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Despertar y edificación del templo

En los capítulos precedentes hemos visto la actividad del remanente de Judá. Este se componía, en su mayoría, de gente que había podido probar su genealogía.

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El altar y los fundamentos del templo

A los dos caracteres del remanente mencionados más arriba, se les añaden, en nuestro capítulo, muchos otros.

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El amor de Dios hacia su pueblo

“La palabra de Jehová a Israel, por medio de Malaquías” (v. 1, RVA 1989). Aunque Malaquías profetizaba en medio de los débiles restos de Judá y Benjamín, vueltos del cautiverio, abarca en su pensamiento a Israel, es decir, al conjunto del pueblo. En eso difiere de Zacarías, quien considera tan solo a Judá y Jerusalén.

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El libro de la ley y la fiesta de los tabernáculos

Los capítulos 8 al 10 hablan del estado religioso del pueblo y forman una especie de paréntesis, ya que el capítulo 11 se vincula directamente al capítulo 7.

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El Sol de justicia

En el capítulo 3 vimos el contraste entre el terrible día del juicio y el día en que Jehová hará (v. 2 y 17).

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Esdras

Entramos aquí en un nuevo período de nuestra historia. Han transcurrido cuarenta y siete años desde la dedicación del templo, sesenta y ocho aproximadamente desde el edicto de Ciro.

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Expulsión de las mujeres extranjeras

Hemos visto, en el capítulo precedente, que Dios había respondido a la humillación de uno solo, Esdras, quien agrupó en torno a sí, según un mismo espíritu de contrición, a aquellos compañeros que temblaban ante las palabras del Dios de Israel.

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Fin del trabajo y dedicación del templo

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Humillación, separación, confesión

La última celebración en la serie de las fiestas judías era la de los tabernáculos (Levítico 23). Ahora bien, el capítulo que se abre ante nosotros no tiene nada que ver con las ordenanzas levíticas. Solo el día veinticuatro –es decir, después del gran día de la fiesta de los tabernáculos que terminaba el día veintitrés– los hijos de Israel se reunieron en la aflicción y la humillación (v. 1).

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Introducción

El libro de Jonás no contiene profecía propiamente dicha, o más bien tan solo contiene una que no fue cumplida a causa del arrepentimiento de los habitantes de Nínive. Cien años más tarde, otro profeta, Nahum, volvió a pronunciar el juicio, anteriormente suspendido, de esta gran ciudad, juicio que no fue ejecutado hasta un siglo después, aproximadamente.

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Introducción

Los libros históricos del Antiguo Testamento se ocupan de los caminos de Dios para con Israel desde su entrada a Canaán. La conducta de este pueblo y la vida de los hombres de Dios proveen en ellos, en cada página, la ocasión de aprender grandes lecciones morales.

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Isaías 1:1–4:6

De entre todos los profetas, Isaías es el más abundante en el número de referencias a el Cristo (el Mesías) que había de venir, y en la variedad de figuras bajo las que él nos es presentado. Resulta evidente la división en tres secciones principales.

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Isaías 15:1–23:18

Es evidente que, cuando Dios juzga, comienza por el círculo más íntimo. Así fue en los días de Jerusalén, como vemos en Ezequiel 9:6, y el mismo principio es válido para los tiempos del Nuevo Testamento, como se afirma en 1 Pedro 4:17. En Isaías hemos visto las profecías de juicio pronunciadas primero contra Israel; aunque acompañadas con las promesas de restauración y de gloria en su Mesías.

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Isaías 24:1–27:13

Habiendo sido eliminada la última de estas ciudades –sobre la que recaía una carga– el texto profético nos lleva a tener conocimiento, de una manera más general, sobre cuál va a ser el estado de cosas al final de la era. Es un cuadro sombrío y muy triste: toda la tierra fue puesta patas para arriba, y los habitantes dispersos, no importa a qué clase ellos pertenezcan.

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Isaías 28:1–35:10

Habiendo registrado la profecía de la reunión en Jerusalén proveniente de las tierras de aflicción de un remanente, que adoraría al Señor, el profeta vuelve otra vez a la denuncia del estado existente del pueblo. En el capítulo 28, se presenta en primer lugar ante él Efraín, es decir, las diez tribus, en los versículos 1 a 13.

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Isaías 36:1–40:8

Después del hermoso cuadro de la bienaventuranza en la tierra en el milenio, que se nos presenta en el capítulo 35; hay una pausa en la profecía. Los cuatro capítulos 36 a 39 nos dan detalles de la historia en el reinado de Ezequías, que también se relatan en los capítulos 18 a 20 de 2 Reyes, y de nuevo de manera más breve en 2 Crónicas 32.

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Isaías 40:9–45:14

A pesar de que la revelación de la gloria del Señor -como ninguna otra cosa– saca a la luz la pecaminosidad y fragilidad del hombre, también trae “buenas nuevas”; y esto es lo que proporciona el consuelo para “mí pueblo” (v. 9). Sión y Jerusalén son representadas levantando la voz, y diciendo a las ciudades de Judá “¡He ahí a vuestro Dios!” (V. M.).

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Isaías 45:15–49:4

El poder de Dios que, por el surgimiento de Ciro, cumpliría su propósito de liberar a aquellos a quienes llama “mis cautivos” (v. 13), solo sería percibido por fe. Por eso, el profeta exclama: “Verdaderamente tú eres un Dios que te encubras” (v. 15, V. M.).

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Isaías 49:5–51:16

En este notable capítulo tenemos algo parecido a un diálogo. La palabra de Dios al Mesías (a quien se dirigió como el verdadero “Príncipe de Dios”) la encontramos en el versículo 3. El lamento del Mesías (habiendo querido juntar a Israel en vano) se encuentra en el versículo 4; y se verificó históricamente, como se nos dice en Lucas 13:34.

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Isaías 51:17 – 53:9

Es digno de mención que, en el pasaje que tenemos ante nosotros, hay tres llamadas a oír y tres llamadas a despertar. Las llamadas a oír en la primera parte del capítulo (v. 1, 4 y 7) son para “los que seguís la justicia, los que buscáis a Jehová”; aquellos reconocidos como “mí pueblo”; y para “los que conocéis justicia… en cuyo corazón está mi ley”.

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Isaías 5:1–9:7

El capítulo 5 comienza con lo que podríamos llamar el cántico de Isaías. Si nos volvemos a Deuteronomio 32, podemos leer el cántico de Moisés, que es por una parte retrospectivo, y por otra parte profético. Moisés pronunció su cántico al comienzo de la historia nacional de Israel. Isaías, por su parte, pronunció el suyo hacia el final. El testimonio de ambos es el mismo.

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Isaías 53:10–55:13

Hasta aquí, esta gran profecía ha tratado de los sufrimientos y muerte en humillación del siervo de Dios, principalmente, desde el lado humano y visible; ahora se adentra en cosas más profundas, fuera del alcance de la vista humana. Los versículos 10 a 12 anuncian lo que Dios mismo realizó, y qué conseguirá aún por medio de esto.

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Isaías 56:1–58:14

Al final de Isaías 55, el maravilloso relato profético concerniente a aquel que iba a surgir como el “siervo” y el “brazo” del Señor, llega a su fin. En el capítulo 56, el profeta tuvo que volver al estado de las cosas entre el pueblo al que se había dirigido anteriormente.

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Isaías 59:1–60:5

Las gloriosas promesas contenidas en los versículos finales de Isaías 58, pueden haber sonado idealistas y visionarias, incluso en tiempos de Isaías; y más aún en nuestros días, cuando, a pesar de todos los esfuerzos, el problema de Israel y su tierra parece sin solución. ¿Qué ha retrasado –y todavía retrasa– la realización de tales promesas?

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