Isaías 24:1–27:13
Habiendo sido eliminada la última de estas ciudades –sobre la que recaía una carga– el texto profético nos lleva a tener conocimiento, de una manera más general, sobre cuál va a ser el estado de cosas al final de la era. Es un cuadro sombrío y muy triste: toda la tierra fue puesta patas para arriba, y los habitantes dispersos, no importa a qué clase ellos pertenezcan. Y no solo Israel está tenido en cuenta. En efecto, aunque las acusaciones finales del versículo 5 del capítulo 24 puedan tener referencia especial a él –puesto que las leyes y ordenanzas le fueron dadas especialmente– el pacto de la ley dado en el Sinaí no podría llamarse “eterno” (V. M.). La referencia aquí es, más bien, al pacto establecido con Noé y el nuevo mundo de naciones del cual él era la cabeza, conforme a Génesis 9:9.
Los primeros 12 versículos del capítulo están llenos de la penumbra de los juicios terrenales; pero cuando llegamos al versículo 13 una luz comienza a brillar: un remanente de temerosos de Dios es indicado, bajo la misma figura que se utilizó en Isaías 17:6. De modo que, aun en la hora más oscura, una nota de alabanza sonará, y Dios será reconocido y honrado. Y esto en todas partes, “en las regiones orientales”, y “las islas del mar” (V. M.) una expresión poética para el Occidente.
Así, Dios tendrá sus testigos en todas partes; aunque, en la presencia del abundante mal y de los juicios de Dios, ellos solo puedan ser conscientes de su debilidad. En efecto, así es siempre –y debe ser–con los verdaderos siervos de Dios. Los falsos son los que hablan de su grosura: “Yo soy rico, y me he enriquecido” (Apocalipsis 3:17). Dios puede dar poder a sus siervos por su Espíritu, pero ellos son conscientes de nada más que de su propia flaqueza.
Los versículos 17 a 20, nos dan una descripción gráfica del terrible derrumbamiento de todo el orden humano y las instituciones que se avecina. Seis veces en estos versículos “la tierra” es mencionada refiriéndose más al orden establecido y al sistema mundial de cosas que a la actual corteza terrestre sobre la cual nosotros vivimos. Todo será violentamente sacudido antes de ser removido por la presencia del Señor.
Los tres versículos que cierran el capítulo muestran el efecto de su presencia. No solo caerá castigo sobre los reyes de la tierra, sino que también “castigará al ejército de los cielos en lo alto” (v. 21), será juzgado, y todos “encarcelados en mazmorra”. Lo que esto significa se explicita más plenamente en el libro de Apocalipsis; en donde sabemos de Satanás y sus ángeles son arrojados de los cielos. Después, Satanás mismo es atado en el abismo, cuando los reyes de la tierra, bajo el liderazgo de la bestia, son consignados a su perdición. Dios no solo juzgará a las naciones, sino también a los poderes satánicos que están detrás de ellas. Tenemos una visión de estos poderes en Daniel 10:13 y 20.
Entonces se establecerá un nuevo orden de cosas, en presencia del cual las mismas instituciones del cielo serán confundidas, porque el Dios de los ejércitos reinará en gloria “delante de sus ancianos”. Esta es una palabra extraordinaria. Él no reina sobre Sus ancianos cuando reine en Sion y Jerusalén, sino delante de ellos. Ellos son testigos de su gloria, y nos recuerdan a los “ancianos” de Apocalipsis 5. La palabra que aquí puede traducirse por “ancianos” es lo que confirma la idea.
Y, ¿quién es este Dios de los ejércitos? Él es, evidentemente, el Rey de gloria. Pero, como se pregunta dos veces en el Salmo 24: “¿Quién es este rey de gloria?” (v. 8). Nosotros sabemos que él es el único que inclinó su sagrada cabeza al morir por nuestro bien. Entonces, nuestro capítulo termina con el poder del mal abatido de la tierra, tanto en su fuente como en sus ramificaciones; y el Señor Jesús entronizado en el centro de la tierra, y reinando delante de los deleitados ojos de sus ancianos.
No es de extrañar que el capítulo 25 de Isaías inicie con una nota de alabanza. Entonces, el Señor habrá hecho visiblemente cosas maravillosas, y sus consejos de antaño se habrán cumplido en fidelidad y verdad. Cuando estas cosas sucedan será fácil cantar esta nota de alabanza, pero es nuestro privilegio como cristianos alabar antes de que hayan sucedido, para:
«Cantar… hasta que el cielo y la tierra se sorprendan, y reine solo el Nazareno».
Cuando amanezca el feliz día milenial, esto significará el derrumbamiento de las ciudades fuertes del hombre, y de las terribles naciones que las construyeron. También esto significará el refugio y el levantamiento del remanente piadoso, como se indica en el versículo 4. Dios demostrará ser para ellos “su refugio contra la tempestad, su sombra contra el calor”. Si vamos a Isaías 32:2, allí encontramos que las mismas dos cosas se encuentran en un Hombre: verdaderamente una declaración extraordinaria, porque un hombre común en un tornado no es más que el juguete de los elementos, y ningún refugio en absoluto. De hecho, el HOMBRE del capítulo 32 no es un hombre común, sino que debe identificarse con el Dios de nuestro capítulo. Nosotros, a Él, lo conocemos como el Señor Jesucristo.
Una vez eliminado el poder del gran adversario, y de las naciones que se han convertido en sus instrumentos, se consumará la plena bendición terrenal; la cual es descrita como un banquete de manjares, de vinos depurados, y bien añejados. Es posible que nuestro Señor se haya referido a esto cuando pronunció las palabras registradas en Mateo 26:29. El día de la felicidad terrenal está acercándose, y se extenderá a “todos los pueblos”, pues la palabra está en plural. Sin embargo, el centro de esto será “este monte”, refiriéndose al monte Sion, mencionado en el último versículo del capítulo anterior. Y Jerusalén indudablemente está indicada, pero se menciona de tal manera que se enfatice que la bendición se dará como un acto de misericordia, y no como la recompensa de un mérito.
Además, habrá una obra divinamente realizada en los corazones de todos los que entren en esa edad feliz. El poder del adversario ha echado un velo sobre todos los pueblos, pero éste será completamente quitado. El apóstol Pablo utiliza una figura similar en 2 Corintios 3 y 4, solo que la aplica más particularmente a Israel, basado en el velo que llevó Moisés. Sin embargo, lo hace más general en el capítulo 4, cuando afirma que él no puso ningún velo sobre el Evangelio que predicaba, y que cualquier velo que existiera tenía su lugar en los que se perdieron. Cuando hoy es levantado el velo de los ojos de un pecador, y éste descubre a su Salvador, es la obra de gracia del Espíritu de Dios. Hoy esto es un asunto individual. En aquel día será a una escala mundial, y resultará en el descubrimiento que se nos presenta en el versículo 9.
Sin embargo, no debemos pasar por alto las grandes declaraciones del versículo 8, particularmente la que Pablo hace en 1 Corintios 15:54, la cual encontró cumplimiento el día de la resurrección. Si los santos que vivieron antes de que Cristo vino discernieron la resurrección en estas gloriosas palabras, puede estar abierto a discusión; pero nosotros ahora sabemos lo que infieren. Y creyendo en ellas la victoria entra en nuestros corazones, la cual tenemos antes de que el día efectivo de la resurrección amanezca. Siendo eliminada la muerte, las lágrimas –que por su causa han aparecido en innumerables rostros– serán enjugadas para siempre. La “afrenta” u “oprobio” de su pueblo desaparecerá también para siempre. Principalmente, sin duda, su “pueblo” se refiere aquí al Israel redimido y nacido de nuevo, que entrará en la era milenial.
Pero esto será verdad para todos los santos: tanto para los que por la resurrección entran en el mundo celestial, como también para los benditos sobre la tierra. A través de todas las edades los santos de Dios han caminado en oprobio. Enoc debió haber parecido extraño en su época, y ciertamente Abraham en la suya. Desde un punto de vista mundano, ¡cuán insensato fue Moisés al marcharse del espléndido lugar que él tuvo en la corte de Faraón! Y así podríamos continuar hasta llegar a Pablo y sus compañeros que fueron “insensatos por causa de Cristo”. Y nosotros, ¿qué somos quienes profesamos el nombre de Cristo? ¿Nos hemos acomodado tanto al espíritu de la época que el oprobio por Cristo apenas es conocido por nosotros? Si es así, nos perderemos, en gran medida, el entusiasmo de esta hora, que sin duda vendrá, porque “el Señor lo ha dicho”.
La salvación que llegará a Israel en aquel día será total, evidentemente del Señor, y públicamente reconocida como tal. Los piadosos, que disfrutarán de la salvación, serán aquellos que hayan cesado en sus propios esfuerzos, y esperado a que él intervenga en su favor. Así como hoy el pecador que recibe la salvación de su alma lo hace cuando aprende a condenarse a sí mismo, pone fin a sus esfuerzos, y confía en el Salvador. Entonces también obtiene la liberación de sus enemigos espirituales, así como Israel obtendrá la liberación de Moab y otros enemigos, como muestran los versículos finales de nuestro capítulo. En aquel día exclamarán al ver a Jesús glorificado: “He aquí, éste es nuestro Dios”.
Luego, en el versículo inicial del capítulo 26, tenemos el cántico jubiloso que se oirá en la tierra de Judá en aquel día. La profecía sigue centrándose geográficamente en Jerusalén y el monte Sion. La ciudad, al final, será por fin fuerte, ya que su protección será la salvación que Dios habrá establecido. Ninguna otra ciudad ha sido asediada tantas veces como Jerusalén; pero, al final, sus penas habrán terminado; y sus habitantes serán descritos como “la nación justa, guardadora de verdad” (v. 2).
La secuencia de pensamiento debe aquí ser observada: Primero, la salvación; luego, la justicia; en tercer lugar, la paz. Pero la paz ha de disfrutarse a medida que la mente y el corazón están permaneciendo sencillamente confiados en el Señor. De ahí, la exhortación del versículo 4, donde el nombre del Todopoderoso está – por así decirlo– duplicado: Es “JAH-JEHOVAH (V. M.)” para enfatizar que él es, en verdad, “la roca de la eternidad”. Isaías pronunció esta exhortación a los hombres de su tiempo, antes de que se manifestara el poder liberador de Dios. Hoy, es igualmente válida para nosotros; más aún, de hecho, dado que Dios se nos ha dado a conocer en Cristo de una manera mucho más íntima.
Pero esta liberación para los piadosos implicará la obra de juicio sobre el mundo de los impíos, como muestran los versículos 5 a 11. En el versículo 7 se presenta a Dios como el único “recto”. Él allana el camino del justo, que tiene un carácter acorde con él mismo. Así, mientras los piadosos esperan que se manifiesten sus juicios, su nombre es el objeto del deseo de ellos, y son sostenidos por el recuerdo de Él (tal como él se los había sido revelado). Este dicho, en ocasiones, se relaciona con 1 Corintios 11:24-25: “En memoria de mí”, y no injustamente, pensamos. Sus deseos y recuerdo serán dirigidos solamente a Uno; quien se había dado a conocer a sí mismo a ellos en el pasado, por la liberación a través del juicio. Nosotros recordamos a Aquel que expresó el amor divino a través de la muerte en lugar nuestro, mientras que anhelamos su regreso en gloria.
Este pasaje concuerda completamente con el hecho de que el Evangelio no se predica para convertir al mundo, sino para reunir fuera de él un “pueblo para su nombre” (Hechos 15:14). La gracia ha sido mostrada “al malvado” por tantos siglos, y la injusticia es todavía más desenfrenada que nunca. Se acerca la hora en que los juicios de Dios se desatarán en toda la tierra; y entonces, finalmente, los que salgan de los juicios habrán aprendido la justicia. El versículo 10 también muestra que lo que está mal no solo son las circunstancias del hombre, sino el hombre mismo. Ponga “al malvado” en una “tierra de rectitud” y aun así “hará iniquidad”. Muchos fervientes comunistas o socialistas agitan y trabajan para mejorar las condiciones en las que viven las masas de la humanidad, bajo la noción errónea de que si se dieran las condiciones correctas todo iría bien. El hecho es que la raíz del mal está en el hombre, y las condiciones erróneas han sido creadas por él. Pongan al hombre caído en su estado de inconverso en las condiciones más ideales y las echará a perder.
En los versículos 12 a 18, el profeta se dirige al Señor en nombre del remanente que le teme. Confiesa lo que el Israel redimido será llevado a confesar en el día venidero. La paz que entonces disfrutarán es enteramente la obra de Dios. Ya no hablarán de sus obras, sino de las obras que él ha realizado en su favor. Entonces, como resultado de esto, serán liberados de los viejos poderes idólatras que antes los dominaban. Ningún otro nombre sino el de Dios estará en sus labios, y el recuerdo mismo de sus ídolos muertos habrá perecido. Entonces, confesarán que solo bajo los castigos que Dios les infligió, se han vuelto a él y han sido prosperados. Sus propios esfuerzos no produjeron ninguna liberación, ni para ellos, ni para la tierra.
Los versículos 19 a 21, dan la respuesta de Dios a esta oración de confesión: “¡Vivirán tus muertos; los cadáveres de mi pueblo se levantarán!”. Aquí tenemos, en una breve declaración, lo que se da con más detalle en Ezequiel 37, y a lo que se alude en Daniel 12:2: la resurrección nacional de Israel; cuando Dios resucite y reúna a sus escogidos. Los que habían estado morando en el “polvo” (o, como se dice en Daniel, durmiendo “en el polvo de la tierra”) descansarán y cantarán. Es digno de mención que, al probar a los saduceos el hecho de la resurrección a partir de las Escrituras, nuestro Señor no citó estas escrituras, sino que se remontó a sus palabras a Moisés (Marcos 12:26).
Aunque muchos judíos están ahora de vuelta en la tierra de sus padres, este avivamiento nacional de tipo espiritual aún no ha sucedido; ni sucederá hasta que “la indignación” del versículo 20 haya tenido lugar. Nosotros identificamos esta “indignación” con la “gran tribulación” de Mateo 24:21, la cual –en su forma más intensa– caerá sobre los judíos; aunque “el mundo entero” será castigado (Apocalipsis 3:10). El remanente temeroso de Dios (considerado aquí como “pueblo mío”), es llamado a esconderse durante ese terrible periodo; y esto anticipa las instrucciones completas dadas por el Señor en Mateo 24:15-21.
La severidad de esa hora y sus efectos mundiales se exponen en el último versículo de nuestro capítulo. Durante casi dos mil años el Señor ha estado en su lugar de misericordia con relación al hombre rebelde. Pero, entonces, se dice (v. 21): “Jehová sale de su lugar para castigar”; y no solo al judío, sino al “morador de la tierra” en general. Se habla del juicio como de su “extraña obra”, pero sucederá a su tiempo, y nunca debemos olvidarlo. El avivamiento de Israel tendrá lugar cuando termine la tribulación. El creyente hoy puede esperar ser guardado de la “hora” misma de la tribulación que está viniendo, según Apocalipsis 3:10.
El capítulo 27 de Isaías continúa el tema en un lenguaje un tanto poético. Obsérvese cómo se repite cuatro veces la expresión: “En aquel día”. El juicio alcanzará en primer lugar al poder maligno que yace bajo el inquieto “mar” de las naciones. Este “dragón”, que está en el mar, no puede ser otro que Satanás, y Apocalipsis revela cómo se lo tratará. Entonces, por fin, Israel dejará de ser una vid sin fruto para convertirse en una “viña del vino rojo”. Entonces, sobrevendrá la paz: Israel será como un árbol que está lleno de flores y llenará la faz del mundo con frutos; convirtiéndose en lo que Dios desde el principio quiso que fuera. Esto nunca sucederá como resultado de sus esfuerzos. Ellos tendrán que cumplir lo que se dice al principio del versículo 5: “Que echen mano de mi fortaleza” (V. M.).
Sin embargo, los versículos 7 a 11 muestran que este fin deseable solo se alcanzará cuando Dios lleve a término sus juicios de gobierno sobre aquel pueblo. “La iniquidad de Jacob” tendrá que ser depurada de ellos por estos severos tratos de la mano de Dios. Pero, incluso así, los azotes que caerán sobre ellos no alcanzarán la severidad de los que se infligirán a las naciones que los hirieron. Sobre éstas caerá un juicio implacable, pero para Jacob los azotes llegarán hasta los altares, las arboledas y las imágenes del sol que serán reducidas a polvo. Entonces, los mismos juicios que Dios infligirá a su pueblo (en gran parte por mano de otros pueblos), tendrán el efecto de destruir las mismas cosas que habían sido una trampa para ellos.
En el versículo 12 nos encontramos con la expresión “en aquel día” por tercera vez. Habrá una vez más una reunión de su pueblo desde la tierra de Egipto, pero esta vez de una manera muy diferente. En aquel entonces, Moisés los sacó por miles como una nación, pero en el día venidero esto será un asunto individual. Uno por uno serán reconciliados con Dios, y entonces serán reunidos en el lugar de bendición.
Pero el versículo 13 declara que en aquel día, aunque debe producirse la obra individual precisada, habrá gran publicidad acerca de ella. La “gran trompeta” sonará, anunciando esta poderosa obra de Dios; como también nuestro Señor mismo lo declaró en Mateo 24:31. La casa de Jacob ha sido públicamente disciplinada y abatida a través de los largos y fatigosos siglos; aunque será recuperada, restaurada y bendecida de manera pública; cuando la obra de Dios con ellos, y en ellos, se lleve a término. Entonces, ¡al fin!, en el santo monte de Jerusalén darán al Señor el culto que a él se le debe. ¡Qué día será ese!
Pero qué privilegiados somos nosotros, los cristianos, que podemos adorar a Dios revelado como Padre, mientras la alabanza todavía es silenciosa en Sión. Hoy adoramos “en espíritu y en verdad”; en breve se dirigirán a Dios de este modo: “Tú que habitas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 22:3).
