Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 59:1–60:5

Las gloriosas promesas contenidas en los versículos finales de Isaías 58, pueden haber sonado idealistas y visionarias, incluso en tiempos de Isaías; y más aún en nuestros días, cuando, a pesar de todos los esfuerzos, el problema de Israel y su tierra parece sin solución. ¿Qué ha retrasado –y todavía retrasa– la realización de tales promesas? Los versículos iniciales de Isaías 59 dan la respuesta.

Los hombres incrédulos harían de la difícil situación de Israel un motivo de queja y reproche contra Dios; quien, o bien era indiferente, de modo que su oído nunca escuchó sus clamores, o bien era impotente e incapaz para liberarlos. La verdadera situación era que sus pecados habían abierto una brecha de separación entre ellos y Dios. Ellos estaban completamente apartados de él.

Esta es una cuestión que algunos de nosotros tendemos a pasar por alto. Al considerar el caos que ha causado el pecado, tendemos a pensar, principalmente, en la culpa de nuestros pecados y en el juicio en que incurrirán. Además, pensamos en el poder esclavizante que ejerce el pecado en nuestras vidas, aunque pensamos poco en la forma en la cual este nos ha separado de Dios. No obstante, ninguno de los efectos del pecado es más desastroso que éste: el apartamiento.  
Si alguien desea una prueba de esto, que lea Romanos 3:10-12. Toda la raza humana ha caído bajo el poder del pecado: no hay justo. Y ¡peor aún!, el pecado ha oscurecido el entendimiento; de modo que, por naturaleza, los hombres no se dan cuenta de la gravedad de su situación. Lo peor de todo es que el pecado ha socavado y alienado sus seres, para que ninguno busque a Dios. Siendo esto así, es Dios quien debe buscar al hombre para que este pueda ser bendecido; en otras palabras: Dios es quien debe tomar la iniciativa. Por lo tanto, recurrimos a la soberanía de Dios. En efecto, para que el pueblo reconozca su soberanía, Dios conducía al pueblo por medio de Isaías, como veremos antes de que lleguemos al final de este capítulo.

Pero antes de llegar a esto, Isaías ha de hablar nuevamente con el pueblo, de manera clara y más detallada sobre sus múltiples pecados. Este es siempre el camino de Dios. Él nunca pasa por alto el pecado, sino que lo deja expuesto ante los ojos de los hombres, para que se arrepientan. El predicador del Evangelio de hoy debe conocer este hecho. Cuanto más profunda sea la obra del arrepentimiento en el alma, entonces más sólida es la obra de conversión que le sigue.

Los versículos 3 a 8 dan un completo y terrible detalle de los pecados que los habían separado a ellos de su Dios; además, observamos que las acusaciones de los versículos 7 y 8 se citan en Romanos 3, apoyando las declaraciones radicales de la ruina total del hombre (a la cual ya nos hemos referido). Pero además, habiendo citado estos versículos y otros del Antiguo Testamento, el apóstol Pablo observa que estas cosas fueron dichas “a los que están bajo la ley”; esto es: las denuncias no son contra los gentiles sino contra los judíos, que eran los escogidos ejemplares de la raza humana. Si esto es verdad de ellos, es verdad de todos.

Si, en los versículos 3 a 8, el profeta habla en nombre de Dios denunciando los pecados del pueblo; en los versículos 9 a 15, se vuelve al pueblo, para hacer confesiones en su favor, como bien podrían hacerlas quienes –entre el pueblo– temían a Dios. Él se apropia las miserias que existían en cada mano: no había justicia, estaban en oscuridad (en tinieblas como si no tuvieran ojos), en desolación y de luto; todo tipo de opresión, falsedad e injusticia desenfrenadas. Cualquier cosa como la verdad fracasaba completamente. Un panorama más sombrío difícilmente pueda ser imaginado.

Y una característica más, de un tipo más grave, debía ser vista. Hubo algunos que, por pocos que fuesen, andaban en el temor de Dios y, por consiguiente, se apartaban de todos estos males y andaban separados de ellos. Estos venían a ser juzgados por la masa que continuaba en la maldad: “el que se aparte del mal a sí mismo se hace presa” (v. 15). Esto era una cosa muy impopular, puesto que desacreditaba y reconvenía a la masa que consentía aquellos pecados. Y lo mismo puede verse hoy, aunque el mandato de apartarse sea mucho más claro y definido: “Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19). Este apartarse no es más popular hoy que entonces, pero es un claro mandato del Señor para el santo de hoy.

Siendo este el estado de las cosas en el Israel de aquellos días (y más o menos así desde entonces), ¿qué hará Dios al respecto? La respuesta comienza en el versículo 16. Como indicamos un poco antes, Dios recurre a su soberanía en misericordia. Él indica que, aunque no hubo esperanza en hombre, su poderoso “brazo” actuaría y traería salvación. Así, tenemos nosotros aquí profetizado lo que el apóstol expone más ampliamente en los versículos finales de Romanos 11. Hoy, a través del Evangelio la salvación está siendo llevada a los gentiles en la misericordia de Dios; pero, cuando “la plenitud de los gentiles haya entrado” (11:24), Dios volverá a sus promesas para con Israel, y ellos serán salvos; aunque no como el fruto de la observancia de la ley: esto será ¡completamente! fruto de su soberana misericordia. La contemplación de esta maravillosa misericordia para con Israel así como para con nosotros movió al apóstol a la magnificente doxología con la que cerró este capítulo.
En los versículos finales de nuestro capítulo, el “brazo” del versículo 16 debe identificarse con el “Redentor"” del versículo 20, y a este versículo se hace referencia en Romanos 11:26. Las diferencias verbales que notamos entre los dos pasajes son instructivas. El Redentor es ahora designado como el Libertador, porque el brazo del Señor probará ser ambos. Cuando él vino como el humilde siervo de Dios, consumó la majestuosa obra de la redención. Cuando regrese a Sión en su gloria, llevará la liberación, hecha posible, en justicia, por la redención.

Entonces: según Isaías, él vendrá “a los que se vuelven de la transgresión en Jacob” (v. 20); mientras que, en Romanos, leemos que él “apartará de Jacob las iniquidades” (11:26). Esto es lo que él, de nuevo, hará con su poder libertador; mientras Isaías nos muestra más bien cómo hará esto. Él vendrá a los temerosos de Dios en Jacob, cuando juicio caiga sobre los hacedores de maldad.

Los versículos 17 y 18 de nuestro capítulo hablan del juicio que debe ejecutar el brazo del Señor.  “No hay hombre” que pueda actuar y ser intercesor, así como antes vimos que “no hay quien clame por la justicia” (v. 4). Ningún hombre tiene ningún mérito; ningún hombre está capacitado para actuar con el fin de rectificar las cosas. Este último hecho lo encontramos de nuevo en forma muy llamativa en Apocalipsis 5, donde “ningún hombre"” se encontró que sea digno de tomar el libro del juicio y romper sus sellos, sino el Cordero que había sido inmolado. Lo que se muestra tan claramente en el Apocalipsis se indica en nuestros versículos. El brazo del Señor se revestirá de justicia y salvación. La salvación alcanzará a su pueblo, pero su justicia traerá furor y retribución a sus adversarios, para que –de occidente a oriente– el nombre del Señor será temido y su gloria reconocida.

Pero, ¿cómo se encontrará, podríamos preguntarnos, el remanente temeroso de Dios en Jacob cuando llegue esta tremenda hora?”. Esto se nos responde en el versículo 19. El testimonio de la Escritura es claro: precisamente antes de que el Redentor venga a Sión el adversario vendrá “como río”. Esto sucederá en dos sentidos. De acuerdo al Salmo 2, los reyes de la tierra y los gobernantes se habrán puesto en contra de Dios y de su Ungido, y Jerusalén será el blanco de las naciones hostiles. Pero también tras haber sido arrojado Satanás a la tierra (como se relata en Apocalipsis 12), la maldad espiritual alcanzará su clímax. Pero precisamente entonces, cuando el enemigo venga como un río, el Espíritu de Dios actuará para levantar un “pendón” o “estandarte” contra él.

El significado de esto es claro. Otra escritura dice: “Pero has dado bandera a los que te temen, para que sea alzada a causa de la verdad” (Salmo 60:4). En el preciso momento en el que la acción del enemigo alcance la altura de la marea creciente, habrá de ser el contraataque del Espíritu de Dios. También se alzarán verdaderos siervos de Dios; los hombres que se “se vuelven de la transgresión”, y acogerán el poder liberador del brazo del Señor. Entonces –¡al fin!–, la impiedad de Jacob se apartará para siempre.

La permanencia de esta obra liberadora se afirma en el último versículo del capítulo, en el cual el Señor se dirige al profeta como representante de la nación. En aquel día poseerán dos cosas: “mi Espíritu “y “mis palabras”. Cuando los hijos del pobre y endeble Jacob sean dominados por el Espíritu del Señor, de modo que caminen en obediencia a las palabras del Señor, habrá llegado su plena bendición.

Y esto mismo, en principio, permanece firme para nosotros hoy, mientras esperamos la venida de nuestro Señor. Pues tenemos al Espíritu Santo no solo “sobre” nosotros, sino que realmente mora “en” nosotros; y no solo tenemos ciertas palabras puestas en boca del profeta, sino la palabra completa de Dios, la cual no solo nos trae la revelación plena de su propósito para nosotros, sino también de su mente y voluntad para nuestro camino terrenal. 
Podemos observar también que, a través del profeta Hageo, Dios animó al remanente que había regresado a Jerusalén bajo Zorobabel de una manera similar. En Hageo 2:5 tenemos, “las palabras que pacté con vosotros”, y “mi Espíritu permanece en medio de vosotros; ¡no temáis!”. Que hoy tengamos un ánimo semejante. No importa qué cosas desastrosas hayan atravesado la historia del cristianismo, el Espíritu de Dios y la palabra de Dios aún permanecen.

El capítulo 60 se inicia en tono de júbilo y triunfo. Habiendo llegado el Redentor a Sión, de acuerdo con este tono profético, y habiéndose establecido el pacto de Dios vinculado con su Espíritu y sus palabras, ¿qué otra cosa podemos esperar? Hay dos cosas que caracterizarán al pueblo de Israel: “se levantarán”, ya que han estado durmiendo en el polvo de la muerte espiritual entre las naciones; y, además, por fin “resplandecerá” como testimonio de Dios, y su luz será vista entre las naciones. Esta situación, hasta ahora, nunca ha existido. ¿Y por qué no? Porque la ley de Moisés (bajo la cual siempre han vivido) solo ha demostrado que no tienen luz en sí mismos. Ellos solo brillarán cuando la luz de Dios –concentrada como está en su Mesías que fue rechazado, brille a través de ellos.

En su primera venida, Jesús vino como el amanecer de un nuevo día, trayendo luz a los que yacían en tinieblas (como vemos en Lucas 1:78-79). Pero los judíos rechazaron la luz, y en lo concerniente a ellos la apagaron. En consecuencia, como vimos en Isaías 49, él fue dado, para “luz de los gentiles” (v. 6), a fin de ser “mi salvación hasta lo último de la tierra”. Su segunda venida será en “el día de tu poder”, cuando “tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente”, según el Salmo 110. Entonces, por fin, entrarán en el pleno resplandor de esa luz, y la reflejarán como la luna refleja la luz del sol.

Este pensamiento –el de la luz reflejada– está claramente en los versículos que abren Isaías 60. La tierra estará llena de tinieblas de un tipo muy denso en el momento en el que Cristo regrese. Esto lo indicó él mismo cuando dijo: “Sin embargo, cuando viniere el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?” (Lucas 18:8). Esto será extraño y poco evidente. Durante su ausencia no hay luz, salvo la que se vincula con la fe. Cuando él venga, la gloria del Señor será manifestada, y será vista sobre Israel; y de tal manera será reflejada en ellos, y sobre ellos, que los gentiles vendrán a la luz que brilla a través de ellos, y “los reyes al resplandor de tu nacimiento” (N. T. D.).

En principio, tenemos que decir que, otra vez, esto aplica para nosotros que somos de la Iglesia mientras esperamos por él. A los cristianos de origen judío se les dice que habían sido sacados de las tinieblas “a su luz maravillosa” (1 Pedro 2:9); y a los que fueron traídos de entre los gentiles se les dijo: “Antes erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor” (Efesios 5:8). A ellos se les añadió la palabra: “andad como hijos de luz”. Esto es: su luz debía brillar como un testimonio para todos alrededor. La luz espiritual debe resplandecer en los santos de hoy que forman la Iglesia, mientras esperamos el esplendor de la gloria de una manera en la que todos la puedan ver.

En un capítulo anterior hemos leído cuál era el propósito de Dios en cuanto al pueblo de Israel: “Este pueblo he formado para mí mismo; para que ellos cuenten mis alabanzas” (Isaías 43:21). En sentido estricto, esto nunca lo han hecho aún. Pero en este día venidero lo harán y, por lo tanto, se convertirán en un centro de atracción sobre la tierra. En primer lugar, la atracción será sentida por aquellos que son verdaderamente del Israel de Dios. Los que puedan ser llamados “tus hijos” vendrán a Sión desde lejos, y las que son “tus hijas serán llevadas en brazos” (v. 4). Esta será una reunificación del verdadero Israel en la tierra elegida por Dios, que eclipsará por completo la migración de judíos a Palestina que vemos todavía hoy en día. Dios estará detrás del movimiento, y la revelación de su gloria en el Siervo una vez rechazado; pero ahora el poderoso brazo libertador será la fuerza atrayente.
El efecto de la revelación de la gloria sobre el Israel redimido se muestra aún más en el versículo 5. Es cierto que no será esencialmente una cuestión de fe como lo es para nosotros hoy; porque el profeta dice: “entonces tú lo verás”. La cosa será manifiesta delante de todo ojo, y el resultado será triple. “Afluirán juntos”, de modo que la tendencia estará en la dirección de la unidad, y las viejas divisiones que han estropeado la nación desaparecerán. Entonces, ellos temerán, y experimentarán cuán cierto es que: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Proverbios 9:10). Como resultado de esto, “se ensanchará” [tu corazón].

Nos aventuramos a pensar que este ensanchamiento tendrá lugar no solo en las cosas materiales, sino también en la mente y en su corazón. Tendrá lugar de una manera material, como lo indica el resto del versículo 5, pero se afirma claramente que el ensanchamiento será del corazón. El versículo menciona “las riquezas del mar”, y esta figura se usa frecuentemente para indicar las masas de la humanidad. La afirmación no significa que Israel estará bien provisto de peces, sino más bien que, aunque los hombres malvados alejados de Dios son como el mar agitado que no puede descansar, en la era venidera, las naciones salvadas serán como un mar plácido, el cual cederá sus abundantes tesoros; y los convertirá más especialmente hacía Israel. Esto se enfatiza aún más por las palabras que cierran el versículo: “la riqueza de los Gentiles vendrán a ti” (K. J. V.).

Y toda esta bendición –tanto material como espiritual– se derramará sobre Israel cuando el brazo del Señor se revele en poder y gloria; y sobre los que “se vuelven de la transgresión en Jacob” (59:20), esto es, el verdadero Israel, que ha nacido de nuevo y que se mantiene en la presencia de su Redentor, en virtud de su obra. Esa obra él la realizó cuando fue despreciado y rechazado por sus antepasados y, siendo llevado como un cordero al matadero, fue herido por sus transgresiones y quebrantado por sus iniquidades.
Como cristianos, nosotros somos hoy bendecidos con “toda bendición espiritual”; y esto, “en los lugares celestiales en Cristo”. Cuando Israel sea bendecido de esta manera en la tierra, nosotros estaremos en la plenitud de la bendición en el cielo.