Isaías 1:1–4:6
De entre todos los profetas, Isaías es el más abundante en el número de referencias a el Cristo (el Mesías) que había de venir, y en la variedad de figuras bajo las que él nos es presentado. Resulta evidente la división en tres secciones principales. (1) La primera comprende los capítulos 1 al 35, y está dedicada, especialmente, a la pronunciación del juicio sobre Israel y sobre las naciones, pero con repetidas referencias a Cristo, el único en quien se encuentra esperanza de bendición. (2) La segunda parte, de los capítulos 36 al 39, es una sección histórica que registra la liberación de Dios concedida a uno de los más grandes reyes del linaje de David –tanto nacional como personal– incluyendo la mención de cómo el fracaso lo marcó. Y, por último, (3) en los capítulos 40 al 66, Isaías se ocupa de las predicciones acerca de la venida del Mesías, tanto en su humillación como en su gloria, pero presentando esto en contraste con el oscuro trasfondo de la idolatría de Israel en los días de Isaías, y el rechazo a Cristo en su primera venida.
Al llegar al capítulo 40 de Isaías, es muy evidente la ruptura que aparece, así como también los cambios en los temas principales. A tal punto que tanto críticos como teólogos incrédulos han afirmado que debió haber varios escritores o compiladores del libro. Ellos hablan de dos o más Isaías, pero cuando nosotros vamos a las citas de este libro que hace el Nuevo Testamento, no encontramos ningún indicio de alguna idea de este tipo. He aquí un hecho que refuta esto claramente.
En el Antiguo Testamento, Dios es mencionado como “el Santo de Israel” unas 37 veces. 30 de estas veces aparecen en Isaías, por eso, este es el título característico de Dios en este libro. Sin embargo, estas 30 menciones aparecen distribuidas casi por igual entre los capítulos 1-39 y 40-66 (14 veces en la primera sección y 16 veces en la segunda). Esto respalda de manera convincente la unidad en la autoría del libro y descarta la consideración de una pluralidad de autores.
El primer versículo del capítulo 1 muestra que el ministerio de Isaías fue en el reino del sur y se extendió a lo largo de cuatro reinados. Tres de los reyes mencionados hicieron básicamente lo correcto, uno especialmente, y solo uno (Acaz) se desvió e hizo el mal. Sin embargo, las palabras iniciales del profeta revelan un triste estado de alejamiento y rebelión en el pueblo. Mas no había solo esto sino, como muestra el versículo 3, también una completa insensibilidad e indiferencia. Ellos no manifestaban ni el conocimiento instintivo encontrado en un buey o un burro. De aquí la terrible denuncia del versículo 4. Eran pecadores y estaban caracterizados por la iniquidad, la maldad, la corrupción y la desviación. Y todo esto ocurría mientras reyes temerosos de Dios estaban en el trono. Esto se ilustra con lo que se dice en 2 Crónicas 27, al final del versículo 2.
Todo esto había traído sobre ellos la mano dura de Dios, en disciplina y desastre, pero sin lograr ningún efecto reparador, como se ve en los versículos 5-9. Figuras ilustrativas son usadas para que el pueblo entienda su deplorable estado. El versículo 9, por otro lado, nos descubre que solo había un pequeño remanente, el cual Dios podía reconocer. En efecto, si no hubiese existido ese remanente, habría caído sobre ellos un juicio semejante al de Sodoma y Gomorra. Este es siempre el proceder de Dios. Una y otra vez, en el pasado, él había mantenido un pequeño remanente para sí mismo en medio de la deserción general. Él así lo ha hecho a lo largo de la historia de la Iglesia, y lo está haciendo hoy.
El versículo 10 tiene para nosotros una solemne voz. El profeta compara a los líderes religiosos de su tiempo con los gobernantes y el pueblo de aquellas ciudades de maldad, las cuales habían sido destruidas siglos antes. Hablamos de líderes religiosos por los versículos que siguen, en donde se muestra que ellos y el pueblo eran celosos y meticulosos observantes de los ritos del judaísmo. Y ¿qué hacían? Ofrecían sacrificios y holocaustos, traían ofrendas e incienso, observaban las lunas nuevas, sábados, las fiestas solemnes y asambleas, extendiendo sus manos con muchas oraciones. Acaso, ¿no eran estas cosas correctas, según lo ordenado por medio de Moisés? ¡Sí, lo eran! Sin embargo, todo esto fue declarado un hastío para Dios y una abominación a sus ojos. Porque la formalidad ceremonial de ellos (como revelan los versículos 16 y 17) era un exterior decente que cubría una masa de maldad e inmundicia. El estado de cosas aquí expuesto floreció, más adelante, dentro del fariseísmo, tan duramente criticado por nuestro Señor en Mateo 13.
¡Qué instrucción tan necesaria para nosotros! ¡Qué fácil es para el cristiano actual caer en una situación semejante! Hay demasiados cristianos de nombre que han dejado de congregarse (Hebreos 10:25), porque, como Demas, aman este mundo. ¿Y qué pasa con nosotros que estamos presentes? –Incluso nuestra reunión de oración, muchos la consideran como la menos interesante de las reuniones. ¿Nos caracterizamos, acaso, por una vida piadosa y distinta –que es lo que el apóstol Santiago llama una “religión pura y sin mancha” (Santiago 1:27)? Hay una gran semejanza entre estas palabras y la de los versículos 16 y 17 de nuestro capítulo. No olvidemos nunca que para Dios la correcta condición moral es mucho más importante que la rigurosidad ceremonial en el judaísmo, o incluso los procedimientos correctos de la iglesia en el cristianismo. En efecto, si las escrupulosas observaciones eclesiásticas propician una negligencia moral, se convierten en una abominación para Dios.
A la severa denuncia que hemos leído le sigue una palabra de gracia y perdón, una prefiguración de lo que tenemos hoy en el Evangelio. Así como al “todos pecaron” de Romanos 3:23, le sigue la justificación ofrecida gratuitamente por “Su gracia”. Solo que la limpieza ofrecida en el versículo 18 de Isaías era sustancialmente un “pasar por alto” los pecados “en la paciencia de Dios”, como se afirma en Romanos 3:25, ya que el único fundamento para una limpieza plena y eterna se encontrará en el sacrificio de Cristo, siglos más adelante.
Obsérvese además cómo aparece el término “si…” en los versículos 19 y 20. La limpieza y la bendición ofrecidas dependen de la obediencia, y negarse y rebelarse acarrea juicio. Tanto la bendición como el juicio son cuestiones que se refieren a esta vida, pues lo referido a la vida venidera aparece muy poco en el Antiguo Testamento. Cuando el predicador del Evangelio de hoy utiliza oportuna y acertadamente estos versículos, se refiere –por supuesto– a las consecuencias eternas de recibir o rechazar la invitación, basando lo que dice en las Escrituras del Nuevo Testamento.
El profeta vuelve sobre su denuncia acerca del estado de cosas descrito en el versículo 21. En el versículo 24 anuncia que el Señor está por actuar como en un juicio, tratándolos como a enemigos. Pero, en el versículo siguiente, declara que volverá su mano sobre el remanente, refinándolos como plata, y limpiando su escoria. La expresión “volveré mi mano” se encuentra también en Zacarías 13:7, donde, como aquí, indica una acción de bendición, y no de juicio. Esto queda muy claro en los versículos siguientes de nuestro capítulo. Pero la redención de Sión, y los convertidos de ella, será mediante juicio.
El testimonio de las Escrituras es consistente en que la bendición terrenal de la era venidera no será alcanzada por la predicación del Evangelio sino por el juicio. Esto se declara otra vez, más claramente, cuando llegamos a los versículos 9 y 10 del capítulo 26. Una clara confirmación de esto se encuentra en el Nuevo Testamento en Apocalipsis 15:4. Este juicio significará la destrucción de los transgresores. Estos abandonarán al Señor y se volverán a dioses falsos con sus encinas y huertos. Sin embargo, estos poderes malignos no les servirán de nada. Todos serán consumidos juntos.
Al igual que Isaías 1, el capítulo 2 se presenta como “una visión”; acerca de Judá y Jerusalén. Los versículos iniciales se extienden más sobre las cosas buenas que sucederán cuando tenga lugar la redención por medio del juicio. Lo primero es que la casa de Jehová será establecida y exaltada. Así es siempre y así debe ser: Dios debe ocupar el lugar que le corresponde, y de allí brotarán bendiciones para los hombres.
Pero la casa del Señor se llama aquí de manera muy significativa la “casa del Dios de Jacob”, pues de este modo Dios triunfaría claramente sobre la torpeza egocéntrica que caracterizó a Jacob, y que se ha perpetuado en sus descendientes. Esto será tan claro, que todas las naciones acudirán a la casa para aprender de Dios, y poder caminar en su ley. Acabado el juicio, los hombres se caracterizarán por la obediencia a Dios y, en consecuencia, habrá paz en medio de ellos.
Qué significativo es esto: “ni se adiestrarán más para la guerra” (v. 4). En los últimos años los hombres ciertamente se han estado adiestrando para la guerra, y lo han hecho muy eficazmente, de manera que el temor mortal se apodera de sus mentes. Alcanzar lo que se predice en el versículo 4 está más allá del poder de la humanidad. Sin embargo, un día, imaginarán que esto lo han alcanzado por sus propios medios, y dirán: “Paz y seguridad”; pero solo se encontrarán con una “destrucción repentina”, como se profetiza en 1 Tesalonicenses 5:3. Los versículos siguientes de ese capítulo del Nuevo Testamento concuerdan con el versículo 5 de nuestro capítulo. Se pide a la casa de Jacob que abandone las falsas luces de sus idolatrías para caminar a “la luz de Jehová”. Esto lo harán, cuando llegue la era venidera. Esto es lo que nosotros tenemos el privilegio de hacer hoy. Puesto que hemos sido trasladados a la luz como hijos de la luz, y como hijos del día que está por amanecer, cuando Cristo aparezca.
El profeta vuelve al estado existente del pueblo en los versículos 6-9. Ellos habían adquirido de otros pueblos diversas formas de prácticas espiritistas. Eran prósperos en lo material: abundancia de plata, oro y tesoros; y también de caballos, lo que era un lujo prohibido a los reyes de Israel, según Deuteronomio 17:16. Por todo esto el país se llenó de ídolos, ante los cuales se postraban tanto los pobres como los poderosos: la situación era verdaderamente deplorable.
Entonces, ¿qué podía esperarse? Precisamente lo que ahora debía anunciar el profeta. En efecto, él vio más allá de lo inmediato, los juicios de disciplina –inminentes que llegarían a través de los asirios o caldeos. Vio a Dios manifestado en su majestad, como cuando llegue su “día”. Apocalipsis 6:15-17, nos da una ampliación de los versículos 10, 19 y 21: los hombres estaban llenos de soberbia y de miradas altivas, sin embargo, se postraban ante sus ídolos.
La lista de cosas que serán juzgadas en el día del Señor es muy impresionante. Evidentemente hará un completo barrido de todas las cosas de las cuales el hombre caído presume, incluso las cosas agradables y artísticas. En lugar de aceptar e incluso ampliar los productos que el hombre ha inventado en su habilidad, como una introducción a la era del milenio –como algunos han imaginado– los eliminará, del mismo modo que a los ídolos y nociones idólatras que les dieron origen. Hoy los hombres se vuelven más humildes a medida que reciben la gracia y la verdad del Evangelio. Pero en aquel día, los hombres serán humillados y su falsa gloria desaparecerá, mientras que la gloria del Señor resplandecerá poderosamente.
¿Cuál es entonces la enseñanza espiritual que se desprende de esta declaración profética? La encontramos en el último versículo del capítulo. Tal como sucedía con Israel en los días de Isaías, así sucede en el mundo de hoy: el hombre tiene todo lo que necesita, el hombre es engrandecido; pero si caminamos “a la luz de Jehová” (v. 5), se verá su pequeñez, y dejaremos “al hombre”. Éste no es más que una criatura moribunda a causa de su pecado. Ante Dios no cuenta nada por sí mismo. Incluso, sabemos, a la luz de la cruz de Cristo, que es peor que nada. ¡Cuán asombrosa es entonces la gracia que se ha inclinado a bendecir a personas como nosotros!
Habiendo hablado del día del Señor y sus efectos en el capítulo 2, Isaías vuelve sobre el estado concreto del pueblo en el capítulo 3; deja claro cómo Dios los estaba castigando, y lo seguirá haciendo. El hambre, la confusión y la opresión –con las miserias que las acompañan– dejarían a Jerusalén arruinada. Y aunque podrían no venir sobre ellos inmediatamente, finalmente llegarían; aunque Dios favorecería a los justos, como indica el versículo 10. Los ancianos y los príncipes del pueblo fueron los líderes del mal de aquel día.
Pero la maldad del día no quedó limitada a los líderes, o a los hombres de la nación, como se describe en los versículos 2 y 3. Las mujeres también estaban profundamente implicadas. Su situación se denuncia desde el versículo 16 hasta el final del capítulo. Adoptaron todos los artilugios tan practicados en el mundo pagano con el fin de aumentar la seducción de sus atractivos. Pero, tal como se afirma en los versículos finales, los mismos hombres que ellas trataban de atraer caerían por la espada, y así fracasarían.
El primer versículo de Isaías 4 completa este penoso tema, y aquí nos trasladamos a los últimos días. La destrucción de la vida masculina será tan grande que las mismas mujeres se hallarán procurando algún tipo de poligamia con el fin de cubrir el deshonor de la soltería, dispuestas para no ser un gasto concreto para el hombre cuyo nombre tomarían. Esto puede que nos resulte extraño, pero cuando consideramos las profecías de la Escritura acerca de la lucha y la guerra que marcarán el fin de la era, no nos sorprende. Lea, por ejemplo, la profecía en cuanto a la guerra, “al tiempo del fin” dada en Daniel 11:40-45.
Las palabras “en aquel día” aparecen al principio del versículo 2, así como en el versículo 1. Y aquí vemos claramente que el “día” en cuestión es el periodo que introduce la era venidera, el tiempo de la segunda venida del Señor. La palabra traducida por “Vástago” se usa para nuestro Señor cinco veces en el Antiguo Testamento, y tiene el sentido de un retoño: “En aquel día, el Vástago de Jehová será espléndido y glorioso” (V. M.). Aquí vemos, aunque algo veladamente, una alusión a la deidad del Mesías prometido. La figura utilizada es la de un árbol vivo que produce un retoño que muestra su propia naturaleza y carácter. Y el árbol viviente aquí es Dios mismo. Mientras que las palabras “será espléndido y glorioso” nos llevan a pensar en las vestiduras hechas para Aarón, y en su significado típico, tal como se indica en Hebreos 2:7.
Dos veces en Jeremías se alude al Señor Jesús como el Vástajo o Renuevo (23:5; 33:15); pero allí, lo que se enfatiza es la justicia. Es el carácter que muestra, más que la fuente de donde él brota. De nuevo, en Zacarías, aparece dos veces la expresión (3:8; 6:12). Allí se pone el énfasis en el hecho de que Él, aunque brota de Dios, ha de tomar el lugar de siervo; y entrar en la humanidad para servir. Al leer las cinco citas anteriores a la luz tanto más completa del Nuevo Testamento, vemos cuán satisfechas fueron estas antiguas profecías en nuestro bendito Señor. La de nuestro capítulo es la primera y más profunda de todas.
Podemos observar que Isaías 11:1, presenta al Señor Jesús como una “vara (o, brote –palabra diferente de renuevo) del tronco de Isaí”. Y más abajo, en este capítulo, dice que Él es “la raíz de Isaí” (v. 10). Estas dos expresiones nos recuerdan “la raíz y el vástago de David” (Apocalipsis 22:16, V. M.). “Renuevo” de Dios es lo que él era esencialmente. “Vara” de Isaí y vástago de David es en lo que se convirtió en su santa humanidad.
No solamente Cristo será revelado así en aquel día, sino que también un remanente piadoso será hallado, del cual se habla como de “los sobrevivientes de Israel”. Esto indica cuán feroz, y destructiva de la vida, será la grande tribulación que se anuncia en otra parte. El versículo 3 refuerza la misma cosa; y desde el discurso profético de nuestro Señor –consignado en tres de los Evangelios– podemos conocer que Judá y Jerusalén serán el gran centro de ese tiempo de prueba y persecución, que solamente acabará cuando el Señor intervenga poderosamente en su segunda venida. Los que permanezcan estarán vivos espiritualmente y santos; y disfrutarán de los excelentes frutos que producirá su presencia.
Pero antes de este feliz estado de las cosas, debe producirse esa obra de limpieza de la que habla el versículo 4, descrita como “un espíritu de juicio, y por el espíritu del fuego.” (Isaías 4:4, K. J. V.). Recordemos que Juan el Bautista dijo de nuestro Señor: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Indicó también que la paja sería quemada, mientras que el trigo sería recogido en su granero. En nuestro capítulo, el trigo se describe en los versículos 2 y 3. La quema de la paja purificará el trigo. La quema de la paja purgará y lavará la inmundicia. La purificación de Jerusalén –de hecho, de toda la tierra– será por una obra de juicio, y no por la predicación de la gracia.
Una vez que el juicio haya cumplido su obra purificadora, la presencia de Dios puede ser restablecida en Jerusalén, no solo habitando en un edificio especial, como el templo en tiempos de Salomón, sino en toda morada y lugar de convocación. Su presencia será señalizada como antaño, por una nube de día y fuego de noche. Cuando esto suceda, ¿quién podrá atacar a Jerusalén? La presencia de Dios y la gloria que la acompaña serán protección. ¿Quién puede atravesar una defensa como esta?
La palabra traducida por “abrigo” (o, tabernáculo) en el versículo 6, no es la que se usa para el tabernáculo en el desierto, sino para la fiesta de los tabernáculos o cabañas. Cualquier situación extrema, sea de calor o de lluvia, será tan leve que más que una cabaña no será necesario. Todo lo necesario se encontrará en relación con la presencia de Dios en medio de su pueblo, redimido por juicio.
La primera de las secciones menores del libro termina con el capítulo 4. Por consiguiente, observamos que –aunque desde el principio hemos tenido ante nosotros un cuadro muy sombrío del estado pecaminoso y corrupto del pueblo que acarrearía el juicio de Dios– al final somos llevados a Cristo como el Renuevo de Dios, en quien se encuentra toda esperanza. Encontraremos esta característica recurrente. La siguiente sección, Isaías 5:1–Isaías 9:7, termina con Emmanuel. La tercera sección termina en Isaías 12, con el Brote y la Raíz de Isaí, y la alegría que él traerá.
Considerando más profundamente a Isaías, notaremos algunas de esas cosas “referentes a Él mismo”, las cuales, cuando Él las explicó el día de su resurrección a los dos discípulos que iban a Emaús, hicieron arder sus corazones. Si las consideramos correctamente, tendrán el mismo efecto sobre nosotros.
