Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 45:15–49:4

El poder de Dios que, por el surgimiento de Ciro, cumpliría su propósito de liberar a aquellos a quienes llama “mis cautivos” (v. 13), solo sería percibido por fe. Por eso, el profeta exclama: “Verdaderamente tú eres un Dios que te encubras” (v. 15, V. M.). Un siervo de Dios ha comentado, con mucha verdad y acierto: «Los caminos de Dios están detrás de las escenas, pero él mueve todas las escenas detrás de las que está».a

Los hombres pueden actuar sin pensar en Dios para lograr sus propios propósitos y, sin embargo, Dios puede estar detrás de sus acciones, vigilándolas, para servir a sus propios fines. Israel debe reconocer a Dios como Salvador, y ser librado de sus ídolos. Esto se logró en parte cuando, por el decreto de Ciro, un remanente regresó a su propia tierra; porque después de aquella liberación el demonio de la idolatría fue expulsado de ellos, y externamente sirvieron al Dios de sus padres. Pero la salvación eterna (mencionada en el versículo 17) aún no es de ellos. Cada “salvación” tal como se les ha concedido hasta ahora solo duró un tiempo. Cuando esta llegue por la venida de Cristo permanecerá “en un mundo sin final” (K. J. V.), o por “los siglos de la eternidad” (V. M.).
Esta salvación prometida está garantizada más solemnemente en los versículos 18 y 19 por Dios mismo, que es el Creador. Como Creador, él había formado la tierra para que la humanidad habitara en ella. No la creó “vacía” o “en vano” (V. M.); en alusión indudable a Génesis 1:2, donde la tierra se hallaba en una condición descrita como “sin forma” o “vacía”, empleándose allí la misma expresión que aquí. Cuando la tierra, después de su creación original, había venido a estar vacía, él la ajustó a forma y orden del uso del hombre. El que había hecho esto garantizaba ahora la salvación de Israel. Él lo prometió abiertamente y en justicia. Esto aseguraba que la salvación, cuando llegase, se llevaría a cabo de una manera justa; así como la justicia en la que cada creyente, ahora, está ante Dios se lleva a cabo sobre un fundamento justo.

De modo que, el llamamiento de Dios a la simiente de Jacob no había sido en vano. Pero no solo Israel está a la vista, sino también los gentiles, como lo muestra el versículo 20. El llamamiento es a los que han “escapado de las naciones”; lo cual muestra que el juicio caerá sobre las naciones; y solo los que escapen de él entrarán en la bendición prometida, al igual que solo el remanente de Israel será salvo. Las naciones habían estado llenas de idolatría, orando a “a un dios que no puede salvar”, por eso son llamadas, para que ellas conozcan a un Dios el cual sí puede salvar.

Los versículos 21 a 25 proporcionan una notable profecía del Evangelio, como este se despliega en Romanos 3. Contra el oscuro trasfondo de la idolatría, el Señor se presenta como “un justo Dios y un Salvador”. La ley lo había revelado a Israel como un justo Dios que juzga todos sus caminos. Solo en el Evangelio se declara que él es un Dios que salva en justicia. Cristo ha sido “puesto... como propiciación mediante la fe en su sangre, para declarar... en este tiempo, su justicia; para que él sea justo, y el justificador de quien cree en Jesús” (Romanos 3:25-26, K. J. V.). En nuestro capítulo, no solo se unen la justicia y la salvación, sino que también se indica la fe; aunque no se menciona, porque la forma en que la salvación ha de hacerse efectiva se declara: “Mirad a mí” (v. 22). No se exigen obras de la ley, sino la mirada de la fe. En efecto, más allá de toda contradicción, en una emergencia miramos a alguien en quien nosotros creemos y, por lo tanto, en quien confiamos. Y de nuevo, el llamado va mucho más allá de los límites de Israel, porque cualquiera que esté hasta en “los términos de la tierra” puede mirar y ser salvo. En Romanos 3:21, esta justicia de Dios, aparte de la ley, se dice que es “testificada por la ley y los profetas”, y los versículos que estamos considerando son, indudablemente, un elemento del testimonio proporcionado por los profetas.

El versículo 22, por eso, expresa una invitación a la fe, aunque el versículo 23 muestra que Dios en su majestad debe ser reconocido por todos; sin embargo, muchos no han respondido a la invitación en fe. ¿Y cómo se llevará a cabo el doblar de toda rodilla y el jurar de toda lengua? Filipenses 2:10-11 responde a la pregunta de manera concluyente. La Persona de la Divinidad, ante quien se harán universalmente la reverencia y la confesión, no es otro que el Señor Jesús; quien cumplió la justicia por su obediencia hasta la muerte. La justicia y la fuerza son encontradas solamente en él –y como dice el último versículo– es “la descendencia de Israel” la que se gloriará en él como un pueblo justificado. Muchos que son “la descendencia de Jacob” conforme a la carne, no son “la descendencia de Israel” conforme a Dios.

Antes de dejar este capítulo, note cómo (en la última parte de él) se enfatiza, una y otra vez, la aclamación exclusiva de Dios. Fuera de él no hay “no hay ninguno” (v. 21). La fe de Cristo y del Evangelio que la proclama, tienen hoy precisamente esta exclusiva aclamación, como atestiguan en sí escrituras tales como Juan 6:68; Juan 14:6; Hechos 4:12; Gálatas 1:8-9. Existen hoy quienes irían detrás del budista o del confuciano reconociendo a sus religiones como caminos hacia Dios, mientras declaran que el “cristianismo” solo les ofrece un camino un tanto superior. Haciendo esto, éstos se acercan a la maldición apostólica de Gálatas 1:8 (si ya no están efectivamente bajo ella), mientras evaden el oprobio que el Evangelio conlleva. Esto es la exclusiva declaración, inherente al Evangelio, la cual provoca la oposición.

Los versículos que abren el capítulo 46 retoman el tema que recorre estos capítulos: la persistente idolatría del pueblo. Bel y Nebo eran dos de los ídolos de Babilonia; y el profeta ve las imágenes que representan a estos ídolos colocadas sobre unas bestias listas para huir, precisamente como al principio del último capítulo había visto a Ciro tomando la ciudad. La palabra traducida por “carruajes”, refiere a las “cosas levantadas para ser cargadas”, no al transporte en sí sobre el que son puestos.

Así, los versículos 1 y 2 son realmente irónicos. Aquellas imágenes pesadas se pusieron sobre los lomos de los bueyes, estas se tambalearon y finalmente se colapsaron; fueron incapaces de poner a salvo a los dioses. Bel y Nebo ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos, ¡mucho menos a alguien que confiara en ellos!

De ahí la apelación de los versículos 3 y 4. Nótese que esto se hace a “la casa de Jacob”, en contraste con “la descendencia de Israel”, mencionada anteriormente; incluso si, entre ellos, fuese hallado un remanente de la casa de Israel. En contraste con los dioses babilónicos (que tenían que ser llevados sobre los lomos de bestias cansadas de manera tan ineficaz), aquí hay uno que sostendría y llevaría –desde su nacimiento hasta las canas de la vejez– a aquellos que confiaran en él; uno que nunca los decepcionaría, sino que los liberaría. ¡Qué gran contraste!

El contraste existe alrededor nuestro hoy. Sigue siendo una pregunta pertinente: ¿Sigues tu camino cargando con las cosas que tú idolatras; o tu Dios te carga a ti? Los ídolos del mundo moderno (que hablan nuestra lengua) no son imágenes, sino cosas más sutiles, como: el dinero, los placeres, las lujurias; sin embargo, a medida que la vida llega a su fin, ellos te decepcionan. El Dios, a quien nosotros conocemos, revelado en nuestro Señor Jesucristo, nos carga hasta el final, porque estamos en el brazo del amor nunca nos dejará ir.

Por lo tanto, como declara el versículo 5, Dios sobresale solo, más allá de toda comparación con cualquier otro. Este hecho se apoya por una adicional referencia a las locuras inherentes a la idolatría. Aquí hay hombres postrándose y venerando a un dios creado por sus propias manos; que es un objeto inmóvil, incapaz de moverse, hablar o salvar. Y he aquí al verdadero Dios, quien actúa, habla, y anuncia las cosas que en el presente vendrán a suceder. El “ave de rapiña” (V. M.) o “de oriente” (46:11, K. J. V.), es sin duda otra alusión a Ciro, a quien él levantará para ejecutar su propósito en un futuro cercano. De este modo, lo que era relativamente cercano –tal como lo era aquella profecía– pasa al propósito último de Dios, que era distante. Por fin Dios pondrá salvación “en Sión”, lo cual habla de su intervención misericordiosa, y del Israel redimido que la disfrutará: en adelante mostrará la gloria del Dios, quien ha realizado esto.

Isaías 46 comenzó con una profecía de los dioses babilonios cayendo en ruina y cautiverio. Isaías 47 de principio a fin pronuncia juicio sobre Babilonia misma. Precisamente como la mística Babilonia de Apocalipsis 17 y 18 es presentada como una mujer también aquí, solo que el panorama no es tan oscuro. Por ejemplo, aquí se refiere a Babilonia como “virgen hija” (v. 1), y no como “la gran ramera”, ni como “madre de las rameras”. Este es un pensamiento solemne: la Babilonia mística, a la cual un cristianismo apóstata está exaltando, es más obscena ante los ojos de Dios que la literal Babilonia de tiempos del Antiguo Testamento.

La antigua Babilonia fue ciertamente durante un corto periodo “la señora [o amante] de reinos” (v. 5), pero su caída está anunciada. El versículo 6 nos parece muy notable, ya que las cosas que se alegan contra ella no habían ocurrido realmente, y no sucedieron hasta los días de Nabucodonosor. Entonces, la ira de Dios contra los males de su pueblo los condenó a ser llevados y su herencia contaminada por el templo siendo destruido. Dios permitió esto. El monarca babilónico hizo esto con mano pesada, y sobre Babilonia vendrá la pesada mano del juicio de Dios, un día, cuando sea ejecutada “la venganza de Jehová nuestro Dios, la venganza de su Templo” (Jeremías 50:28, V. M.).

Así pues, Isaías profetizó lo que Babilonia haría a Jerusalén un siglo antes que esto suceda; y anunció también cómo sería derrocada Babilonia más tarde, puesto que Dios es “nuestro Redentor... el Santo de Israel” (v. 4). Él habló también de la forma inesperada en que la destrucción vendría sobre ellos, como vemos en el versículo 11 (el cumplimiento de lo que nosotros encontramos en Daniel 5).

El versículo 13 habla de los hombres que practicaban las artes oscuras del espiritismo, en las cuales confiaba Babilonia, puesto que esa ciudad era aparentemente el hogar original de la idolatría, lo que significa la veneración de poderes demoníacos. Todos esos poderes malignos colapsan cuando Dios actúa en juicio. Pero creemos que es esta característica la que explica que Babilonia (más que cualquier otra ciudad antigua) sea llevada al Apocalipsis con una aplicación espiritual. Porque de esta Babilonia leemos que “ha venido a ser albergue de demonios, y guarida de todo género de espíritu inmundo” (Apocalipsis 18:2); y, de nuevo: “con tus hechizos fueron engañadas todas las naciones” (v. 23).

Habiendo pronunciado juicio contra Babilonia, la profecía se vuelve, otra vez, en Isaías 48, a “la casa de Jacob, que sois llamados del nombre de Israel”. El hecho de que a ellos se los encarara así constituía un regaño. Israel fue el nuevo nombre dado a Jacob cuando Dios lo bendijo, como aprendemos por Génesis 32:28. ¡El pueblo demandaba el nuevo nombre!, pero mientras mostraba todos los feos rasgos del viejo astuto e intrigante Jacob. Externamente dieron culto de labios a Dios y se aferraban a la ciudad santa y al Dios de Israel, mas sin autenticidad. Ellos se engañaban a sí mismos, pero no a Dios; porque él vio que “no en verdad, ni en justicia”.

Este tipo de cosas siempre ha sido una gran trampa para el profesante pueblo de Dios. Lo que llegó al colmo particularmente entre los fariseos, cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, y sus más perspicaces palabras de denuncia fueron dirigidas contra ellos. Esto hoy es muy frecuente, pues 2 Timoteo 3:5 muestra que “una apariencia de piedad” puede encubrir una abominable depravación. Que cada lector de estas líneas –así como el escritor– tenga cuidado con esto. La pretensión espiritual es una trampa peculiar para los que están bien instruidos en las cosas de Dios, porque éstos saben qué es correcto, apropiado y hasta qué hermosas cosas decir, y pueden expresarlo mucho, sin nada de corazón ni autenticidad.

Así que, los primeros ocho versículos de este capítulo están llenos de solemnes palabras de denuncia y advertencia. Aquí estaban ellos, teniendo tratos con sus ídolos (como indica el versículo 5), y atribuyéndoles el crédito por cualquier cosa favorable que sucediera, al tiempo que todavía profesaban servir a Dios. Y, todo el tiempo, Dios podía anunciar y mostrar las cosas pasadas, y luego repentinamente efectuarlas, como afirma el versículo 3. El hecho fue que sus oídos estaban cerrados a la palabra de Dios, por eso no podían escucharla. Estaban afectados por la deslealtad y la transgresión, como declara el versículo 8.

Una vez más, los obstinados pecados del pueblo quedan expuestos. ¿Y entonces qué? En el momento exacto en el que podríamos haber esperado más anuncios del juicio venidero, Dios declara lo que se propone hacer a causa de su propio Nombre y alabanza. Él pospondrá su ira y no los cortará por completo; sin embargo, él los hará atravesar el horno de la aflicción. Él considerará no solo su bien definitivo como nación, sino también su propia gloria y el honor de su propio Nombre.

En el versículo 12 el mismo Dios todavía es él que habla. Se presenta a sí mismo diciendo: “Yo soy” (o, “Yo soy EL MISMO”, versión francesa de Darby) porque este es –en realidad– un nombre de Dios. Él no solo es “el PRIMERO”, sino también “el ÚLTIMO”. Cuando llegamos al libro del Apocalipsis (1:17 y 22:13), encontramos al Señor Jesús reclamando estas augustas denominaciones para sí mismo; y, en verdad, podemos distinguirlo como El que habla en el pasaje del Antiguo Testamento que tenemos ante nosotros, pues fue su mano la que “fundó la tierra” (v. 13), y “extendió los cielos” (K. J. V.), como nos asegura Hebreos 1:2. Aquel que había obrado así en la creación no dejaría de realizar su propósito y complacencia sobre Babilonia y los caldeos, y en favor de su pueblo.

Podemos distinguir al mismo que habla en el versículo 16. Quizá haya habido una aplicación más inmediata de los versículos 14 y 15 a Ciro, quien estaba destinado a derrocar a Babilonia, y conceder un respiro a los judíos. Sin embargo, el cumplimiento pleno y duradero se encuentra solamente en Cristo, quien es el enviado del Señor Dios; y esto, si leemos el final del versículo 16: “Jehová el Señor me ha enviado, y también su Espíritu”. En el evangelio de Juan se presenta, particularmente, al Señor Jesús como “el Enviado”. En los Hechos tenemos el envío del Espíritu. Podemos llamar a las palabras finales del versículo 16 un indicio preliminar de la Trinidad, aunque la auténtica revelación de esto aguardó los días del Nuevo Testamento.

Habiendo sido anunciada así la venida de Cristo, el “único Santo de Israel” es presentado como redentor y el único que finalmente enseñará y guiará al pueblo por el camino que será para su provecho y bendición (aunque, por el momento, no estaban prestando atención a su Palabra). La bendición que ellos se estaban perdiendo por su falta de atención y desobediencia se describe de manera sorprendente en los versículos 18 y 19. Habría habido paz basada en la justicia. Lo que perdieron entonces, de una manera más material, está siendo ahora proclamado de una manera espiritual en el Evangelio.

Sin embargo, como muestran los versículos 20 y 21, Dios obrará en los días venideros para redimir a Israel de sus enemigos, y hará por ellos de nuevo lo que una vez hizo cuando, bajo Moisés, los condujo a través del desierto, y hasta la tierra.

Pero esto no significa que Dios vaya a soportar el mal, ni mucho menos. Para alcanzar la bendición, Israel debe ser liberado de su pecado; puesto que “no hay paz para los inicuos”, como afirma el versículo 22. Este versículo marca el final de una sección distinta (los primeros 9 de los 27 capítulos finales) en la cual la principal ofensa que se alega contra el pueblo es su persistente idolatría. Sobre este oscuro trasfondo, la única luz que está brillando es el anuncio de la venida de Cristo.

Entonces, al comenzar Isaías 49 de, y entrar así a la sección central, oímos inmediatamente Su voz en el espíritu de profecía, clamando sobre nosotros para que lo escuchemos. En el evangelio de Juan se nos presenta como “el Verbo”, aquel en quien se expresa toda la mente de Dios; y, en la transfiguración, la voz desde la nube, dijo: “a él oíd”. Por eso no nos sorprende que, proféticamente, diga: “¡Escuchadme!”. Lo que podría sorprendernos (y bien podría sorprender a un lector judío atento) es que dirigiera su llamada a las “costas” y a los “pueblos lejanos”, porque la palabra, entendemos, está en plural, indicando las naciones lejanas, y no al pueblo de Israel. Pero así fue. Y de este modo, al comienzo de esta nueva sección se da a entender que lo que él tiene para decir, y lo que él realizará, será para el beneficio de todos los hombres, y no solo para el pueblo de Israel.

Sus palabras cortarán como una espada, y atravesarán como una flecha cuando salga de la aljaba divina, puesto que aparecerá, como verdadero Siervo de Dios, y el verdadero Israel; es decir, el “Príncipe de Dios”. Como los capítulos anteriores han mostrado, el Israel nacional había sido llamado para servir a Dios, pero había fracasado completamente. Se declara que este verdadero Israel es llamado desde el vientre; hecho una “saeta reluciente” para volar inerrantemente conforme a la dirección, y en él –dice Dios– “me glorificaré” (49:3). Nosotros, ahora podemos decir: En quien él ha sido glorificado, y en quien todavía será glorificado de una manera suprema y pública.

Y luego, en nuestro capítulo, viene el versículo 4. ¡Cuántas veces ha sucedido en este mundo caído que los siervos de Dios han tenido que probar la amargura de la derrota y el fracaso aparente! De hecho, parece haber sido más la regla que la excepción. El ejemplo supremo de esto se encuentra en nuestro Señor mismo. Vino a ser, como afirma el apóstol Pablo, “un ministro de la circuncisión, a causa de la fidelidad de Dios, para confirmar las promesas dadas a  los padres” (Romanos 15:8, V. M.); pero fue rechazado por “la circuncisión”, por lo cual su misión –desde ese punto de vista– estuvo marcada por el fracaso. Él se fatigó, mas fue “en vano”. Su fuerza se hizo presente, pero “en balde”. Así fue esto en apariencia, y según el juicio del hombre.

“Pero” –dice el Mesías– “ciertamente mi causa está con Jehová, y mi obra con mi Dios” (v. 4). Su labor, su obra, el ejercicio de su fuerza no fue en vano, porque Dios había confiado a su Siervo una tarea mucho más profunda; más amplia y más maravillosa que la de ser precisamente “un ministro de la circuncisión”, como podemos encontrarlo insinuado en nuestro capítulo, puesto que debemos viajar hasta el Nuevo Testamento para obtener una visión completa de su grandeza.

Hoy hemos sido llevados hasta esa luz plena, para que –con corazones llenos– podamos retomar el pequeño himno que comienza: suyo es  «el nombre de Vencedor»; y seguir cantando: «Por debilidad y derrota, Él ganó la recompensa y la corona; Pisoteó a todos nuestros enemigos bajo sus pies, Por haber sido humillado.»

  • a

    La cita pertenece a John Nelson Darby, y está tomada de sus escritos “Sinopsis de los libros de la Biblia, Apocalipsis, 1.” (Nota del Editor)