Introducción
Los libros históricos del Antiguo Testamento se ocupan de los caminos de Dios para con Israel desde su entrada a Canaán. La conducta de este pueblo y la vida de los hombres de Dios proveen en ellos, en cada página, la ocasión de aprender grandes lecciones morales. Finalmente, uno encuentra allí, en diversas figuras, la Persona, la obra y las glorias del Señor Jesús.
Se encuentran, naturalmente, estos tres temas importantes en los dos libros de Samuel. El primero de estos libros comienza, como lo hemos visto (Véase “Meditaciones sobre el primer libro de Samuel”, por H. Rossier), por la ruina del sacerdocio, el cual hubiera tenido que poner a Israel en contacto directo con Dios. Pero el juicio caído sobre los hijos de Elí, el arca tomada, la ruptura de las relaciones con su pueblo, no impiden a Jehová levantarse un profeta, Samuel, encargado de conservar las relaciones misericordiosas con Israel. Dios declara entonces que establecerá nuevas relaciones entre su pueblo y El por medio de un rey, su ungido ante el cual andará para siempre un sacerdote fiel.
En vez de esperar con paciencia al ungido de Jehová, el pueblo rebelde pide un rey como todas las naciones. Dios se le otorga en su ira, pero con una mezcla de misericordia. Saúl desobedece y es rechazado. Entonces Jehová suscita a David, el rey según su corazón. Saúl reprobado persigue al verdadero rey. Todo el resto del libro está lleno de los sufrimientos de David. El hijo de Isaí reúne a su alrededor, en un débil residuo, a los fieles testigos de sus aflicciones que serán los compañeros de su reinado cuando haya recibido la corona.
El período contado en el primer libro de Samuel prefigura los sufrimientos del Mesías en medio de Israel. Termina por la victoria de David sobre Amalec, tipo de Satanás en las Escrituras (Éxodo 17:8-16). El rey según Dios hiere al enemigo cuya vida Saúl había perdonado, mientras el rey según la carne, antiguamente vencedor de los filisteos, sucumbe bajo los golpes de estos, y todos los primeros éxitos de su carrera se reducen a la nada.
El principio del segundo libro de Samuel nos muestra a David, vencedor de Amalec, y el reconocimiento gradual de su realeza por Judá y luego por todo Israel. Este dominio no es realmente completo hasta que sea colocado en Jerusalén el trono glorioso de Salomón. Encontramos, pues, en este libro, el establecimiento en poder de David, rey de gracia, imagen sorprendente de lo que será el Mesías al principio de su reinado.
El primer libro de los Reyes comienza con Salomón, rey de justicia y de paz, cuyo dominio glorioso sobre el mundo entero es el tipo magnífico del reinado milenario de Cristo.
Notemos sin embargo que, en nuestro libro, David no solo es imagen del Mesías, sino que también es el rey responsable al cual Dios ha confiado el gobierno de su pueblo. Bajo este aspecto fracasó su realeza, como cualquier otra relación divinamente instituida. Por esta razón encontramos en este libro la caída de David, sus terribles consecuencias, la disciplina ejercida para con él, su restauración, su confesión y, completamente al final, cuando el pecado ha dado ocasión al sacrificio, a este deteniendo la ira de Dios y estableciendo, en el altar de Moriah, un lugar de encuentro entre Jehová y su pueblo.
Todas las experiencias de David, hombre sujeto a fracasos, están llenas de enseñanzas solemnes para nuestras almas. Son también como el modelo anticipado de las experiencias del residuo de Judá, echado de Jerusalén y luego restaurado, experiencias a las cuales los Salmos dan una expresión profética.
