Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

Pedir en la tienda

Isaías 56:1–58:14

Al final de Isaías 55, el maravilloso relato profético concerniente a aquel que iba a surgir como el “siervo” y el “brazo” del Señor, llega a su fin. En el capítulo 56, el profeta tuvo que volver al estado de las cosas entre el pueblo al que se había dirigido anteriormente.

Habló en el nombre del Señor, y el hecho de que pidiera equidad y justicia revela que estas cosas excelentes no se practicaban en el pueblo. Su salvación y su justicia estaban cercanas (“para venir”), aunque no se revelaron plenamente hasta después de la venida de Cristo. Cuando abrimos la epístola a los Romanos, nos encontramos tanto con la salvación como con la justicia, en los versículos 16 y 17 del primer capítulo. Ambas se manifiestan plenamente en la muerte y resurrección de Cristo; mas, no como antagónicas la una de la otra sino en la más plena concordancia y armonía. Mientras esperaba esta manifestación, el hombre que vivía de acuerdo con la justicia sería profundamente bienaventurado. El sábado era el signo del pacto de Dios con Israel, por eso, esto debía observarse fielmente.

Además, las bendiciones –que provenían de la obediencia a los santos requisitos de Dios en su ley– no se limitaron a la simiente de Israel, sino que se extendieron al extranjero que buscaba al Señor. Este pasaje, los versículos 3 a 8, debe ser considerado con cuidado. La puerta estaba abierta a cualquiera –viniera de donde viniera– que, realmente, temiera al Señor, y lo buscara a él y a su pacto entre su pueblo. La reina de Saba, por ejemplo, vino a interrogar a Salomón, no por sus vastos conocimientos de historia natural, o su gran producción literaria (1 Reyes 4:29-34), sino “con relación al nombre de Jehová” (1 Reyes 10:1). Así también, el eunuco es especialmente mencionado en nuestro pasaje; y, en Hechos 8, tenemos la historia del eunuco etíope, que era de hecho uno de los “hijos de los extranjeros”, que buscaban seguir “a Jehová para asistirle, y para amar el nombre de Jehová” (v. 6). Lo que a aquellos prometido por el profeta, se le concedió a él pero en una más abundante medida; ya que a él no se le dio un lugar en “mi santo monte”, sino que ¡más bien! fue llamado “en la gracia de Cristo” (Gálatas 1:6, V. M.).

Incluso bajo la ley, el pensamiento divino era: “mi casa será llamada casa de oración, por todos los pueblos”. Esta es precisamente la escritura citada por el Señor en su última visita al templo, justo antes de sufrir. Pero tuvo que añadir, con dolor: “¡pero vosotros la hacéis una cueva de ladrones!” (Mateo 21:13). Tal era el terrible estado en el que habían caído los judíos. Y, cuando leemos este libro de Isaías, somos dolorosamente conscientes de que ellos iban hacia ese camino. Sin embargo, la bondadosa promesa del versículo 8 permanece. Dios todavía reunirá a un remanente de su pueblo, que están marginados entre los hombres y, cuando lo haga, reunirá a otros que hasta ahora han sido extraños. Hoy, Dios está especialmente concentrado en los extranjeros, visitando “a los gentiles, para tomar de ellos un pueblo para su nombre” (Hechos 15:14).

Habiendo pronunciado la promesa de Dios, el profeta se vuelve ahora, abruptamente, para denunciar el estado del pueblo; y especialmente aquellos que estaban en el lugar de atalayas y pastores. Los unos eran ciegos y mudos; los otros codiciosos de sus ganancias, y no del bienestar de las ovejas. Como resultado, las bestias del campo irrumpirán y devorarán. Esta es una advertencia sobre las naciones opresoras que estaban a punto de asaltarlos desde afuera; puesto que, los que debían advertir y defender estaban como borrachos, llenos de falso optimismo.

De allí las palabras que abren el capítulo 57. Había llegado el momento en el cual Dios quitaría de entre ellos a los justos y los misericordiosos, y, entonces, esto podría parecer que estaban bajo su juicio; mientras que el hecho era que, para ellos, era mejor ser quitados por la muerte que el vivir para compartir el juicio que caería. Un ejemplo sorprendente de esto se vio algo más tarde, cuando Josías, temeroso de Dios, fue llevado lejos para que sus ojos no vean los desastres inminentes. Entonces, se podría decir de él que “entra en la paz” (v. 2).

El mal estado de cosas que existía en el pueblo es expuesto de nuevo, comenzando con el versículo 3. Incluso en los días de Ezequías el estado de cosas era así. Leyendo el relato de su reinado, tanto en Reyes como en Crónicas, podríamos imaginar que la masa de la nación seguía a su rey en el temor del Señor. Pero, evidentemente, no fue así, y los males idolátricos siguieron caracterizando en gran medida al pueblo. Hasta el final del versículo 14, se denuncian estas prácticas idolátricas y la inmundicia moral que las acompañaba, y se anuncia claramente que (incluso aunque les sobrevenga un desastre desde afuera) ningún objeto de su veneración sería capaz de librarlos. Sus obras, y lo que consideraban su “justicia”, no les servirían de nada. Todo el espíritu que a ellos los animaba estaba equivocado.

El espíritu correcto es indicado en el versículo 15. Dios se presenta en una luz calculada para producir ese espíritu recto en los que a él se acercan. Él está alto y elevado en las profundidades del espacio, muy por encima de este pequeño mundo. Él habita en la eternidad, no restringido por los tiempos y las estaciones que nos confinan. Su nombre es “Santo”. ¿Somos conscientes de esto? Si es así, estaremos a la vez quebrantados, en cuanto al pasado, y humildes, en el presente. Y el corazón y el espíritu, de los humildes y quebrantados, es lo que Dios revive; para que puedan morar en su presencia, en el alto y santo lugar.

Estas cosas fueron prometidas, en los días pasados, a los que temían al Señor en Israel; y hoy son estas más abundantemente ciertas para nosotros, que no estamos bajo la ley sino llamados a la gracia de Cristo. La autosatisfacción y el orgullo son las últimas cosas que debieran caracterizarnos. Podemos regocijarnos de conocer a Dios como nuestro Padre, pero no olvidemos nunca que, nuestro Padre, es Dios.

Los versículos siguientes continúan hablando de los tratos gubernamentales de Dios con el pueblo. Tuvo que tratarlos con ira a causa de su pecado y rebelión, pero no contendería con ellos como nación para siempre. Llegaría el momento en el cual sanaría y bendeciría, y establecería la paz; tanto para los que estaban lejos como para los que estaban cerca. El término “lejos” podría referirse a los hijos de Israel que estarían dispersos, a diferencia de los que estarían en la tierra. Pero, lo que se dice es cierto, si entendemos aquello referido a los gentiles, que estaban “lejos”, en el sentido de Efesios 2:13. No obstante, en ambos casos, la paz tiene que ser “creada” por Dios, y no es algo producido por los hombres. Isaías 53 nos ha contado cómo es creada la paz.

La paz es solo para quienes están en correctas relaciones con Dios. No es para los impíos que, lejos de él, están inquietos como el mar. Los vientos mantienen el mar en perpetua agitación. Satanás, que es “el príncipe de la potestad del aire”, mantiene a los impíos en una condición semejante a la del mar, y todas sus acciones visibles son como “el barro y el cieno”.

Por tanto, no puede haber paz para los inicuos (v. 21). Esta solemne declaración cerró la primera sección de nueve capítulos. Sin embargo, parece haber un énfasis más profundo en su repetición, puesto que, en Isaías 53, ya hemos tenido ante nosotros el juicio del pecado en la muerte del Mesías: el Sustituto sin pecado.

El capítulo 58 de Isaías abre la tercera y última sección de nueve capítulos con un mandato que el propio profeta debía cumplir. Acusar en alta voz y enérgicamente a la casa de Jacob de sus transgresiones y pecados no era una tarea agradable; más bien sería recibida con resentimiento e ira. Sin embargo, lo mismo es hoy necesario en relación con el Evangelio. En la Epístola a los Romanos, el Evangelio no se expone antes de que la pecaminosidad de toda la humanidad quede clara y plenamente expuesta. En los Hechos de los Apóstoles vemos lo mismo en la práctica. En Hechos 7, Esteban hizo esto con gran poder, y pagó el castigo con su vida. Lo mismo, en su medida, marcó las predicaciones públicas de Pedro y Pablo; y cuando Pablo se enfrentó a Félix en privado, disertó “acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero”, de tal modo que Félix tembló. Nosotros nos aventuramos a pensar que este tono solemne ha faltado, con demasiada frecuencia en estos días, cuando el Evangelio es predicado.

Los versículos 2 y 3 revelan por qué tal testimonio de convicción era tan necesario, y, de igual manera, esto es necesario hoy. Los pecados del pueblo estaban siendo encubiertos con toda clase de deberes religiosos. Subían al templo, aparentemente buscando a Dios. Se deleitaban en los conocidos caminos de Dios, en observar sus ordenanzas, en ayunar y afligir sus almas. ¿No eran todas estas cosas externas suficientes y para ser elogiadas?

Sin embargo, no eran más que una máscara. Cuando ésta fue removida, ¿qué había debajo? Los versículos 3 y 5 nos muestran lo que había debajo. Su “ayuno” era en realidad un tiempo de placer. Había opresión, contiendas, debates, malos tratos a los demás; sin embargo, ellos inclinaban la cabeza en una falsa humildad, y extendieron cilicio y cenizas bajo ellos. Su ayuno era precisamente una cuestión de ceremonia religiosa externa, y en esto no había nada de esa abnegación interior que se suponía indicaba.

¿Es éste el ayuno que Dios había elegido? Esto es lo que se pregunta en el versículo 6. Y el versículo 7 procede a indicar cuál es el ayuno aceptable para Dios. Ante él lo que cuenta es lo moral más que lo ceremonial. Por medio de Oseas, Dios dijo: “Porque Yo deseo misericordia, y no sacrificio” (Oseas 6:6, K. J. V.); y el Señor citó esto dos veces (Mateo 9:13; Mateo 12:7). Así vemos expuesta aquí la hipocresía que plenamente se manifestó y alcanzó su clímax con los fariseos cuando nuestro Señor estaba en la tierra (y –como se ha observado a menudo– las denuncias más severas que salieron de los labios de nuestro Señor fueron contra los fariseos). A ninguno de los publicanos y prostitutas el Señor dirigió palabras como las que se encuentran en Mateo 23:1-33.

Este mal era claramente visible en los días de Isaías; pero habiéndolo expuesto, el profeta fue conducido a mostrar esto: si su reprimenda era aceptada y el pueblo se arrepentía, aún había bendiciones reservadas para ellos. Entonces, por supuesto, andarían en justicia, y como resultado habría para ellos luz, sanidad y gloria. La luz sería como el amanecer de un nuevo día. Su sanidad mejoraría rápidamente. Su justicia abriría el camino delante de ellos, y la gloria del Señor protegería su retaguardia. ¿Logrará alguna vez Israel este estado deseable como resultado de su observancia de la ley? La respuesta es: ¡No! El Nuevo Testamento deja esto muy claro.

¿Se alcanzará alguna vez este estado? La respuesta es, solo a través de su Mesías, a quien han rechazado. Cuando vino por primera vez, fue como “ la aurora desde lo alto ” (Lucas 1:78); era el amanecer de un nuevo día en el que la luz de Israel iba a brotar. Pero ellos no quisieron nada de él. Lo que aquí se anuncia se posterga, en consecuencia, hasta que él aparezca de nuevo en su gloria. Entonces serán un pueblo nacido de nuevo, con el Espíritu derramado sobre ellos como objetos de la misericordia divina. Entonces ¡y solo hasta entonces!, será la gloria del Señor una guardia para su retaguardia.

Pero en los días de Isaías todavía se trataba al pueblo como hombres en la carne, y en base a su responsabilidad bajo la ley; de ahí que la bendición propuesta está basada en su obediencia. De ahí que se encuentre ese fatal “si...” en el versículo 9. Cuando se dio la ley fue: “Si diereis oído a mi voz...” (Éxodo 19:5), y esto, nuevamente, está aquí (y así debe ser mientras prevalezca un régimen de ley). A lo largo de la historia nacional de Israel nunca se han quitado de él las cosas mencionadas en el versículo 9, ni sus almas se acercaron a las cosas mencionadas en el versículo 10. Por lo tanto, las cosas buenas de los versículos 11 y 12, nunca se han realizado por completo en ningún sentido, aunque se concedió un avivamiento limitado bajo el liderazgo de Zorobabel, Esdras y Nehemías.

El fatal “si...” se nos presenta de nuevo cuando vemos el versículo 13. Esta vez está relacionado con la debida observancia del sábado (o, día de reposo). Y debemos recordar, una vez más, que este séptimo día fue dado a Israel como la señal entre ellos y Dios, cuando la ley fue dada (como se afirma en Ezequiel 20:12). Por lo tanto, la observancia del sábado tenía un lugar muy especial en la economía de la ley. Por lo tanto, si el pueblo desviaba su pie de su debida observancia, y se limitaba a usar el día para su propio placer, esto era para lesionar el pacto del que este era el signo. Esto es precisamente lo que el pueblo hacía en los días de Isaías.

En Juan 5 leemos cómo el Señor Jesús curó al hombre impotente en un día sábado. Esto ofendió mucho a los judíos, y por ello trataron de matarlo. La respuesta del Señor fue: “Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro” (v. 17). El hecho era que el pacto de la ley, que exigía obras de obediencia por parte de Israel estaba irremediablemente roto, y el sábado, que era su señal, estaba siendo dejado de lado. Había llegado el momento en el que la obra del Hijo y del Padre se pusiera de manifiesto, como de hecho sucedió el primer día de la semana; cuando nuestro Señor resucitó de entre los muertos (lo que ahora conocemos como “el día del Señor”).

Sin embargo, podemos leer el último versículo de este capítulo, así como los versículos que lo preceden, como una exposición de lo que Dios eventualmente establecerá para Israel en el día milenial que está por venir. No como el resultado de sus obras, sino únicamente como el fruto de lo que su Mesías ya ha hecho; junto con el poder justo que se pondrá de manifiesto cuando él venga de nuevo en su gloria. Entonces, Israel será como “jardín bien regado” (v. 11), y “los antiguos lugares baldíos” serán edificados (v. 12). Entonces, Israel se deleitará en el Señor y, en consecuencia, lo hará “cabalgar sobre las alturas de la tierra”.

Están lejos de hacerlo en la actualidad, pero sin duda lo harán. ¿Y por qué? “Porque así lo ha dicho la boca de Jehová” (v. 14). Su palabra es estable. Lo que él dice siempre llega a suceder.