Isaías 36:1–40:8
Después del hermoso cuadro de la bienaventuranza en la tierra en el milenio, que se nos presenta en el capítulo 35; hay una pausa en la profecía. Los cuatro capítulos 36 a 39 nos dan detalles de la historia en el reinado de Ezequías, que también se relatan en los capítulos 18 a 20 de 2 Reyes, y de nuevo de manera más breve en 2 Crónicas 32.
Recordando que en las Escrituras no hay repeticiones innecesarias, podemos preguntarnos ¿por qué se insertan aquí estos capítulos? La respuesta, creemos, podemos dividirla en dos.
Primero, se registra la piedad personal de Ezequías; tan diferente del estado de la nación en general, como se describe en los capítulos anteriores (y particularmente en el capítulo 1). Y, luego, cómo Dios respondió a su fe en la destrucción de los asirios. En segundo lugar, aunque su fe y dependencia de Dios eran tan genuinas, y su oración de recuperación tan sorprendentemente contestada, estas mismas misericordias condujeron a su fracaso en el asunto de los enviados babilónicos que se registra. Esto indicaba que las sentencias más inmediatas, ya pronunciadas, no podían retrasarse.
Isaías 36 registra en detalle los argumentos con que el heraldo del rey de Asiria trató de persuadir al pueblo de Jerusalén para obtener una rendición inmediata (debemos recordar que unos ocho años antes Samaria había caído ante el poder asirio, y más tarde habían caído también las ciudades defendidas de Judá). Así que, humanamente hablando, la posición de Jerusalén era desesperada.
Las palabras de Rabsaces fueron muy engañosas. Conocía la debilidad de Egipto, en quien los judíos estaban dispuestos a confiar como muestra el versículo 6; y sobre quien el pueblo ya había sido advertido por Isaías. Sin embargo, confundió completamente la acción de Ezequías que derribó los lugares altos; pues esto, en vez de ser una ofensa contra el Señor, fue hecho en completa obediencia a él, y su palabra en Deuteronomio 12:1-6. Varios reyes anteriores, incluso los buenos, habían pasado por alto este mandamiento del Señor, pero Ezequías había sido obediente y fiel.
Además, Rabsaces falsamente afirmó que el Señor le había dicho al rey asirio que destruyera Jerusalén. Luego hizo un llamamiento a los ciudadanos que estaban a su alcance contra Ezequías; pues evidentemente tenía un astuto conocimiento de sus tendencias idólatras, tan diferentes de las de su rey. En efecto, muchos de ellos confiaban secretamente en dioses falsos, y no en el Señor. Por lo cual, el recordatorio del hecho de que los dioses de muchas otras ciudades habían fracasado, estaba calculando para tener influencia en sus mentes. Sin embargo, la orden de Ezequías a los hombres de guardar silencio prevaleció, y no le respondieron ni una palabra.
Eliaquim (de quien leemos en Isaías 22) con otros trajo noticias de todo esto a Ezequías. Su reacción a ello se encuentra en los primeros cinco versículos del capítulo 37: Dios era lo primero en sus pensamientos; pues cubierto de cilicio –indicando pena y humillación–, “entró en la casa de Jehová” (v. 1).
Luego, en segundo lugar, se dirigió al profeta Isaías –a través de quien Dios había estado hablando– confesando su propia bajeza y la de su pueblo. Habló de ellos como “el remanente que aún ha quedado” (v. 4). Así, reconoció la unidad de todo Israel. Ahora que las diez tribus habían sido deportadas, no cayó en la trampa de suponer que las dos, sobre las que él era rey, eran más que un “remanente” (o, “resto”), dejado por la misericordia de Dios. Gran parte de la iglesia profesante de hoy ha sido deportada –por el adversario– de su verdadero lugar y heredad; entonces, los que han escapado de esto, y permanecen fieles a su vocación original, nunca deben olvidar que no tienen otro estatus que el de ser un remanente del todo: no se reconstituyen como una entidad separada.
La respuesta de Isaías fue de seguridad. Dios trataría con Senaquerib; en primer lugar, haciéndole oír un informe sobre el rey de Etiopía; por último, con su muerte en su propia tierra; y, entre medio, con la destrucción de su jactancioso y aparentemente invencible ejército, del que leemos al final del capítulo.
Aunque, por el momento, no atacó Jerusalén, Senaquerib había enviado otro mensaje jactancioso a Ezequías (v. 10-13), y a continuación sigue la respuesta de Ezequías. En lugar de responder al hombre, se volvió a Dios, desplegando la carta ante él. En su oración, reconoció el poderío militar del rey asirio, pero pidió la liberación basándose en que el asirio “¡ha enviado a vituperar al Dios vivo!” (v. 17).
Esto provocó la respuesta inmediata de Dios a través de Isaías, aceptando el desafío asirio, que no solo era reprochable sino también blasfemo. Así, el asirio se convertiría en el hazmerreír de Jerusalén. Sus éxitos anteriores contra otras ciudades habían sido ordenados por Dios; ahora, volviéndose contra Dios, sería totalmente aplastado, y el remanente de Judá sería librado por el momento. La ciudad debía ser salvada por amor al Señor, así como por amor a David.
El capítulo concluye con un breve relato de la drástica derrota del ejército asirio (v. 36 y siguientes). No hay ningún registro de esto entre los restos desenterrados de las bibliotecas y monumentos asirios, ¡y no es de extrañar! Estos antiguos monarcas, no deseaban mantener sus derrotas y humillaciones en la memoria popular, así como los hombres de hoy. Senaquerib mismo tuvo un final ignominioso, como declara el último versículo de nuestro capítulo.
Entonces, “en aquellos días” (Isaías 38:1), justo cuando Ezequías había sido tan maravillosamente exaltado por esta liberación divinamente obrada, fue herido por una enfermedad que lo puso cara a cara con la muerte. A través de Isaías (que justo antes le había dado el mensaje de liberación para su ciudad y su pueblo) se le dijo que se preparara para su fin. A diferencia de Asa –uno de sus predecesores– que, cuando enfermó, “no buscó a Jehová, sino a los médicos”, él fue directamente al Señor, y con lágrimas suplicó por su vida. Fue escuchado y se le concedieron 15 años más.
Él pidió una señal de que se recuperaría (como nos dice el último versículo del capítulo), y se le dio una señal extraordinaria (v. 8). Que la sombra del reloj solar retrocediera diez grados era algo totalmente contrario a la naturaleza, pero, a su vez, era una señal consecuente con el hecho que Dios estaba a punto de realizar: revertir la enfermedad de Ezequías; y así, contrario a la naturaleza de su dolencia, terminaría viviendo y no muriendo. Una masa de higos no suele curar una llaga (úlcera) séptica virulenta, pero lo hizo en este caso como un acto de Dios.
Por supuesto, los incrédulos pueden rechazar esta historia del incidente del reloj solar, de igual modo que rechazan el incidente del largo día, registrado en Josué 10:13; cuando el curso aparente del sol fue detenido. Es digno de mención que en Josué el sol “no se apresuró a ponerse casi todo un día”. Los diez grados del tiempo de Ezequías pueden haber completado un día entero. Quien estableció el curso del sistema solar puede acelerarlo o retardarlo, si así le place.
El apóstol Pablo relata en Romanos 5:3-5 qué excelentes resultados produce la tribulación en los corazones y vidas de los santos, ya que conduce al resplandor del amor de Dios en el poder del Espíritu Santo. Encontramos una leve prefiguración de esto en el escrito de Ezequías después de haberse recuperado —escrito que fue preservado para nosotros en los versículos 10 a 20. Este comienza con notas de gran tristeza (ocupando cinco versículos), pero termina con cánticos que llenarían el resto de su vida. El cambio de tono comienza cuando reconoce que la aflicción estaba viniendo de la mano de Dios. Y además, descubrió (como muestra el versículo 16) que lo que amenazaba de muerte a su cuerpo trajo vida a su espíritu, que es más importante que el cuerpo.
El versículo 17 también está lleno de instrucción. Expresa lo que la gente inconversa a veces ha encontrado –así como los santos– cuando se encuentran profundamente probados, o cerca de la muerte. Ezequías no se preocupó entonces por “mi reino” o “mis riquezas”, sino por “mi alma” (v. 15-17). También se hizo consciente de “mis pecados” y de que había un “hoyo de corrupción” (v. 17) al cual sus pecados amenazaban con arrojar su alma. Esta debe haber sido una experiencia espiritual muy aguda para él; así como también lo es para nosotros.
Pero, por otra parte, hizo algunos descubrimientos muy gozosos. En primer lugar, descubrió que por parte de Dios había “amor hacia mi alma”, aunque no podía saberlo con la plenitud que solamente ha sido revelada en Cristo. Pero, además, descubrió que Dios se había ocupado de sus pecados, aunque no podía saberlo con la finalidad que nos ofrece el Evangelio. En su época había “remisión [esto es: haber pasado por alto] los pecados pasados” (Romanos 3:25); esto es, los pecados de los santos que vivieron antes de que la plena expiación sea realizada por Cristo en la cruz. Sin embargo, él sabía que Dios había echado todos sus pecados tras sus espaldas; y que Dios no se mueve en círculos, antes bien, en línea recta avanza a través de las edades eternas, y lo que echa a sus espaldas queda allí para siempre; y no como él le dijo a Efraín en Oseas 7:2: “Delante de mi vista están” (V. M.).
Por consiguiente, tuvo la feliz seguridad de que su alma había sido liberada de la fatalidad que le amenazaba. Nunca vería el hoyo de corrupción. ¡Qué maravillosa experiencia le trajo a Ezequías esta violenta enfermedad! Desde sus días, muchos santos han encontrado en un periodo de enfermedad –o de pérdida en otros aspectos– una ocasión de rica ganancia espiritual. En efecto, muchos pecadores han sido abatidos, para ser quebrantados en espíritu, y humillados para bendición eterna.
Pero, antes de abandonar este capítulo, hay otra reflexión aleccionadora. En 2 Reyes 21:1 se revela que su hijo Manasés (que le sucedió) solo tenía 12 años cuando empezó a reinar; es decir, nació después de que Ezequías sea restablecido, como resultado de aquellos 15 años de vida añadidos. Y este Manasés reinó durante 55 años, e hizo tal mal en –y con– la nación que hubo que infligirles la cautividad en Babilonia, como se muestra tan claramente en 2 Reyes 21:10-16. Aprendamos de esto que podemos suplicar fervientemente a Dios por algo que consideramos como un favor, incluso puede que él nos lo conceda; y, entonces, tengamos que descubrir, posteriormente, que el “favor” que demandamos conllevaba consecuencias que no eran en absoluto favorables.
Y esta reflexión se profundiza cuando leemos Isaías 39. Habiendo sido el asirio herido por Dios, la revivida ciudad de Babilonia comenzó a levantar su cabeza, aunque tuvo que pasar más de un siglo antes de que venga a ser la potencia predominante. Ezequías había sido engrandecido a los ojos de los pueblos vecinos por la milagrosa destrucción del ejército asirio, y también por su propia recuperación milagrosa; y de ahí el mensaje elogioso de Merodac-baladán, que le agradó mucho y le llevó a hacer alarde de su orgullo. Se nos dice claramente en 2 Crónicas 32:25-26 y 31 que las bondadosas liberaciones de Dios hicieron que el corazón de Ezequías se levantara en orgullo; y que Dios permitió la prueba de estos hombres de Babilonia “para probarlo”, y “para ver todo lo que había en su corazón” (V. M.). Los babilonios –lo supieran o no– le tendieron una trampa, y en ella cayó; exhibiendo, para su propia gloria, todo lo que Dios le había permitido adquirir. De ahí el solemne mensaje que Isaías tuvo que llevarle; del juicio venidero de Babilonia sobre sus hijos y su pueblo.
El último versículo de nuestro capítulo tampoco nos presenta a Ezequías en una muy favorable perspectiva. Evidentemente le importaba mucho más su propio éxito y comodidad personales que el bienestar de su posteridad, o de su nación. Había sido favorecido por Dios, pero pasa de nuestra vista demasiado envuelto en sus propias bendiciones, muy poco preocupado por los demás, sobre quienes el juicio iba a caer.
Así, estos cuatro capítulos históricos, aunque registran la intervención misericordiosa de Dios (tanto en favor de la nación como de manera personal a Ezequías), nos muestran con toda claridad que no había nada en el pueblo –ni siquiera en el mejor de sus reyes– que pudiera evitar el juicio inmediato sobre Jerusalén, que Isaías en los capítulos anteriores había predicho.
Por lo tanto, podríamos haber esperado que el capítulo 40 comenzara con una nota triste, llamando por miseria y lágrimas, en vez de consuelo. Pero no: “¡Consolad, consolad a mi pueblo! dice vuestro Dios”, y eso en vista del tema principal, que se desarrolla en los capítulos restantes. En la porción anterior, de Isaías 1 a 35, el tema principal ha sido el estado pecaminoso, tanto de Israel como de las naciones circundantes; y los juicios de Dios sobre todos ellos; aunque mitigados por referencias felices al reino y la gloria del Mesías, como en Isaías 9, 11, 28 y 32. Ahora, aunque la controversia de Dios con Israel todavía continúa –tanto en lo que respecta a su idolatría como a su rechazo– el advenimiento de su Mesías, tanto en sufrimiento como en gloria, es el tema principal.
El consuelo, entonces, se pronuncia y se ofrece ahora al pueblo de Dios y, en cuanto al contexto inmediato, esto se apoya en la declaración del versículo 2. No es que su iniquidad sea consentida o minimizada sino, más bien, que su castigo apropiado –o “doble”– ha sido ejecutado y, por lo tanto, ha sido perdonado, y el tiempo de “milicia” (V. M.) (o sufrimiento) ha terminado. El versículo no indica cómo ha recibido este “doble” de la mano del Señor.
La explicación de aquello se encuentra en los capítulos subsiguientes. En cuanto al gobierno de Dios, que opera en este mundo, lo reciben plenamente en forma de un duro castigo, como se indica en Isaías 57, 58 y 59. En cuanto al más serio asunto del eterno juicio de Dios sobre el pecado, ellos reciben esto en los sufrimientos como sustituto de su Mesías y Salvador, al que una vez ellos rechazaron. Esto lo vemos en Isaías 53, en donde los encontramos diciendo proféticamente: “El castigo de nuestra paz fue sobre él”, ya que “Jehová cargó en él la iniquidad de todos nosotros” (v. 5-6).
Entonces, el versículo 3 nos presenta lo que el evangelista Marcos ha declarado ser el “Principio del evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios” —que es la misión de Juan el Bautista. La profecía aquí es bastante inequívoca, ya que Juan mismo afirmó ser “la voz”, como lo registra Juan 1:23. Igualmente, inconfundible es la verdadera grandeza y gloria de Aquel a quien anunciaba, pues fue para “Jehová”, y para “nuestro Dios” para quien preparó el camino.
El lenguaje del versículo 4 es figurado, pero el significado es simple, y coincide con las palabras de la virgen María, registradas en Lucas 1:52. El bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento, y eso lleva a todos los hombres a un nivel común de humildad y juicio propio. Los fariseos vieron esto con suficiente claridad, y esta fue la razón por la que, envanecidos de orgullo, “desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan” (Lucas 7:30).
Pero aunque la alusión a Juan es tan clara, el versículo 5 nos lleva a lo que se cumplirá en la segunda venida de Cristo. La gloria del Señor se reveló ciertamente en su primera venida, y resultó ser la “gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14). Pero, en el mismo versículo, leemos: “Y contemplamos su gloria”; y el contexto de estas palabras muestra que la masa del pueblo no la contempló. Los discípulos fueron la excepción a la regla. No será sino hasta su segunda venida que “toda carne” le verá. Apocalipsis 1:7, declara el aviso de su segundo advenimiento.
Entonces, la profecía aquí, como es usual en el Antiguo Testamento, tiene en vista ambas venidas. La misma característica nos encontramos en Isaías 61:2. En efecto, cuando el Señor Jesús leyó esto en la sinagoga de Nazaret, se detuvo a la mitad del versículo; sabiendo que la última parte de este se refería a su segunda venida en poder, y no a su primera venida en gracia. Una sola estrella brilla en nuestro cielo nocturno; pero, cuando se ve a través de un telescopio, resultan ser dos. Así, descubrimos a la clara luz del Nuevo Testamento, esta anunciada venida de Dios en la persona del Mesías que se compone dos venidas.
Pero el efecto inmediato de la presencia del Señor, y la revelación de su gloria, ¿qué sería? La completa exposición de la pecaminosidad y fragilidad de la humanidad. No solamente la carne gentil –o la carne depravada– sino “toda carne”, que es como hierba seca y sin valor. El apóstol Pedro cita estas palabras al final del primer capítulo de su primera epístola; pero, en contraste con ellas, se detiene en “la Palabra de nuestro Dios que permanece para siempre” (Isaías 40:8). Y nos asegura que, por esa palabra viva y permanente de Dios, hemos “nacido de nuevo”. Así vemos, una vez más, cuánto más la gracia del Nuevo Testamento brilla por encima de la ley del Antiguo Testamento.
