Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 15:1–23:18

Es evidente que, cuando Dios juzga, comienza por el círculo más íntimo. Así fue en los días de Jerusalén, como vemos en Ezequiel 9:6, y el mismo principio es válido para los tiempos del Nuevo Testamento, como se afirma en 1 Pedro 4:17. En Isaías hemos visto las profecías de juicio pronunciadas primero contra Israel; aunque acompañadas con las promesas de restauración y de gloria en su Mesías. Después de esto sigue el juicio de las naciones que rodean a Israel.

También hemos visto a Babilonia encabezar la lista, a la cual se le impone proféticamente un juicio sin ninguna promesa de restauración. Ahora en Isaías, capítulos 15 y 16 aparece Moab, un pueblo que, en sus orígenes, mantenía una relación distante con Israel. Contra ellos también se pronuncia el juicio, pero con un tono de conmiseración (véase 15:5); lo cual está totalmente ausente en el caso de Babilonia. Los moabitas eran un pueblo pastoril que habitaban en las tierras altas al este del Mar Muerto, y estaban fuertemente fortificados. En el versículo 1 con el que inicia el capítulo 15, se indica que Ar es su ciudad, y Kir su fortaleza. Todo debe ser destruido.

La profecía se refiere al juicio que caería rápidamente sobre Moab en vista de su arrogancia y altivez, como muestra el último versículo de Isaías 16 (v. 14). El versículo inicial de ese capítulo también se refiere al tributo que Moab solía pagar, como vemos en 2 Reyes 3:4. Sin embargo, la profecía también se refiere en parte a los últimos días. El versículo 5 anuncia que un Rey “[se sentará]... en el tabernáculo de David”; su trono será establecido; y estará “presuroso para hacer justicia” (V. M.). Antes de que llegue ese momento, Dios tendrá un pueblo al que llamará suyo, aunque sean “desterrados” en la tierra, y Moab hará bien en darles refugio. En Daniel 11:41 queda claro que Moab existirá en los últimos días (como vimos también con nuestro profeta, al considerar Isaías 11:14).

En tiempos de Isaías, Damasco había sido aliada de las diez tribus del norte. Su “profecía” (o “carga”, V. M.) está en los primeros tres versículos del capítulo 17. Sin embargo, el texto profético pasa rápidamente de Damasco a los hijos de Israel. El desastre iba a caer sobre ambos, pues ambos se habían unido en alianza contra Judá. Se usa la figura de la cosecha, ya sea de trigo o de olivos, que los dejaría pobres y flacos, pero quedaría un remanente, como rebuscos, dos o tres aceitunas en un olivo (v. 6). Ese remanente volvería sus ojos al “Santo de Israel”, y se alejaría de las cosas idólatras que antes lo retenían.

Todo esto se cumplió en los días inmediatamente siguientes, pero tendrá un cumplimiento más amplio en los últimos días por venir. La profecía sobre las “plantas hermosas” o “plantíos” (V. M.) y el “sarmiento extraño” (v. 10) se menciona a menudo en relación con las recientes acciones de los inmigrantes judíos en Palestina. De hecho, se ocuparon de las plantaciones en sus colonias agrícolas, e importaron grandes cantidades de brotes de vid de otras tierras para restablecer los viñedos.

Pero observe en el versículo 11. Este anuncia que, aunque esta obra tendrá un comienzo prometedor, sufrirá un golpe demoledor. ¿Cómo? Por un levantamiento grande y antagónico entre las naciones, del cual se habla en el resto del capítulo. Aquí, sin duda, tenemos una visión breve, pero completa, de las revueltas finales entre las naciones; cuando Dios haga de Jerusalén “copa que hará temblar” y una “piedra pesada” para todos los pueblos de alrededor; y reúna a “todos los pueblos en el sitio contra Jerusalén” (Zacarías 12:2-3 y 14:2). Jerusalén y los judíos serán, en efecto, duramente castigados. Pero aquellas mismas naciones orgullosas se encontrarán, finalmente, con la furia de Dios y serán dispersadas delante de él; como el tamo o el abrojo es arrastrado por un torbellino. Al contemplar los acontecimientos actuales en Palestina, no olvidemos esta solemne profecía.

El capítulo 18 de Isaías comienza con una llamada a una tierra lejana, la cual servirá al propósito de Dios en los últimos días, ayudando a reunir de nuevo a Israel. Los versículos 4 a 6, parecen ser un paréntesis; de modo que el versículo 7 estaría conectado con el versículo 3. Tanto los versículos 2 y 7 hablan de un pueblo “disperso y pelado (devastado)” [“pueblo tirado y despojado”, V. M.] que sin duda alguna son los que nosotros en este momento conocemos como judíos israelitas. Nuestro capítulo indica que cuando, en los últimos días, Dios dé la señal para su reunificación, habrá un pueblo lejano que, con sus barcos, hará lo que pueda para ayudarlos. Pero los versículos entre paréntesis muestran que, aunque Dios anula esto, no actúa directamente en ello. Él se retira –por así decirlo– diciendo: “Estaré quieto” (v. 4, V. M.), observando lo que está pasando; pero, en última instancia, trayendo castigo, como vimos en el capítulo anterior.

Y sin embargo, a pesar de todo esto, el pueblo de “disperso y pelado (devastado)” será recuperado y traído como un presente para el Señor. El versículo 7 no nos dice cómo se logrará esto después del fracaso del intento anterior; sin embargo, cuando leemos Mateo 24:31, encontramos al Señor arrojando luz sobre este asunto. Las personas que serán traídas como un presente para el Señor, serán “sus escogidos”, y no precisamente un surtido de patriotas y fugitivos, como vemos en la actualidad. Y serán llevados “al lugar del nombre de Jehová de los ejércitos, al monte de Sion” (v. 7). ¡Qué lástima! Jerusalén, tal como es en la actualidad, no se podría designar así. Es el lugar donde los judíos se están volviendo a reunir, esperando mostrar la grandeza de su propio nombre; mientras aún siguen rechazando a su Mesías.

El judío aún tiene que descubrir el significado del “monte Sión”, concretamente, la gracia que fluye desde Dios; en vez de los méritos por el cumplimiento de la ley, logrados por ellos mismos. El apóstol Pablo se dio cuenta de esto, como vemos al final de Romanos 11. Han sido encerrados en la incredulidad “para que tuviese misericordia de todos” (v. 32, V. M.). La contemplación de esta sobreabundante misericordia hacia Israel movió a Pablo a la doxología relativa a la sabiduría y a los caminos de Dios, con la cual cierra ese capítulo.

Retornamos a las “profecías” o “cargas” sobre las naciones vecinas, mientras leemos el capítulo 19. Egipto, quien tuvo tanto que ver con Israel y su historia, es el que se nos presenta ahora. Otra vez notamos la característica tan común en estas profecías: las predicciones pasan rápido de los juicios más inmediatos a los que madurarán al final de la era. La historia nos dice que, poco después de los días de Isaías, Egipto cayó de su antigua posición elevada, y las cosas relatadas en los versículos 1 a 10, vinieron sobre ellos. Los príncipes de Zoán se volvieron necios; aunque en los días de Moisés, mucho tiempo atrás, “la sabiduría de los egipcios” (1 Reyes 4:30) había sido altamente estimada.

Ahora bien, en la última parte de este capítulo los términos de la profecía van más allá de todo lo que ha sucedido en el pasado y, por lo tanto, miran hacia el final de la era. Esto se confirma si leemos la parte final de Daniel 11, donde “el rey del sur” representa a Egipto; allí se nos dice cómo Egipto en los últimos días, todavía será invadido y saqueado por “el rey del norte”. En esos días “la tierra de Judá será el terror de Egipto” (v. 17). Esto, ciertamente, no ha sucedido aun, pero puede ser muy pronto.
Más allá de toda esta disciplina, que aún ha de caer sobre la tierra de Egipto, algún bien espiritual vendrá. Egipto ha estado en el pasado lleno de altares a sus dioses falsos, y de columnas erigidas en honor de sus despóticos reyes. Va a tener «un» altar el Señor en medio de su tierra y un monumento junto a su frontera. Dése cuenta que no habrá «muchos» sino solo uno. Pues, para entonces, reconocerán al único Dios verdadero. Y aunque los castigue por sus pecados, los sanará y les enviará un libertador. Al final, Egipto conocerá y homenajeará a Dios.

Los tres versículos finales de este capítulo son una profecía notable. En efecto, Asiria, el rey del norte, de Daniel 11, fue el gran opresor de Israel en los días de su reino; así como Egipto fue el opresor en los días de su primera servidumbre. Pero, en los últimos días, toda enemistad será desterrada. Una carretera de libre circulación se extenderá entre ellos, e Israel estará en el centro. Egipto será bendecido como “mí pueblo”; Asiria como la “obra de mis manos”; e Israel será reconocido como “mí heredad”. Ser la heredad de Dios es algo más grande que ser su pueblo o la obra de sus manos. Sin embargo, aquí todo está relacionado con el propósito de Dios para la bendición terrenal. Lo que es expresado aquí no supera la altura de Efesios 1:18, o de Colosenses 1:12; sin embargo, aumenta nuestro sentido de la misericordia de Dios al observar que, al final, finalmente él actuará para bendecir a ambos pueblos, que fueron en el pasado, y todavía serán, los antiguos enemigos de Israel.

El breve capítulo 20 de Isaías nos remite a los acontecimientos que sucederían poco después que Isaías fuera invitado a reforzar su profecía mediante una acción peculiar. Él anunció el inminente derrocamiento de Egipto por su andar caminando desnudo y descalzo. Otros profetas, como Oseas, también recibieron instrucciones de respaldar sus palabras con acciones. El objetivo era hacer comprender a los habitantes de esta “isla”, o “costa”, que es Palestina, que era una necedad poner su confianza en Egipto con el fin de librarse de Asiria. Esto mismo, sin ninguna duda, sucederá en los últimos días, como vemos en Daniel 11:36-45; en donde “el rey” del versículo 36 –que evidentemente estará en Jerusalén– no encontrará ayuda en el “rey del sur” contra el ataque del “rey del norte”.

En el capítulo 21 de Isaías retornamos a la destrucción de Babilonia. Esto es “el desierto de la mar”. En la profecía de Jeremías contra la ciudad se dice: “Ha subido contra Babilonia un mar de enemigos” (Jeremías 51:42), lo que ayuda a clarificar la expresión. Babilonia sería inundada por el mar de las naciones, y se convertiría en un desierto. En el versículo 2 el llamado llega hasta Elam y Media para que suban y sitien, para que ayuden al rescate del botín tomado a traición. Los versículos 3 a 5 describen proféticamente –en el lenguaje más gráfico– las escenas de juerga, tornándose estas en confusión y terror; las cuales nos son descritas en Daniel 5. A continuación, el profeta anuncia un centinela que, desde un carro que se está aproximando, recibe las noticias de la caída de Babilonia, anuncia esto con una voz semejante al rugido de un león.

La profecía de Duma es comprimida en muy pocas palabras. Él era, como muestra lo Génesis 25:14, de la estirpe de Ismael; y Seir era el lugar de residencia de los hijos de Esaú. Estas “profecías” sobre los diversos pueblos traían sobre ellos una “noche” de desagrado divino. ¿Qué expectativa había frente a ellos? La respuesta fue ciertamente profética. Una mañana seguramente se acercaba, pero una noche también estaba llegando. La mañana será para los que temen a Dios y se someten a él: la noche para los que son sus enemigos.

En otras escrituras se pronuncia un juicio muy fuerte contra Seir; pero aquí, el versículo 12 indica que se abrirá una puerta de misericordia a ellos. Si alguien tiene el deseo de consultar a Dios, puede hacerlo. Y si, como resultado de la consulta, alguno desea volver, ellos podrán hacerlo. Incluso, ellos son invitados “venir”. En estas palabras discernimos una indicación y una previsión de esa gracia; la cual sale a la luz tan plenamente en el Evangelio del Nuevo Testamento.

Al final del capítulo (v. 13), Arabia es juzgada. El desastre debería sobrevenirles a ellos también, pero no de una forma tan abrumadora como en el caso de Babilonia. Sus hombres poderosos deben ser “reducidos”, y quedar un “residuo”, y no haber una completa destrucción. Esto es llamativo: de todas estas profecías la que recae sobre Babilonia es la más completa, sin ninguna esperanza de restauración. Así también en Apocalipsis 17 y 18, el “misterio” de Babilonia será completamente destruido, y no dejará rastros.

Pero también Jerusalén debe ser juzgada, como vemos en Isaías 22.  Entonces, aquí otra vez, como suele ser el caso, especialmente cuando se trata de Israel, podemos contemplar un doble cumplimiento. El profeta ve a la ciudad, alguna vez llena de alegría, ahora llena de miseria y amargura. Era “el valle de la visión”, pero ahora la visión pereció, y el valle está lleno de carros de asedio. Y en esta extrema urgencia, en lugar de volverse a Dios, en arrepentimiento y buscando su misericordia, se ocuparon, por sí mismos, de tomar todas las medidas de defensa que conocían; y después se dispusieron a disfrutar, aun si la muerte llegaba a la mañana.

“Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” es el grito imprudente de los hombres que saben que tienen adelante el peligro; pero que, antes que este llegue, están decididos a tener su aventura. El apóstol Pablo citó estas palabras en 1 Corintios 15:32, enseñando que si esta vida transitoria fuera todo y no hay resurrección de los muertos, una actitud así de imprudente puede ser justificada. En efecto, hemos llegado a una época en la historia del mundo en la que los hombres son conscientes de los terribles peligros que les esperan, y sin una fe real en la resurrección, este antiguo dicho tiene el control de sus vidas. Sin el temor de Dios ante sus ojos, millones están decididos a obtener todo el placer posible de la vida, con la esperanza de que la muerte acabe con todo. Debemos estar marcados por un espíritu que es exactamente lo opuesto a esto, y estar siempre abundando en la obra del Señor, sabiendo que existe la resurrección en el mundo, y que nuestra labor no es en vano en el Señor.

Recordemos, además, que ante una emergencia sería muy natural que hiciéramos en principio lo que estaba haciendo Israel, mientras estaba amenazado por el enemigo. Ellos adoptaron lo que parecía una sabia estrategia militar en lugar de volverse a Dios, lo que habría implicado llanto, cilicio y arrepentimiento, como ocurrió en Nínive en tiempos de Jonás. La carne en nosotros preferiría la política, que parece muy sabia, antes que el arrepentimiento, que cuesta tanto a nuestro orgullo.

Esta idea se ve reforzada por el episodio de Sebna (v. 15) y Eliaquim (v. 20) que se relata al final del capítulo. Sebna era un hombre con muchas riquezas que pasaban por su mano, pues él era el tesorero. Por esto fue distinguido en esta vida y, labrándose “un sepulcro en lo alto”, quiso perpetuar su memoria cuando su vida terminara. La autoexaltación era evidentemente su aspiración. Pero él fue rechazado, y Dios lo despojaría tan eficazmente, que los carros de su gloria se convertirían en la vergüenza de la casa de su señor, como vemos al final del versículo 18.

Sebna fue rechazado, y Eliaquim (cuyo nombre parece significar “Dios estableciéndose”) tomó su lugar. Esta transferencia tuvo lugar realmente durante el reinado de Ezequías, según la palabra del profeta. Sin embargo, nosotros vemos en esto una parábola de lo que ocurrirá al final de la era; cuando el autoexaltado “hombre de pecado” sea violentamente apartado y arrojado a la destrucción, mientras el Cristo rechazado será exaltado y establecido. De Él, Eliaquim, en este episodio, fue un débil tipo.
Esto es evidente cuando leemos Apocalipsis 3:7, y observamos cómo nuestro Señor reclama para sí mismo las mismas cosas que se dicen de Eliaquim en el versículo 22 de nuestro capítulo. Él es quien es digno de tener el gobierno puesto sobre su hombro –no solo de Jerusalén e Israel– sino de todo el universo. Él es quien tendrá la llave de David y abrirá, sacará a la luz, y establecerá “las misericordias firmes de David”, las cuales leemos en Isaías 55. Eliaquim tenía sin duda un lugar de mucha autoridad bajo Ezequías, pero la imagen y las figuras concluyentes que encontramos aquí van mucho más allá de él.

Note aquí tres cosas. Primero, la llave y la apertura –o cierre de la puerta, que ningún hombre puede revertir. Jamás se ha encontrado una puerta semejante bajo el control de un simple hombre. La autoridad y el poder indicados son de Dios.

Segundo, el “clavo en lugar seguro”. ¿Qué lugar en la tierra es seguro? ¿Dónde se ha encontrado un clavo así? Por otro lado, el clavo será “como trono de gloria para la casa de su padre”, pues “toda la gloria de la casa de su padre” colgará sobre él. ¡Qué grandes declaraciones éstas! Solo encuentran el cumplimiento pleno en nuestro Señor Jesucristo; pues, verdaderamente, no solo la gloria de la casa de David cuelga sobre Él, sino además la gloria de Dios que es hallada en la redención.

Pero ahora, en tercer lugar, viene la paradoja. “El clavo hincado en el lugar seguro” será quitado: “pues será quebrado y caerá” (v. 25). Aquí, seguramente, tenemos una de esas referencias (parcialmente ocultas) al rechazo y muerte del Mesías, que el Antiguo Testamento suministra. A la luz del Nuevo Testamento todo llega a ser claro. Él se manifestará como el Maestro de toda situación, y como el único sobre el cual penden todas las cosas en la era venidera, justamente porque:

«Por debilidad y derrota ganó la recompensa y corona».
Entonces, en el final de nuestro capítulo tenemos una referencia profética a la eliminación del hombre de pecado, y al establecimiento del Hombre de Dios –el Hijo del Hombre– en su esplendor, manteniendo la gloria de Dios y la bendición de los hombres.

Las series de profecías terminan en el capítulo 23 de Isaías, con la “profecía sobre Tiro”. En aquellos días, esta antiquísima ciudad era el gran centro de compra y venta. Esto es bastante evidente en el versículo 8 de nuestro capítulo. En los días de David y Salomón, los reyes de Tiro habían tenido una disposición muy favorable y servicial; sin embargo, su gran riqueza y prosperidad habían forjado corrupción, como siempre parece ser el caso en este mundo caído. En este capítulo, Isaías, anuncia un periodo de desastre y oscuridad que sobrevendría a la ciudad, pero con un respiro al final de setenta años.

El gran Nabucodonosor sitió a Tiro y a esto se refiere Ezequiel 29:18, que habla de que “no tuvo paga” por los largos años de servicio que él gastó en ella; porque los de Tiro tuvieron tiempo de llevarse todo su tesoro. Aún así, el juicio de Dios vino sobre la presumida, rica y alegre ciudad, y su gloria pereció.

La relativa benevolencia de la profecía sobre Tiro se explica, creemos, por el hecho de que ésta no era un opresor de Israel. Esto nos presenta un cuadro, no del mundo oprimiendo y esclavizando al pueblo de Dios, sino como el escenario de las actividades exitosas y opulentas del hombre en completo olvido e independencia de Dios.

De este modo, en los capítulos que hemos estado considerando, hemos visto al mundo en todos estos aspectos, desde el lado secular y religioso, puesto bajo el juicio de Dios. Aun así, en medio de los juicios, hay algunos destellos brillantes de luz, que dirigen nuestros pensamientos hacia el único en quien es hallado el centro de toda bendición: CRISTO.