Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 40:9–45:14

A pesar de que la revelación de la gloria del Señor -como ninguna otra cosa– saca a la luz la pecaminosidad y fragilidad del hombre, también trae “buenas nuevas”; y esto es lo que proporciona el consuelo para “mí pueblo” (v. 9). Sión y Jerusalén son representadas levantando la voz, y diciendo a las ciudades de Judá “¡He ahí a vuestro Dios!” (V. M.).

Cerca de la hora sexta del día de la crucifixión, Pilato sacó a Jesús y dijo a la multitud de Jerusalén: “¡He aquí a vuestro rey!” (Juan 19:14). Esto provocó el grito violento: “¡Quítale! ¡Quítale! crucifícale!”. En nuestra Escritura, el profeta ve a la misma maravillosa Persona, pero viniendo en el esplendor de la deidad con “mano fuerte”. Estas serán ciertamente buenas nuevas, después de la dolorosa demostración del pecado y de absoluta debilidad de parte de los hombres.

Es el Señor Dios quién viene con poder; pero es “su Brazo” quién gobernará por él. A medida que avancemos en estos últimos capítulos de Isaías, encontraremos al Señor Jesús presentado como “el Brazo de Jehová” unas diez o doce veces. Con este carácter él es visto como el único que ejecuta con poder toda la voluntad y el propósito de Dios. También se le presenta como el “Siervo”, quien ha de llevar a cabo la obra todavía más maravillosa de cargar el pecado y sufrir. En los pasajes que hablan de él como el Siervo, vemos profecías que lo muestran en su primera venida en gracia; en aquellos que lo presentan como el Brazo, nuestros pensamientos son trasladados a su segunda venida en gloria.

Esto sucede así en el versículo 10. El Brazo va a gobernar para Dios, en vez de sufrir por él. Dispensará recompensa y galardón a otros en el día de su gloria; y, al mismo tiempo, será un tierno pastor para los que son su rebaño; todavía reuniendo a los corderos en su seno. En otras palabras, mientras gobierne con poder en su segunda venida, mostrará a los suyos toda la gracia que resplandeció en él en su primera venida. Hoy, cuando miramos a la tierra, podemos ver cuán urgentemente se necesita el poder gobernante de una mano fuerte; y los hombres desean agarrar ese poder para gobernar conforme a sus propios intereses. El brazo de Dios gobernará “por él”; y ¡qué día será aquel en el que se hará la voluntad de Dios “en la tierra como en el cielo”!

Los versículos que siguen nos presentan la grandeza y la gloria del Dios Creador en el lenguaje más elevado. Tan grande es él que los poderosos océanos yacen en el hueco de su mano, como unas pocas gotas de agua; la extensión de los cielos, ilimitada para nosotros, no es más que el palmo de su mano; el polvo de la tierra, del mismo modo que las montañas y las colinas, no son más que pequeñas cosas puestas en su balanza. En cuanto a la comprensión, el Espíritu del Señor está muy por encima de considerar un consejo del hombre.

Nosotros vivimos en una época en la cual las naciones se levantan e imponen; incluso se arman hasta el colmo para hacer valer su voluntad. Y, ¿qué son éstas en la presencia de Dios? Ellas son como una pequeña gota que puede colgar en la yema de un dedo, cuando se saca de un lebrillo de agua; o como el pequeño polvillo que queda en una balanza cuando se ha quitado una sustancia que fue pesada sobre ella —tan insignificante que nadie le presta atención. Las naciones, que nos parecen tan imponentes y amenazadoras, son estimadas por él como “menos que nada, y que lo que no es” (v. 15). Es bueno, para nosotros, medir con los estándares de Dios, y no con los nuestros.

Dios, entonces, es grande –más allá de todos nuestros pensamientos–, como indica el versículo 18; y, en presencia de su gloria, qué necios y despreciables, como dicen los versículos 19 y 20, son los fabricantes de imágenes talladas que no tienen, siquiera, el poder de moverse. Y, además, ¡cuán débiles e insignificantes son los hombres!, que parecen saltamontes; y sus príncipes y jueces, nada y vanidad, como hojarasca ante el torbellino. Acaso también podemos levantar los ojos, y contemplar la poderosa creación fuera de nuestra pequeña tierra; todas las cosas numeradas y nombradas por él, y sostenidas también por él, de modo tal que ni una falle. Aquel que las creó no tiene igual, y no puede compararse a ningún otro. Hacemos bien en reflexionar sobre este magnífico pasaje, porque este Dios de inefable poder y majestad se nos ha dado a conocer en Cristo como nuestro Padre.

Los versículos que cierran el capítulo, aunque no lo revelan como Padre, nos hacen conocer su cuidado y apoyo para quienes confían en él. Donde todo poder humano falla, él da fuerza a los que expresan su confianza esperando en él. Mientras esperan, sus fuerzas se renuevan, y se les conceden como lo necesitan. Algunos pueden necesitar la fuerza que eleva; otros la fuerza que lleva a cabo los mandatos señalados por Dios; y otros lo que de nuevo les permita caminar firme y continuamente por la vida para complacencia de Dios. Al esperar en Dios, cada uno recibirá la fortaleza necesaria. La grandeza de nuestro Dios, así como su bondad, es la garantía de esto.

En vista de esta revelación de la gloria de Dios, se hace una llamada a toda la humanidad al inicio del capítulo 41. Dios razonará con los pueblos de acuerdo a Sus caminos gubernamentales en la tierra. El versículo 2 menciona a un rey que vendrá del oriente de Palestina; quien sería un conquistador gobernando sobre reyes. Parece que esta es una profecía que remite a la época en la que escribió Isaías, y ha sido cumplida en Ciro, quien es nombrado en el versículo que abre el capítulo 45. Dios levanta a quien le place para llevar a cabo sus designios en la tierra. En contraste con esto, los hombres en su locura y ceguera fabrican sus ídolos, como se afirma en los versículos 6 y 7. Esta controversia con Israel, por su persistente vuelta a los ídolos, continúa hasta que llegamos al final del capítulo 48.

En los versículos 8 y 9 de nuestro capítulo, se le recuerda a Israel que –como simiente de Abraham, a quien se honra como “Mi amigo”– ellos son un pueblo elegido, y llamado a ser siervo de Dios. ¡Cuán necio es volverse, entonces, este estar volviéndose a los ídolos! Sin embargo, en los versículos siguientes encontramos las palabras más tranquilizadoras de aliento y apoyo que (si solo hubiesen sido recibidas en fe) los habría puesto muy por encima de cualquier dependencia de las cosas idólatras. Ellos serían defendidos y sus enemigos confundidos. El Santo de Israel sería su Redentor, y los haría semejante a una herramienta de trilla para para dispersar a sus enemigos. Además, él sería como una fuente de agua para ellos, satisfaciendo todas sus necesidades.

A la luz de esto surge el desafío a los ídolos y a los que los siguen. Que defiendan la causa de estos; anuncien el futuro y declaren “lo que ha de suceder” (v. 22, V. M.). Esto no lo pudieron hacer; entonces tanto ellos como sus seguidores vinieron a ser una abominación. Una referencia más acerca del conquistador que viene del noreste se halla en los versículos 25 y 26, y el capítulo cierra con palabras de desprecio para los hombres que apoyaban a los ídolos, y los consejos que daban.

Esto pone de relieve la apertura de Isaías 42, donde la profecía se aparta de Israel (como siervo fallido de Dios), para presentar al Señor Jesús como el verdadero Siervo de Dios. Nuestra atención debe fijarse en Él, porque él es el Escogido en quien reposa la complacencia de Dios. Él es quien traerá juicio para las naciones, y no solo para Israel. Aquí, otra vez, encontramos una profecía que se cumplió en parte en su primera venida, pero aguarda su segunda venida para el pleno cumplimiento de otros detalles.

La profecía se cita en Mateo 12:14-21, como muestra del abajamiento y mansedumbre de su venida en gracia. Los fariseos eran ciertamente tan poco confiables y sin valor como una caña cascada, y tan desagradables como el pábilo que humea; sin embargo, él ni los quebró ni los apagó (no era un agitador que enardecía a la multitud). Los poderes que estaban en su contra estaban establecidos para hacer que cualquier siervo de Dios se desanimara y fracasara. Sin embargo, él continuó su servicio hasta el final. Él trajo justicia conforme a la verdad por medio de su muerte expiatoria y su resurrección; aunque debemos esperar a la segunda venida para ver el establecimiento público del juicio en la tierra. Entonces, la isla más distante esperará su ley.

Habiendo llamado nuestra atención sobre este verdadero siervo, tenemos en los versículos 5 a 9, palabras proféticamente dirigidas a él. En el versículo 5 se destacan los actos de Dios en la creación. No solo los cielos y la tierra son obra de sus manos, sino también la humanidad. Él nos ha dado no solo el aliento de nuestros cuerpos, sino también el espíritu; que es la característica distintiva del hombre, en su contraste con las bestias. Ahora, este poderoso Creador ha llamado a su verdadero siervo en justicia, y lo ha establecido como un pacto para el pueblo y por luz de las naciones. En el versículo 9 se presenta a Dios declarando cosas nuevas; entonces, nosotros podemos discernir aquí el anuncio del nuevo pacto, aunque no está con la completitud que se encuentra en Jeremías 31.

Podemos notar que Ezequiel 36 anuncia el nuevo nacimiento, que es necesario para que los ojos ciegos sean abiertos, como en el versículo 7 de nuestro capítulo: para “ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Mientras que en Jeremías se anuncia el nuevo pacto, bajo el cual se establecerá el reino; en Isaías tenemos predichas muchas de las cosas nuevas, que marcarán el reino cuando, finalmente se establezca bajo el gobierno de Cristo.

Estas cosas nuevas moverán, a quienes participen de ellas, a cantar “a Jehová un cántico nuevo”. El pensamiento de cómo se manifestará la gloria del Señor, y se cantará su alabanza, cubre los versículos 10 a 12. Pero los versículos siguientes muestran que lo que traerá bendición a su pueblo significará juicio y destrucción para sus enemigos. Mientras el llamado vendrá a muchos que una vez fueron sordos y ciegos, para que oigan y vean, la locura y el juicio de aquellos que se volvieron a los ídolos serán revelados.

El capítulo cierra con un llamamiento a los contemporáneos de Isaías, en vista de estas cosas. Israel había sido llamado como siervo de Dios y debería haber sido un mensajero para las naciones en su nombre; sin embargo, habían sido ciegos en todas las cosas esenciales. En cuanto al privilegio, eran “escogidos”; pero, en cuanto a su estado moral, eran ciegos. Aun así, como indica el versículo 21, Dios no ha sido derrotado por ello: su justicia será establecida, y su ley magnificada y honrada —sin duda en relación con su verdadero Siervo. Mas, al presente, todo fue un fracaso por parte de Israel y, consecuentemente, ellos fueron despojados y robados, y la ley deshonrada, a causa de su desobediencia.

Por tanto, podríamos haber esperado que el capítulo 43 contuviera más advertencias y juicios; pero, antes bien, comienza con una nota de gracia. El apóstol Pedro escribió a los creyentes judíos dispersos de su tiempo de qué modo “buscaron e inquirieron diligentemente los profetas, que profetizaron de la gracia que estaba reservada para vosotros”; la “gracia” que significa “salvación” (1 Pedro 1:10) –y he aquí un ejemplo de esto. En la presencia de su maldad, Dios recurre a su propósito original y a su obra redentora. Redención por poder era lo que el pueblo esperaba, y fue el tema principal aquí, como muestran los versículos siguientes. Pero, en seguida, se nos presentará la obra más profunda del Siervo sufriente: redención por sangre. 

Todo el capítulo se caracteriza por dos cosas. Primero, por la declaración de lo que Dios hará en su soberana misericordia por su pobre pueblo, ciego y sordo; el cual fue establecido para ser su testigo ante las otras naciones. Él derribará a sus enemigos, ya sean Babilonia y los caldeos (u otros pueblos), y tratará con sus pecados, como se indica en el versículo 25. Cómo él hará esto en justicia no se revela en este capítulo. No obstante, el resultado será que este pueblo al cual él había creado para sí mismo, finalmente, exhibirá su alabanza, como se declara en el versículo 21.

Pero, en segundo lugar, aunque toda esta gracia se promete tan impresionantemente, el estado actual del pueblo en rebelión y pecado no son pasados por alto. Ellos serán –otra vez– enfrentados a su estado caído. Existe la promesa de una reunificación de su simiente –desde el oriente y el occidente, desde el norte y el sur– pero, por el momento, se han apartado del Señor, como dice el versículo 22. Ellos no le honraban con ofrendas y sacrificios, sino que lo agotaban con sus iniquidades. Como su primer padre había pecado, Adán, así ellos habían seguido sus pasos. Por causa de esto, cayeron sobre la maldición y el oprobio impuestos por la mano de Dios. 

Pero, de nuevo, el capítulo 44 comienza con una palabra de misericordia. A pesar de su corrupción, Jacob era siervo de Dios, escogido por él, y Dios siempre es leal a su propósito y capaz de llevarlo a cabo. Esta realidad debería dar consuelo y fuerza a todo creyente de hoy. La historia de la Iglesia –como la de Israel– es una historia de fracasos y desviaciones del llamado y del camino divino; sin embargo, el propósito de Dios para nosotros no será menos seguro que su propósito para Israel. El fracaso y el pecado no es excusado, sin embargo, en la presencia de ellos, la soberana gracia de Dios es magnificada.

Los primeros ocho versículos de este capítulo respiran esa gracia en términos indubitables. Se declara la soberanía de Dios, porque él es “el primero y el último”, y fuera de él no hay “Dios” o “Roca” (v. 8, V. M.). Por consiguiente, aunque él castigará en su santo gobierno, finalmente bendecirá conforme a su propósito original.

Pero en el tiempo en el que Isaías escribió, había entre el pueblo esta tendencia persistente a volverse hacia sus ídolos y falsos dioses. De ahí que, una vez más, en los versículos 9 a 20 de nuestro capítulo, Dios razone con el pueblo acerca de su necedad en esta cuestión. El trabajo del herrero y del carpintero son descritos como un resultado de quien construye una imagen, “según la hermosura de un ser humano” (v. 13), la cual puede guardarse en la casa. A continuación, nuestros pensamientos son llevados al trabajo de plantación de árboles, o de su talado; y luego, a la absurdidad de utilizar alguna madera para calentarse, o para hornear pan y asar carne; para, finalmente, con el resto fabricar un “dios”, ¡ante el cual uno cae y pide por liberación! (v. 19).

La locura y el absurdo de estas acciones deberían haber sido evidentes para todo el pueblo, pero no fue así. ¿Cómo fue que sus ojos se cerraron, y sus entendimientos se oscurecieron? El problema yacía en sus corazones que fueron engañados. De ahí que ellos fueran incapaces de considerar y discernir la mentira en su “mano derecha” (v. 20-21). Y la posición de hoy es exactamente igual. ¿Por qué son tantos los que practican los cultos religiosos equivocados que abundan? El problema no radica tanto en sus entendimientos como en sus corazones. Esto es cierto para ellos como para el Israel de antaño que, “un corazón engañado le extravía”.

Habiendo razonado así con el pueblo, una vez más, el profeta anuncia la intervención misericordiosa de Dios; tanto en su manifestación final, que todavía es futura, como en su manifestación más inmediata: el levantamiento de un monarca oriental que les sería favorable. En cuanto al futuro, ellos todavía serían siervos de Dios, sus transgresiones y pecados serían perdonados. Esto sería obtenido sobre el fundamento de la redención, de modo que tanto los cielos como la tierra prorrumpan en cánticos, y el Señor mismo sea glorificado (v. 22-23).

Luego, en los versículos finales, se anuncia una liberación que llegaría a ellos unos dos siglos más tarde; incluso Ciro es nombrado mucho antes que él naciera. La afirmación de que Jerusalén y el templo serían reconstruidos indicaba claramente que serían destruidos; y esto confundiría las señales de los adivinos mentirosos, los que siempre profetizaban ausencia de problemas y cosas prósperas, como muestran otras escrituras. El juicio caería, pero misericordia se mostraría a su debido tiempo, y el nombre a través del cual llegaría esto es nombrado.

En los versículos que abren el capítulo 45, el profeta habla a Ciro en nombre de Dios, aunque todavía aquel no existía. Mas debía ser levantado como ungido para este servicio particular, y su mano sería sostenida por Dios hasta que esto se cumpliera. Los detalles dados en los versículos 1 a 3 se cumplieron asombrosamente, como lo encontramos registrado en el libro de Daniel; aunque Darío, el Medo, es el conquistador mencionado allí. Era el comandante del ejército medo-persa; sin embargo, el creciente poderío de Ciro el Persa venía detrás de él. Al leer estos versículos, vemos a Belsasar, y “sus lomos se le desencajaban, y sus rodillas se batían la una contra la otra” (Daniel 5:6). Vemos las grandes puertas de Babilonia abiertas y rotas; y luego, como resultado de la caída de la gran ciudad, “los tesoros de las tinieblas, y las escondidas riquezas de lugares secretos” (Isaías 45:3, V. M.) están en manos de Ciro. Nosotros vemos aquí una alusión a los utensilios de la casa del Señor que Nabucodonosor había llevado a Babilonia, siendo restaurados como se registra en Esdras 1:7-11.

He aquí, entonces, una extraordinaria profecía que se cumplió literalmente a los doscientos años de haber sido pronunciada. Dios lo llamó por su nombre, y lo apellidó, mas Ciro no lo había conocido. Sin embargo, las palabras del decreto de Ciro, registradas en 2 Crónicas 36:23 (y de nuevo en Esdras 1:2), harían probable que, de alguna manera, la profecía de Isaías llegara a su conocimiento.

Con la idolatría de Israel todavía en mente, Jehová declara en los versículos siguientes su insuperable grandeza. Todas las cosas están en sus manos. Él crea la luz y las tinieblas, la paz y la “calamidad” (v. 7, V. M), en el sentido de desastre. El hombre no es más que una vasija de barro, ¡un pedazo roto de una vasija! Que reconozca el hombre su propia pequeñez. Que luche con otra vasija como él si quiere, ¡pero que no contienda con el Creador! (v. 9). No conviene que un hombre se pelee con su padre o madre, y mucho menos con su Hacedor. Los versículos 5, 13 y 14 vuelven a referirse a Ciro, y a la forma en la que Dios lo levantaría. Esto será “en justicia”, porque él llevaría a efecto la voluntad de Dios (v. 13); y hacer la voluntad de Dios es justicia.  

El levantamiento de Ciro, y el otorgamiento a este de tan amplio dominio fue un acto sorprendente, en vista del antecedente poder y magnificencia de Babilonia. No debe sorprendernos que se afirme que esta sea una muestra del insuperable poder de Dios, en presencia de los ídolos que no son nada.