hecho carne; son las buenas nuevas que provienen de tan excelsa Persona. El mensaje es su Persona, sus palabras y sus hechos. No se trata de una mera predicación del evangelio como la haríamos nosotros, sino de su cumplimiento bajo el humilde aspecto o forma de Siervo de Dios. Como leemos en Filipenses 2:7-8: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Este es el Evangelio. No todo el Evangelio, bien lo comprendemos, sino tan solo su principio. Pero este Evangelio es único, no pueden existir dos Evangelios como tampoco existen dos Jesucristo. Así lo comprendió Pablo: “No que haya otro… si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:7-8). Es la maldición de Dios pronunciada sobre todo aquel que se atreve a predicar otro Evangelio o pervertir el evangelio de Cristo el Hijo de Dios. Es Dios mismo quien habla por su Hijo, o más bien, en su Hijo (Hebreos 1:2). Este es “el evangelio de Dios” (Romanos 1:1), o sea, la venida de Jesús al mundo, que había sido prometida por los profetas en las Santas Escrituras, y es llamado así porque Dios es su origen. Cuando llega a concretarse en el mundo, es llamado entonces el evangelio de Jesucristo.

La predicación de Juan el Bautista

He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.

Un mensajero debía anunciar la llegada de Jesucristo, preparando así su camino. No anunciaba la venida del Siervo, sino a Jehová Salvador, pues un siervo no precisa que nadie anuncie su venida. Notemos como la divinidad del Señor se une de una manera maravillosa con su humanidad en los versículos dos y tres, citas de los profetas Malaquías e Isaías: “He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti. Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas”. Ahora bien, leyendo estos textos en las profecías notaremos que Jesús es el Señor o Jehová del Antiguo Testamento: “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de ; y vendrá súbitamente a su templo el Señor…” (Malaquías 3:1). “Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios” (Isaías 40:3). Jesús es quien envía su mensajero delante de él, para que “todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá…” (v. 4).

Juan el Bautista preparaba el camino delante del Señor mediante su predicación, y bautizaba a los que confesaban sus pecados. Sus oyentes debían enderezar sus sendas recibiendo el mensaje que llegaba a sus oídos. La responsabilidad del portador de la Palabra de Dios es grande. Debe entregar el mensaje en su pureza y revestido de gracia. Pero no es menor la responsabilidad de aquellos a quienes va dirigida la voz del que clama. Deben quitar todo obstáculo que les impida recibir el mensaje: el valle de la corrupción, los montes y collados del orgullo, las torceduras de las mentiras, las asperezas de la voluntad propia. Los oyentes son responsables de allanar el camino ante la presencia de Aquel que viene. Ahora bien, si el pueblo de Israel debía prepararse para la llegada de Jesús quien se manifestaba en gracia a su favor, ¡cuánto más la cristiandad de hoy debería recibir el mensaje del Evangelio ante la inminente llegada de Jesucristo en gloria!

Además de esto, el aspecto exterior del mensajero debía dar un testimonio claro de su completa separación del mundo que lo rodeaba, y de una consagración plena a Dios quien lo envió. “Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre” (v. 6). Era el hombre del desierto. Estaba ceñido con el cinto de la verdad para enfrentar las luchas y la oposición del mundo (Efesios 6:14). Su comida era conforme a las ordenanzas levíticas. La langosta tiene piernas además de patas, lo que le permite saltar sobre la tierra (Levítico 11:21-22). Forma parte de aquellas cosas, “más pequeñas de la tierra, y las mismas son más sabias que los sabios… no tienen rey, y salen todas por cuadrillas” (Proverbios 30:24-27). El carácter de Juan se manifestó simbólicamente a través de su comida. Supo vencer las dificultades y estuvo en las cuadrillas de los profetas que denunciaron a Israel su iniquidad. Por otra parte, como la langosta es agente del juicio divino, también Juan anunció el castigo que debía caer sobre el pueblo rebelde. La miel, producto de la naturaleza, le servía de alimento. Esto nos habla de la Palabra de Dios, tal como él la dio. Otros profetas hicieron la misma experiencia. Ezequiel comió el rollo que en su boca fue dulce como la miel (Ezequiel 3:3). Esta también fue la experiencia del apóstol Juan. Sin embargo, cuando hubo comido el libro, este amargó su vientre (Apocalipsis 10:10-11). Las palabras de Dios que anuncian los juicios sobre el mundo solo pueden causar amargura para el profeta que las anuncia. Nosotros probamos la dulzura de la Palabra, ella penetra en nuestra alma, la vivifica y produce crecimiento espiritual, pero lleva también un juicio inexorable contra todo lo que en nosotros no es según Dios. Ella es la espada de dos filos (Hebreos 4:12).

Juan el Bautista predicaba a Israel el bautismo de arrepentimiento. El Evangelio requiere que los pecadores confiesen sus pecados para poder recibir el perdón. Tanto el arrepentimiento como el perdón proceden de Dios. Es su obra en el corazón gracias a la redención efectuada a favor nuestro: “A este (Jesús), Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hechos 5:31). El mismo don fue otorgado a los gentiles, y esto motivó las alabanzas a Dios por parte de los creyentes judíos (Hechos 11:18). Es el testimonio del apóstol Pablo dirigido tanto a judíos como a gentiles: “Acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21).

Este es el don de Dios. Sin embargo, a menudo es rehusado. La oposición de la incredulidad (2 Timoteo 2:25), la rebelión de la voluntad propia y la apostasía (Hebreos 6:6), así como la dureza del corazón, son los estorbos que las almas encuentran cuando son guiadas al arrepentimiento (Romanos 2:4-5).

Notemos aún que este arrepentimiento es la obra del Espíritu de Dios en el alma para que el hombre sea convencido de pecado. Contrariamente a esto, el remordimiento es un sentimiento humano que puede llevar a la desesperación y aun hasta el suicidio. El arrepentimiento para con Dios puede estar acompañado por el temor y el miedo. Pero el Espíritu, prosiguiendo su obra, hace fijar los ojos en el Señor Jesucristo, y da la fe necesaria para que ese temor y ese miedo sean reemplazados por la paz y el gozo. En la presencia de Dios el alma está turbada por sus pecados, pero encontrándose con el Salvador, un Salvador crucificado y resucitado, el corazón es inundado por su paz.

La predicación de Juan el Bautista parecía lograr sus propósitos: “Salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados” (v. 5). A orillas de este río, cuyo nombre significa «río del juicio», es donde se llevaban a cabo la confesión y el arrepentimiento, pero era necesario que el pueblo fuese bautizado en esas mismas aguas. No se trataba de cruzar el río de una orilla a otra, como lo hicieron los profetas Elías y Eliseo; o de alzar doce piedras en su lecho como Josué lo había hecho; ni de zambullirse siete veces en sus aguas como Naamán el sirio para ser sanado de su lepra. Si bien el alcance espiritual de esos hechos es muy importante y precioso, la justicia de Dios exigía la confesión y el arrepentimiento. Esto era imprescindible para que el pueblo pudiera recibir el perdón de pecados, a fin de que sean sepultados en el río del juicio de Dios. Es por esta razón que, mientras llamaba al pueblo al arrepentimiento, Juan anunciaba también la llegada de Aquel que, siendo mucho más excelente que él, debía cumplir una obra mayor que la suya. “Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo” (v. 7-8). Para que el bautismo del Espíritu Santo tuviera lugar era necesario primeramente la obra redentora. Sin la sangre vertida del Salvador, no podía haber derramamiento del Espíritu Santo.

Juan no solo predicaba el arrepentimiento, denunciaba también la hipocresía de los fariseos y saduceos que venían a su bautismo: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Y luego agrega: “Él os bautizará en… fuego” (Mateo 3:7, 11). Pero estas últimas palabras no se hallan en el evangelio según Marcos. Aquí Juan se dirige solamente a quienes confesaban sus pecados con sinceridad, anunciándoles el bautismo del Espíritu Santo, pero omitiendo el bautismo de fuego. Este es figura del juicio y de la ira de Dios que iba a caer sobre el pueblo incrédulo y sus dirigentes hipócritas. Este juicio, si bien se cumplió de manera literal con la destrucción de Jerusalén por los ejércitos romanos, se proyecta hasta la «Gehena», el “fuego que nunca se apaga” (Marcos 9:44). Ese mismo fuego está reservado para los que hoy corrompen el reino de Dios, “el horno de fuego”, símbolo del “lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13:50). Otro texto agrega: “Un lago de fuego que arde con azufre” (Apocalipsis 19:20), figura de un dolor que se adhiere al alma, así como el azufre ardiente se pega a la parte del cuerpo que lo toca. “El gusano” es otra figura del dolor que roe, carcomiendo a su víctima sin terminar de consumirla jamás. El texto de Marcos presenta la pura gracia de Dios a favor de aquellos en cuyo corazón se realizaba la obra del Espíritu Santo. En el capítulo 9 mencionará seis veces el fuego que no puede ser apagado. No confundamos el fuego del Espíritu Santo con el fuego del juicio eterno. El primero simboliza el poder de Dios que debe arder siempre en nosotros, mientras que el segundo habla de la ira y el castigo que caerán sobre los que “no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:10).

El bautismo y la tentación de Jesús

Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Marcos relata en pocas palabras el bautismo del Señor. Es mucho más breve que en los evangelios de Mateo y de Lucas. Por su parte, Juan no lo menciona.

¿Por qué debía bautizarse el Señor? Generalmente oímos decir que fue para darnos un ejemplo, o para alentar a los pecadores al arrepentimiento. Pero estos no son los motivos. Notemos en primer lugar la diferencia entre “el bautismo de Juan” (Hechos 19:3) y el bautismo cristiano. El primero formaba un residuo de creyentes judíos con sus caracteres propios, reuniéndolo alrededor del Mesías en la tierra. El segundo, el bautismo cristiano, hecho en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tres Personas, se realiza para la muerte de Cristo: “Somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo” (Romanos 6:3-4). De paso mencionamos el bautismo en Moisés (1 Corintios 10:2). A través del mar Rojo y en la nube, el pueblo de Israel estaba puesto bajo la autoridad de Moisés, su conductor.

Juan reunía a los creyentes judíos bajo la señal de su bautismo, pues el Señor, el Mesías, debía tomar su lugar con ellos como cabeza de los fieles que se sometían a la voluntad de Dios. Jesús mismo obligó a Juan a bautizarlo, diciéndole: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15).

El Señor tomó su lugar con el remanente fiel de su pueblo, sin que tal vez nadie haya reparado en la excelencia de Aquel que descendía a las aguas del arrepentimiento. Pero notemos también que el Señor encontró a numerosas personas ya bautizadas por Juan. No fue el primero. En el caso del bautismo cristiano, nadie podía bautizarse en la muerte de Cristo si él no hubiera abierto el camino por su muerte y resurrección. Él debía morir primero. Es por este motivo que en una oportunidad le oímos decir: “De un bautismo tengo que ser bautizado (su muerte); y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lucas 12:50).

Hemos visto al Señor tomar su lugar junto al remanente judío fiel bautizado por Juan: “Debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17). En ese momento nadie percibió la dignidad del Mesías. Él mismo había velado la excelencia de su Persona bajo su humanidad. Cuando subió del agua, no alzó su voz para reclamar una distinción entre quienes lo rodeaban. Sin embargo, vio abrirse los cielos. ¡Qué escena maravillosa! El Espíritu Santo descendió sobre él como paloma, luego Dios el Padre rompió el silencio y distinguió a su Amado de entre todos los demás: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (v. 10).

Fue la revelación de la comunión permanente en la cual vivía Jesús como hombre según el corazón de Dios. El Padre no le dijo: Tú eres el Mesías de Israel, el Profeta, o mi Siervo, sino: “Tú eres mi Hijo amado”. Esa voz divina puso el sello de su aprobación y plena satisfacción sobre los años de la vida del Hijo de Dios en las tierras de Galilea, y en particular sobre el acto de su bautismo.

Tenemos muy pocos datos de esos años. Sabemos que cuando tenía doce años le era necesario estar en los negocios de su Padre (Lucas 2:49); además era “su costumbre” leer la Palabra en la sinagoga de Nazaret (cap. 4:16). Ahora bien, los negocios de su Padre, la lectura de la Palabra, y la sumisión a sus padres José y María (Lucas 2:51), resumen una vida que agradó a Dios. En los pasos de ese Hombre somos llamados a andar.

Habiendo subido Jesús de las aguas de la muerte (de lo cual es figura el Jordán), y después que el cielo se abrió –un cielo absolutamente cerrado para el pecador, pero siempre abierto para el Señor–, entonces pudo descender otra Persona de la Deidad: el Espíritu Santo. Así, por primera vez, se reveló la Trinidad en su plenitud. Amado lector, somos invitados a observar esta escena. No como los que estaban entonces a orillas del Jordán, ni tampoco como Juan cuyo gozo era cumplido en ese momento. Podemos hacerlo en la comunión con el Padre y con el Hijo, por el poder del Espíritu Santo, siendo poseedores de todos los beneficios que la muerte de Cristo nos ha otorgado. Nos conviene contemplar tal escena con adoración.

En virtud de la redención cumplida, leemos en el libro de los Hechos que otra persona vio los cielos abiertos (cap. 7:56). Esteban había seguido los pasos del Maestro muy de cerca, manifestando los caracteres del Hombre celestial.

Durante todo el tiempo en el cual el Señor cumplió su ministerio sobre la tierra el cielo estuvo abierto. Los ángeles de Dios podían subir y descender sobre él. Esta visión fue el privilegio de los discípulos (Juan 1:51). El cielo se volverá a abrir por tercera vez para que el Rey de gloria, acompañado por sus huestes celestiales, cumpla el ruego del profeta: “¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras…!” (Isaías 64:1).

El Espíritu Santo descendió sobre el Señor en forma corporal como paloma. Esta expresión es muy diferente a las lenguas de fuego que se posaron sobre los discípulos en el día de Pentecostés. Aquí contemplamos el símbolo de la gracia que caracterizó el ministerio del Señor, portador de un mensaje de paz para el mundo: “Dios estaba en Cristo… no tomándoles en cuenta… sus pecados” (2 Corintios 5:19). ¡Cuán distinto será el carácter de la manifestación de Cristo en gloria cuando venga al mundo para reinar! Una vara de hierro es su símbolo. Las lenguas de fuego en el día de Pentecostés simbolizan el poder que debían recibir los débiles discípulos para cumplir un ministerio que estaba muy por encima de sus capacidades. Este fuego debe ser mantenido siempre, y a menudo reavivado: “Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios…”, escribe Pablo a Timoteo (2 Timoteo 1:6). “El fuego encendido sobre el altar no se apagará,… el sacerdote pondrá en él leña cada mañana… El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará” (Levítico 6:12-13); hermosa figura del poder del Espíritu Santo en Cristo, y llena de enseñanza para nosotros.

Inmediatamente después de su bautismo, Jesús fue impulsado por el Espíritu al desierto: “Estuvo allí… cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían” (v. 13). Nuestro precioso Salvador, el Hombre perfecto, “el postrer Adán” (1 Corintios 15:45), sufrió las tentaciones del diablo. “Fue tentado en todo” (Hebreos 4:15), no para probar hasta dónde llegarían sus fuerzas, sino para manifestar su perfecta humanidad.

Notemos de paso el orden en que se desarrollan estos hechos: el Señor descendió a las aguas del Jordán –figura de la muerte y del juicio de Dios–; luego subió de ellas –figura de su resurrección–; y después que el Espíritu Santo descendió del cielo, vino la lucha en la cual obtuvo la victoria.

Este es el camino del Hombre celestial, camino que él nos invita a seguir gracias a su obra redentora cumplida en nuestro favor. “Me seguirás después”, dijo el Señor a Pedro antes de la cruz (Juan 13:36); y una vez abierto el camino: “Sígueme” (cap. 21:19).

El entorno donde nuestro amado Señor sufrió las tentaciones fue muy distinto al que conoció el primer Adán. Este fue tentado en el huerto del Edén, lugar de delicias terrenales, donde nada le faltaba, y con todo ello, sucumbió a la primera tentación. En su caída, toda la creación fue arrastrada al estado ruin en el cual la encontró Jesús, el postrer Adán. Aquí es comparada con un desierto, un lugar despojado de todo lo que Dios había creado para la felicidad del hombre. Además, un peligroso huésped habita en esos sitios desolados: Satanás; y las fieras son sus moradores, detalle que se encuentra solo en el evangelio según Marcos. Este es el estado en el que se encuentra el ser humano cuando está lejos de Dios su Creador, es semejante a las bestias, “animales irracionales” (2 Pedro 2:12).

En sus visiones, el profeta Daniel observó cuatro bestias que simbolizan cuatro grandes imperios (Daniel 7:1-7). El apóstol Juan vio a dos seres humanos bajo la figura de “bestias”, que luego fueron echados en el lago de fuego y azufre (Apocalipsis 19:20).

Es en este entorno, imagen del mundo bajo el dominio de Satanás, donde Jesús sufrió las tentaciones venciendo a su adversario. Una tentación se relacionó con su cuerpo, tuvo hambre; la otra, de carácter espiritual, puso la fidelidad de Dios a prueba; y por último, la tentación concerniente a su gloria real. Sin embargo, en el evangelio de Marcos no se detallan como en el de Mateo y de Lucas. En el evangelio de Juan están completamente omitidas.

Ahora bien, ¿de dónde obtenía el Señor sus recursos para salir victorioso en esa “tierra seca y árida”? Los Salmos 63 y 91 lo revelan: la Palabra era su alimento, y la comunión con Dios era su gozo y su confianza. La verdad era su escudo y su espada; mil podían caer a su lado y diez mil a su diestra. Las armas que el enemigo poseía eran ineficaces contra Jesús, el Hombre obediente. David derribó al gigante con una sola piedra, aunque eran cinco las que había tomado en su saco pastoril. Así también, el Señor silenció al enemigo con las citas de uno solo de los cinco libros de Moisés.

Estas primeras victorias del Señor sobre Satanás fueron seguidas de muchas otras, hasta la última en la cual le hirió la cabeza. Entre tanto, “cuando el diablo hubo acabado toda tentación” (Lucas 4:13), “vinieron ángeles y le servían” (Mateo 4:11). Los ángeles son sus servidores. Ellos sirven al Señor cuando está sentado en su trono de gloria, como lo vieron los profetas Isaías y Daniel, y también le sirvieron cuando, habiendo tomado una forma humana, sufrió en el desierto.

Tal es el privilegio de estos seres celestiales; pero, ¡cuán incomprensible debió ser para ellos la angustia que padeció el Señor en Getsemaní, de la cual uno de ellos fue testigo! Los ángeles son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14). El Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tomó esta posición en la cual dependía de los ángeles creados por él mismo. Lo hizo para traer la gracia de Dios a hombres culpables de todos los estragos causados por el pecado en esta creación. Él solo podía servir viniendo como hombre a los lugares mismos donde el pecado lo había arruinado todo. ¡Qué amor maravilloso e infinito!

La predicación del evangelio del reino

Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios.

El corto ministerio de Juan el Bautista, el más grande de los profetas, había llegado a su fin (Lucas 7:28). Fue echado en una sombría cárcel a causa de su fiel testimonio, pues no temió condenar la conducta corrompida de personajes tan encumbrados como el rey Herodes. Entonces, la luz de la antorcha profética se apagó (Juan 5:35). Mientras tanto, afuera despuntaban los brillantes rayos del Sol, resplandeciendo con toda su fuerza.

Jesús dejó la tierra de Judea, a orillas del Jordán donde su precursor había concluido la carrera, para comenzar su ministerio en Galilea. “El tiempo se ha cumplido –decía–, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (v. 15). En esa región de Galilea, despreciada por el orgullo judío que decía: “nunca se ha levantado profeta” (Juan 7:52), allí resplandeció una gran luz.

El tiempo se había cumplido, y el reino de Dios estaba presente. Aquí se trata del tiempo que precedía al establecimiento del reino de justicia y paz anunciado por los profetas, e indicado con precisión por Daniel (cap. 9:24-25). Sin embargo, no se trataba tan solo del cumplimiento del tiempo. El reino de Dios se había acercado en la Persona misma de Jesús. El Rey estaba presente: “He aquí el reino de Dios está entre vosotros”, decía a quienes preguntaban acerca de su aparición (Lucas 17:21).

Ahora bien, era necesario arrepentirse y creer en el evangelio. El reino de Dios, caracterizado por lo que moralmente él es, no podía establecerse con hombres pecadores, sin ser acompañado por el juicio de sí mismos. Era necesario el arrepentimiento y la fe en esa buena nueva que anunciaba el acontecimiento esperado desde tanto tiempo por los fieles. En la actualidad se proclama el evangelio de la gracia, y los que se benefician de él por la fe son pecadores arrepentidos.

¿Qué diferencia hay entre el evangelio del reino y el evangelio de la gracia? Esta diferencia consiste solo en la posición y el carácter que ocupa el Señor Jesús en el momento en que se predica el evangelio. Cuando Jesús estaba en la tierra, el reino de Dios estaba en medio de los hombres por su presencia misma. En ese momento se predicaba el evangelio del reino y él hubiera tenido que reinar. Pero, como consecuencia de su rechazo, dejó la tierra y volvió al cielo: “Volveré a mi lugar”, dijo por medio del profeta (Oseas 5:15). “Dejo el mundo, y voy al Padre”, dijo a sus discípulos (Juan 16:28). Pero esto fue solo después de haber cumplido su ministerio que culminó con el sacrificio cruento de la cruz.

En lugar de hacer caer un justo castigo, bien merecido por los culpables de la muerte de su Hijo, Dios, en su amor, hace proclamar el Evangelio de la gracia ofreciendo el perdón, la salvación y una posición celestial –en contraste con la terrenal– donde está sentado el Señor. Este es precisamente el objetivo del Evangelio de la gracia predicado desde que el Salvador resucitado ascendió a la diestra de Dios.

Ahora bien, un día dejará esa posición y vendrá a buscar a su Iglesia, fruto de la proclamación de esa gracia, para introducirla en las mansiones celestiales donde ella misma tiene su ciudadanía. Más tarde aún, el Señor volverá en gloria, presentándose al mundo entero para establecer su reino de justicia. Después del rapto de la Iglesia y la manifestación del Señor en gloria, el mundo oirá nuevamente la predicación del evangelio del reino. El arrepentimiento y la fe serán los factores que permitirán a los hombres su entrada en el reino milenial. El Apocalipsis, como otras porciones de la Palabra, revela los pormenores y las circunstancias que acompañarán a esta predicación, y quiénes serán sus beneficiarios.

El llamamiento de los primeros discípulos

Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.

La inmensidad del servicio de Jesús estaba por delante. Su verdadera extensión solo podía ser sondeada por su amor y su omnisciencia. Y solo él, en la dependencia de su Padre, poseía la dedicación y el esfuerzo necesarios para llevar a cabo la obra confiada. Sin embargo, Jesús quiso tener compañeros para cumplir esa obra, porque sin ellos algo habría faltado en ese ministerio. Las Escrituras los habían anunciado, y esos compañeros serían útiles al Maestro, como también a nosotros por sus experiencias, su fe y aún en sus errores.

Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano que echaban una red en el mar. Esta es una imagen tajante de lo que el Señor iba a realizar en medio de los hombres. Jesús se dirigió a esos dos hermanos: “Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres” (v. 17). Iba a formarlos para sacar a pecadores perdidos del entorno pecaminoso en el que vivían y llevarlos a Dios. El Señor los llamó, y ellos obedecieron, a pesar de su incapacidad natural para cumplir esa labor completamente desconocida. Para este trabajo nuevo al que eran llamados, el Maestro poseía todos los recursos necesarios. Los dos hermanos obedecieron al instante, sin ninguna objeción: “Y dejando luego sus redes, le siguieron” (v. 18).

“Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres”. Estas palabras contienen la verdad completa con respecto a la formación de un siervo de Dios. Se necesitan tres cosas:

1) ser llamado por el Señor,
2) seguirlo,
3) ser enseñado por él.

Solo Jesús puede llamar, atraer y formar a aquel a quien quiere confiar un servicio. Se aprende siguiéndolo a él. Podían ser inspirados viendo la conducta del Señor Jesús y los motivos que lo impulsaban a cumplir su ministerio de amor. Este amor solo reclamaba la dedicación obediente para que los demás fuesen alcanzados por la felicidad.

En efecto, el servicio del Señor era el “trabajo de… amor” por excelencia (1 Tesalonicenses 1:3). Vivía en la dependencia de su Padre para servir, y lo expresaba de esta manera: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). Es así cómo sus discípulos, enseñados por él, y viéndolo conducirse, podían cumplir esa obra. Lo importante para esto, como también para nosotros hoy, es seguirle. No se puede aprender de él sin esta condición.

“Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes” (v. 19). Siendo pescadores estaban ocupados en una triste tarea: ¡remendar redes rotas! ¡Qué desalentadora experiencia cuando el goce de los resultados que se esperan obtener se nos escapa por los agujeros de nuestra existencia! Capacidades, medios, juventud, entusiasmo, salud… todo lo que acompaña al hombre mientras intenta satisfacer sus más legítimos deseos se gasta, se deshace. Esta fue la conclusión del sabio de la antigüedad: “Vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Eclesiastés 12:1-8).

“Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron” (v. 20). Quizás parezca fácil abandonar una red rota, vacía o sucia, sin embargo Pedro, para seguir a su Señor, decidió abandonar una red cargada de peces (Lucas 5:11). Cuando todo fracasa en la vida se busca con ansiedad la solución, pero cuando todo va bien es más difícil sentir la necesidad de un cambio. No obstante, en ambos casos, el alma que discierne el llamamiento del Señor y lo aprecia, sabrá obedecer en el acto, porque comprende que todo lo que ofrece esta vida no puede ser comparado con la posesión de un Maestro como Jesús.

Si bien la humildad caracterizaba al Señor, su llamamiento era acompañado por una autoridad divina percibida perfectamente por el oído de aquellos que eran llamados por él. Esa autoridad los conducía a abandonar sin razonamiento ni objeción alguna, sus tareas, sus responsabilidades materiales, y aún sus vínculos de familia.

Todavía hoy es así para quienes el Señor llama a su servicio. ¡Dios quiera que entre nuestros lectores haya muchos que obedezcan a su voz! Todos podemos ser útiles al Señor, cualesquiera que sean las circunstancias en las que nos encontramos. No obstante, para esto debemos escucharlo, seguirlo e imitarlo. Los que creen gozan de esta porción, y mediante la obediencia se manifestarán aquellos a quienes el Señor invita a un servicio especial para él: “Al que tiene, le será dado, y tendrá más” (Mateo 25:29).

Un endemoniado en la sinagoga

Entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba.

Las palabras “luego”, “inmediatamente”, “en seguida” y “al instante” que Marcos repite varias veces en este primer capítulo destacan la incesante actividad que caracterizaba al perfecto Siervo de Dios en el cumplimiento de su ministerio. Esto debería caracterizarnos también a nosotros: “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11). El Señor sabía que su tiempo era muy limitado en la tierra, pero esto nunca le impidió ocuparse de aquellos que requerían su presencia o necesitaban de su poder. La medida de su servicio era perfecta y cabal.

Jesús enseñaba en la sinagoga, lugar de reunión donde se leían las Escrituras del Antiguo Testamento. Los asistentes se maravillaban al oírlo, “porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (v. 22). La enseñanza que procede de Dios tiene peso en sí misma. ¿Cuál podría ser la autoridad sino la Palabra de Dios? Aprender de Dios por medio de su Palabra y ser dirigido por el Espíritu Santo da a la predicación de un evangelista la seguridad y la persuasión necesarias para colocar a los oyentes bajo la autoridad de la Biblia. Esto marca la diferencia entre la sabiduría humana y la enseñanza divina, a pesar de la debilidad del instrumento y su falta de erudición. En Jesús todo era perfecto, nada en él impedía la libre acción del Espíritu Santo, y el agua fluía con toda pureza de la fuente.

Pedro y Juan “eran hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13), sin embargo, los oyentes debieron reconocer “que habían estado con Jesús” por el poder del Espíritu Santo con el cual hablaban. Los que disputaban con Esteban experimentaron lo mismo: “no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (cap. 6:10). Esa sabiduría otorga la victoria sobre los opositores. Pablo había sido instruido a los pies de Gamaliel, pero no quería otra sabiduría sino la que el Espíritu Santo le concedió (1 Corintios 2:12). Pidámosle a Dios, el cual da a todos abundantemente (Santiago 1:5; 1 Corintios 1:30).

En la sinagoga se encontraba un hombre poseído por un espíritu inmundo. Quizás entre los asistentes nadie había reparado en él, pero la presencia de Jesús lo manifestó de inmediato. No sabemos qué se predicó, pero notamos sus efectos: la presencia de Dios en la sinagoga reveló la de Satanás. Este es el efecto normal de toda predicación bajo la dirección del Espíritu Santo: “lo oculto… se hace manifiesto”, el “incrédulo o indocto… es convencido, por todos es juzgado” (1 Corintios 14:24-25).

“¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios” (v. 24). El demonio reconoció a su Juez en Aquel que tomó la forma de Siervo para arrancar al hombre del poder bajo el cual había caído por su propia culpa cuando escuchó la voz de Satanás. Jesús, reprendiendo al demonio, le ordenó callar y salir de ese hombre. El Señor no quería recibir el testimonio del diablo. Notemos que el demonio cuando habló empleó el plural: “¿Qué tienes con nosotros”? Se identificó con el hombre que era su morada, y a quien tenía bajo su poder. Pero “el Santo de Dios” se había humanado precisamente para arrebatar a Satanás sus dominios y librarnos. Este era el designio del amor divino a nuestro favor.

El demonio debió obedecer a una autoridad mayor que la suya. Sacudiendo a su víctima con violencia, y clamando, la abandonó. En la sinagoga, sin percibir la presencia de Satanás, decían: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?” (v. 27). Ignoraban lo que había sucedido en el desierto. El Tentador no había logrado colocar bajo su poder al único Hombre sin pecado, quien obtuvo la victoria. Jesús había vuelto del desierto en el poder del Espíritu Santo y lo manifestaba en presencia de quienes había venido a salvar.

Notemos que desde el principio de su ministerio, el Señor demostró su autoridad de tres maneras:

1) en el llamamiento de sus discípulos;
2) en sus enseñanzas;
3) en la expulsión de los demonios.

Todo su poder estaba puesto al servicio del amor divino para salvar al hombre. ¡Qué bendición se habría derramado sobre Israel si hubiera recibido a su divino Libertador que había venido con el poder del evangelio del reino! A pesar de su rechazo, esa misma potencia acompaña al evangelio de la gracia para llevar a los que creen de las tinieblas a la luz, para hacerlos pasar de la potestad de Satanás a Dios (Hechos 26:18).

La suegra de Pedro

Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.

El Señor Jesús había ido desde el desierto hacia las orillas del mar. De allí se dirigió a la sinagoga de Capernaum, y luego a la casa de Simón Pedro con sus cuatro discípulos. Allí, la suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y se necesitaba la presencia del divino Médico. Lo que ocurrió les sirvió de enseñanza, así como también a nosotros. “Y en seguida le hablaron de ella”. Es necesario hablarle a él sin pérdida de tiempo. En efecto, ¿a quién comunicar los problemas y las dificultades del hogar sino a Aquel que los puede solucionar? “Entonces él se acercó”. ¡Qué bendita proximidad! Aquí no se trata de la comunión que hoy gozamos en Cristo, sino de la cercanía del “buen samaritano” que vino a este mundo para socorrer al caído. “Él la tomó de la mano”. Ya que la enferma no podía levantarse sola, él “la levantó”. Su poder y su ternura unidos lograron tan benditos resultados. El mal desapareció, y una nueva energía le fue comunicada para poder servir: “y ella les servía”. Sin recibir ninguna orden, la mujer se puso inmediatamente al servicio del Señor y de los suyos. El hogar era su ámbito de influencia, la esfera de su actividad; mientras que el mar –el mundo– era la de los “pescadores de hombres”.

El pecado separó al hombre de su Creador. Le quitó la paz, el bienestar y el reposo de los que gozaba en la presencia de Dios. Entonces le sobrevino la agitación y la inquietud, un estado comparado a la fiebre que perturba todo su ser. Ese hombre caído se comprometió a servir a Dios su Creador pretendiendo cumplir los mandamientos dados en Sinaí (Éxodo 19:8). Pero tuvo que aprender que la voluntad natural, con sus mejores esfuerzos religiosos, iba a llevarlo a un total fracaso. En ese estado febril, aún un creyente no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere (Romanos 7:15-25); o una mujer servicial como Marta, afanada y turbada por muchas cosas, no puede servir eficazmente a Dios (Lucas 10:38-42).

¿Cuál es el remedio? El Señor Jesucristo. Es él, y el poder de su gracia, que quitan la agitación, anulando la voluntad carnal, tan inútil y desagradable a Dios. Entonces, el Señor da calma al corazón, y lo capacita para servir “en vida nueva” (Romanos 6:4). Esta es la lección que aprendemos en la casa de Pedro. Sin embargo, no sabemos cuánto comprendió él en ese momento, pues luego lo vemos atravesar dolorosas experiencias hasta las lágrimas, llegando aun a negar a su Maestro.

La incesante actividad de Jesús continuó prodigando sus ilimitados recursos. “Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían” (v. 32-34).

Para Israel el sol ya se había puesto espiritual y moralmente. En medio de esas tinieblas, el reino de Dios derramaba la luz de un sol de justicia y de poder. “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz”, había anunciado el profeta Isaías (cap. 9:2). Esa luz quería disipar las tinieblas de los corazones y producir en los moradores de Capernaum un verdadero arrepentimiento. En la sinagoga, el demonio debió obedecer el mandato de Jesús, mientras que el corazón de los hombres se manifestó duro y desobediente.

Existe un mundo de demonios, de espíritus satánicos, que es desconocido por el hombre, y cuya actividad maléfica se había desplegado en Capernaum en ese momento. Los demonios son ángeles caídos; conocen a Jesús; saben que les espera el juicio, y que cuando este se ejecute, él será el Juez. Al oír la voz de Jesús, le preguntaron: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29). Este no era el objetivo de la venida del Señor al mundo en ese momento, sino la salvación que iba a consumar en favor del ser humano. Estos ángeles caídos saben que no hay salvación para ellos, sino un tormento eterno. “No socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (Hebreos 2:16), los que por la fe son “de Cristo, ciertamente linaje de Abraham” (Gálatas 3:29).

“Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (v. 35). Esta era la actividad secreta del Siervo perfecto. Así manifestaba su entera dependencia a Dios, cuya voluntad lo dirigía en todos sus pasos. Jesús se levantaba antes del amanecer a fin de estar preparado en el momento de trabajar. Es nuestro perfecto Modelo. El espíritu profético había dicho: “De madrugada te buscaré” (Salmo 63:1), y Jesús realizó esto plenamente. Sabía que para hablar era necesario oír antes. En esa hora temprana del día, Dios despertaba a su Siervo (Isaías 50:4). Imitemos a Jesús. La oración debe preceder a toda actividad que se desea cumplir según la voluntad de Dios. Jesús se había levantado mientras sus discípulos aún dormían; no los había despertado, había salido solo de la ciudad. “¿A dónde se ha ido tu amado…? ¿A dónde se apartó… y lo buscaremos contigo? (Cantar de los Cantares 6:1).

“Y le buscó Simón, y los que con él estaban” (v. 36). En lugar de contemplar al Maestro en el recogimiento de la oración, como lo harían en otro momento, interrumpiéndole, “le dijeron: Todos te buscan” (v. 37). Pero Jesús, conociendo la voluntad de su Dios, la reveló a sus discípulos: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (v. 38). El Siervo de Dios no se dejaba influenciar por las multitudes que lo buscaban tan solo por curiosidad. Él había venido para satisfacer las necesidades de las almas perdidas, y solo la Palabra era el remedio eficaz. Los milagros atestiguaban del poder de esa Palabra, pero para ser salvo, el pecador de entonces como el de hoy, no necesita un milagro que sana su cuerpo, sino la fe en esa Palabra que sana su alma. Si este resultado no se obtiene, los milagros son inútiles. Por lo tanto, Jesús “predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea” (v. 39).

La curación de un leproso

Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.

Este leproso había oído hablar de los milagros que Jesús cumplió en favor de tantos desdichados como él. No dudaba de su poder, pero no había comprendido aún que el amor de Dios trajo a Jesús a la tierra precisamente para librar a los hombres de sus miserias. Por eso le dijo: “Si quieres, puedes…”. Jesús estaba allí, porque quería. “Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio”. Así fue como el leproso encontró en Jesús la voluntad y el poder, y toda la compasión producida por el amor perfecto. Este amor se manifestaba en Aquel cuya santidad absoluta le permitía entrar en contacto con la impureza más grande sin ser contaminado por ella. La lepra, figura del pecado, contagiaba a todo aquel que tenía contacto con ella. Aquí sucedió lo contrario: Jesús, tocando al leproso sin ser contaminado, lo sanó. ¡Bendita virtud de Dios manifestado en carne, cuya naturaleza es incorruptible y cuyo amor efectúa la obra que purifica al pecador!

“Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, y le dijo: Mira, no digas a nadie nada…” (v. 43-44). En este milagro, las perfecciones divinas y humanas de Jesús, el Siervo perfecto, aparecen con toda su belleza: el poder que libera, el amor que se anonadó para cumplir ese servicio, la pureza perfecta del Hijo de Dios en su humanidad, que quita la suciedad; la humildad profunda que evita las manifestaciones del público asombrado por los milagros, y la devoción que se agrada en cumplir la voluntad de su Padre.

Luego le dijo: “Muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos”.

¿Qué había ordenado Dios a Moisés para la purificación del leproso? Según la ley, un leproso era declarado sano desde el momento en que su cuerpo entero se hallaba limpio de lepra. La convicción de pecado lleva al pecador hacia la cruz, la única fuente que lo purifica. El leproso que nos ocupa había llegado a esa fuente, a Jesús mismo. En Levítico 14:4, leemos: “Mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo”. El amor de Dios ha provisto todo para el pecador. Las dos avecillas juntas forman una sola y llamativa figura de Aquel que descendió del cielo, nuestro Salvador. “Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes” (v. 5). Jesús dejó sus moradas celestiales para revestir una humanidad sin mancha, un cuerpo terrenal, un “vaso de barro”, lleno de “aguas corrientes”, es decir, la Palabra de Dios. Estas aguas estaban mezcladas con la sangre de la avecilla muerta. La avecilla viva, la madera de cedro, la grana y el hisopo son figuras de la grandeza celestial del Señor, su realeza y humillación. Estas cuatro cosas, formando un solo manojo en la mano del sacerdote, eran sumergidas en las aguas mezcladas con sangre. Luego de rociar “siete veces sobre el que se purifica de la lepra” (v. 7), este era declarado limpio. Ocho días después, el leproso purificado era presentado ante Jehová con lo que se debía ofrecer: “dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite. Y el sacerdote que le purifica presentará delante de Jehová al que se ha de limpiar, con aquellas cosas…” (v. 10-11). ¡Qué bendita cercanía! Estar en la presencia de Dios, en su santuario. ¡Qué bendita posición! Esta es también nuestra parte: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Colosenses 1:21-22). El que nos limpió con su sangre, él mismo nos presentará “sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24). ¿Esperaremos hasta ese momento para acercarnos al Padre? “Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo… y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos…” (Hebreos 10:21-22), esta es la respuesta.

El Señor quiso que el leproso sanado fuese ante la clase sacerdotal un testigo indiscutible de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Los sacerdotes sabían muy bien que solo el poder divino podía sanar la lepra, como también solo Dios podía limpiar y perdonar el pecado. En lugar de callar, el leproso sanado “comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos” (v. 45). Este hombre no pudo contener su felicidad sino que dio a conocer su gran liberación por todas partes. Sin embargo, hubiera sido mejor seguir las indicaciones de su Benefactor que dar rienda suelta a su alegría. Se le pedía acercarse al sacerdote de Dios “hincada la rodilla” como un adorador del Dios que lo había sanado. Esta circunstancia impidió a Jesús entrar en la ciudad, sin embargo puso de manifiesto a aquellos que tenían verdaderas necesidades, “y venían a él de todas partes”.