Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 53:10–55:13

Hasta aquí, esta gran profecía ha tratado de los sufrimientos y muerte en humillación del siervo de Dios, principalmente, desde el lado humano y visible; ahora se adentra en cosas más profundas, fuera del alcance de la vista humana. Los versículos 10 a 12 anuncian lo que Dios mismo realizó, y qué conseguirá aún por medio de esto.

El santo Siervo había de soportar golpes y aflicciones, y hasta su propia alma fue hecha una ofrenda por el pecado; y todo esto por manos de Dios. Lo que realmente implica todo esto debe estar siempre fuera del alcance de nuestras mentes creadas, aunque estas hayan sido renovadas por la gracia. Incluso que “complació al Señor” hacer esto (v. 10, K. J. V.), puede parecernos una declaración asombrosa; sin embargo, la explicación se encuentra en la última parte del versículo, puesto que los resultados que se obtendrían serían de tamaño valor y maravilla. Un pensamiento paralelo –en relación con el propio Señor Jesús– parece estar en las palabras: “el cual por el gozo que fue puesto delante de él, soportó la cruz” (Hebreos 12:2).

¿Cuáles son los resultados indicados en el versículo 10? Son tres. En primer lugar: “él verá su linaje”. Esto lleva nuestros pensamientos a las propias palabras del Señor registradas en Juan 12:24. Cayendo en tierra y muriendo, como el “grano de trigo”, produce “mucho fruto” (el cual será “según su especie”, si se nos permite tomar prestada y usar la frase que aparece diez veces en Génesis 1). Esto se verá, en su plenitud, en un día venidero cuando: «Dios y el Cordero allí La luz y el templo serán, Y las huestes radiantes para siempre compartirán El develado misterio.»

Cada uno de los miembros de esas huestes radiantes será “su linaje”.

En segundo lugar: “él prolongará sus días” (a pesar de que iba a ser “cortado de la tierra de los vivientes”, como nos dijo el versículo 8). Su resurrección no se afirma con tantas palabras, pero está claramente implicada en esta maravillosa profecía. En resucitada vida, los días de él se prolongan como días de eternidad. Resucitado de entre los muertos, “no muere ya más; la muerte yo no tiene más dominio sobre él” (Romanos 6:9). En esta vida resucitada, su linaje está asociado con él.

Y en tercer lugar: ya resucitado “la voluntad del Señor prosperará en su mano” (K. J. V.). Ha habido hombres devotos que han servido a Dios en gran medida, pero han fallado en muchos detalles. En la mano del Siervo resucitado toda la complacencia de Dios será cumplida por siempre. Tenemos que pasar al Nuevo Testamento para descubrir cuál es esa complacencia, y cómo alcanzará su culminación, en el cielo nuevo y la tierra nuevos de los que habla Apocalipsis 21. La antigua creación, en su aspecto terrenal, fue puesta en manos de Adán solo para ser completamente arruinada. La nueva creación permanecerá en inmaculado esplendor en las manos del Cristo resucitado. La luz de esto brilla en nuestros corazones, incluso ahora; porque, como a veces cantamos: «La alegría inmaculada de la nueva creación Brilla a través de la penumbra presente.»

El versículo 11 nos da otra gran predicción. No solo el Siervo resucitado de Dios cumplirá toda su complacencia, sino que él mismo debe quedar satisfecho al ver el resultado completo constituido como “fruto de la aflicción de su alma”. Nosotros somos criaturas pequeñas, con una pequeña capacidad, de modo que muy poco nos saciará. Su capacidad es infinita; sin embargo, el fruto del esfuerzo de su alma ¡será tan inconmensurable! que lo satisfará. ¿No se regocijan nuestros corazones grandemente de que así va a ser?

La última parte del versículo 11 dice: “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidadas de ellos. En estas palabras, los “muchos” son por supuesto aquellos que por fe le pertenecen a él; estos mismos reciben el doble beneficio: no solo la instrucción sino también la expiación. Una cosa no puede prescindir de la otra; y, gracias a Dios, ambas cosas son nuestras en este día de gracia, como se afirma tan claramente en Tito 2:11-14. La gracia no solamente salva, sino que también nos enseña, eficazmente, a vivir sobria, justa y piadosamente. Lo que es hecho por nosotros hoy se hará también por un remanente piadoso de Israel, en los días que están por venir.

Ahora llegamos al último versículo de este gran capítulo. Tenga en cuenta la primera palabra: “Por tanto”, Dios dice y declara que, por lo que Jesús consumó en el día de su humillación, a él le será asignada una gran porción en el día de gloria. Ahora, el pasaje entero comenzó con la declaración de que “mi siervo” ha de ser grandemente exaltado; lo cual fue seguido por un desafío (en cuanto a quién): “¿quién ha creído [esto]?”, en vista de su humillación, rechazo y sufrimientos. Este último versículo declara: en lugar de que sus sufrimientos en modo alguno sean contradictorios con su exaltación, son ellos el fundamento seguro sobre el que fama y esplendor eternos descansarán. Y ¡todavía más!, lo que ha ganado no es solo para él, ya que repartirá el botín con otros, que son designados “los poderosos”. Las palabras de nuestro Señor, registradas en Mateo 11:12, pueden ser una alusión a esto; pues se necesitaba fuerza para recibirlo, en el momento en que el rechazo a él y a sus declaraciones se alzaba como un maremoto a fin de arrastrarlo todo. La oposición del mundo hoy tampoco es realmente muy diferente para los que hoy reciben a Cristo por fe.

El capítulo concluye con una profecía más sobre la eficacia de su sacrificio expiatorio; unida a un detalle más que tuvo que cumplirse en su muerte. Esto se cumplió cuando ellos lo crucificaron entre dos ladrones, como consta en Marcos 15:27-28. Es notable cómo se enfatiza en este capítulo el alma de Cristo y la conexión con su sacrificio; pues tenemos las dos declaraciones: que Dios hizo de su alma una ofrenda por el pecado, y que también derramó su alma hasta la muerte. En Hebreos 10, el énfasis se pone en su cuerpo –el que fue preparado para él– y que ofreció, como se declara en el versículo 10 de ese capítulo. En cada uno de los cuatro evangelios su espíritu ocupa un lugar prominente. En el evangelio de Juan se dice: él “entregó su espíritu” (Juan 19:20). Entonces, no es de extrañar que los pecados de aquellos “muchos” (que son los que creen en él) hayan sido cargados por él, y eliminados para siempre.

Al terminar el capítulo, uno se pregunta con asombro: ¿Cómo podría Isaías haber escrito palabras como éstas –siglos antes de que se cumplieran en Cristo– excepto por directa inspiración del Espíritu de Dios?

El capítulo 54 de Isaías procede a desarrollar los resultados para Israel de los sufrimientos de su Mesías, y la primera palabra es: “Canta”. Hay una anotación al Salmo 65:1 que enfatiza “silenciosa [sosegada]”: “A ti es silenciosa la alabanza en Sión” (K. J. V.). Hoy, en verdad, es así. Pero se acerca el tiempo en el que –como uno de los frutos que brotan de la muerte sacrificial de Cristo– Israel (el verdadero Israel de Dios) prorrumpirá en cánticos. Así, ese pueblo que fue tan estéril e infructuoso bajo la ley (cuando sobre esta base, externamente, tuvo por esposo a Dios), no solo se alegrará, sino que será abundantemente multiplicado y bendecido.

Se utilizan figuras gráficas del lenguaje para exponer esto. Su tienda debe ser extendida, sus cuerdas estiradas, y sus estacas reforzadas. La resistencia de las estacas depende mucho de la naturaleza del suelo en el que son puestos. Cuando Israel puso sus estacas [su sostén] en la ley, éstas cedieron casi al mismo tiempo. Pero, clavadas en la gracia de Dios –que encontrará su expresión en la muerte expiatoria de su Mesías– serán fuertes por siempre.

El único que será su “Marido”, será su “Hacedor” –como Dios de los ejércitos– y también su “Redentor” –como el Santo de Israel–, y será reconocido como el Dios de toda la tierra. Las naciones gentiles (las que rodeaban a Israel) se inclinaban a considerarlo como el Dios propio de Israel, mientras cada una tenía sus propios dioses; e incluso en Daniel, cuando se consideraban las naciones gentiles, él es presentado como “el Dios del cielo”. En el día milenial será reconocido como el Dios de toda la tierra, aunque su centro estará en Israel.

¡Cuán sorprendentes son los contrastes que encontramos en los versículos 7 a 10! Este tiempo en el que Israel es “lo-ammí” [no mi pueblo] (Oseas 1:9) abarca más de dos mil años; puede parecerle largo, pero es “un breve momento” para él7. Cuando, finalmente, ellos sean reunidos, será con “grandes misericordias” dispensadas con justicia; ya que el humilde siervo de Dios ha llevado sus iniquidades. Ponga atención también en la palabra “misericordias”, porque ningún pensamiento de mérito entrará en su bendición. Esto se corrobora plenamente en Romanos 11:30-32.
Una vez más, el judío, a nivel nacional, yace bajo ira. Y esto yace sobre ellos “hasta el extremo”, como dice Pablo en 1 Tesalonicenses 2:16. Sin embargo, vista a la luz de la misericordia venidera, esta se ve como “un poco de ira”, y la bondad que a él le será extendida por misericordia será “eterna”. De ahí que se citen “las aguas de Noé” (v. 9); porque así como (cuando terminó aquel juicio) Dios prometió que tal juicio no volvería a repetirse, de este modo, Israel estará más allá del juicio para siempre.

El versículo 10 revela el fundamento de esta seguridad. Habrá sido establecido un “pacto de mi paz”; basado en el hecho de que “el castigo de nuestra paz” (Isaías 53:5) fue asumido en la muerte de su Mesías. Este pacto de paz será –sin duda– idéntico al “Nuevo Pacto” que Jeremías profetizó en Jeremías 31. Los detalles están allí, pero el fundamento justo sobre el cual descansarán los acabamos de ver, revelados a través de Isaías. Nosotros también podemos recordar la palabra del Nuevo Testamento: “la sangre del pacto eterno” (Hebreos 13:20).

Los versículos que cierran este capítulo revelan algunas de las bendiciones que serán la porción de Israel cuando se establezca el pacto. Los versículos 11 y 12 pueden hablar de favores de tipo material, pero el versículo 13 indica bendición espiritual. Todos los hijos verdaderos de Israel serán enseñados por Dios, y ya que su enseñanza es de tipo eficaz, su paz será grande, porque esta se fundará en la justicia, como indica el versículo siguiente.

Adversarios habrá, y ellos se reunirán a una para perturbar la paz, si esto fuese posible. Desde antiguo, Dios usaba adversarios para castigar a su pueblo, pero (en aquel día que ahora es contemplado) su reunión será “no por mí”, y esto solo resultará en su propio derrocamiento. Cuando Israel se encuentre en la divinamente forjada justicia, no habrá arma ni palabra que prevalezcan contra él. Es notable cómo la justicia se enfatiza aquí, forjada en su favor por el siervo sufriente de Isaías 53. Nos recuerda la manera en que la justicia ocupa el primer plano del testimonio evangélico, como vemos en Romanos 1:17.

Isaías 55 se inicia con un llamado a “todos los sedientos”, y entonces pasamos más allá de los confines de Israel para considerar, en un marco profético, las bendiciones que llegarán a los gentiles mediante la obra del siervo que ha muerto. Vemos ilustraciones de esto en Hechos 8 y 10. La sed del etíope lo llevó a emprender un largo viaje a Jerusalén, buscando a Dios; la sed de Cornelio lo llevó a la oración y la limosna. En ambos casos, buscando agua para calmar su sed, obtuvieron más: incluso, compraron “¡sin dinero y sin precio, vino y leche!”. Y, además, lo obtuvieron inclinando el oído y acercándose a la fuente principal. Ellos oyeron, y sus almas vivieron (tal como dijo el profeta en estos versículos). Así podemos ver cuán sorprendentemente sus palabras predicen el Evangelio que hoy conocemos. De modo que, incluso los gentiles, han de gozar de las bendiciones del “pacto eterno”.

Predicando en la sinagoga de Antioquía, el apóstol Pablo citó las palabras: “las misericordias segurísimas prometidas a David” (v. 3), y a estas las relacionó con la resurrección del Señor Jesús. Estas palabras se refieren también a lo que encontramos en el Salmo 89, particularmente en los versículos 19 a 29. En este Salmo se enfatizan especialmente las misericordias, y “David” es el “Santo” de Dios (v. 19), que será hecho “mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra” (v. 27), y “mi pacto será firme con él” (v. 28). Claramente, el Salmo contempla al Hijo de David, de quien David no fue sino el tipo. Todas las misericordias del Salmo solo se verificarán en Cristo resucitado de entre los muertos. Lo más importante de esas maravillosas misericordias son el perdón de pecados y la justificación de todas las cosas; que Pablo predicó en Antioquía, y a las que respondieron tan bien los gentiles (como consta en Hechos 13).

Los gentiles definitivamente están en vista también en el versículo 4, ya que la palabra “pueblo”, que aparece dos veces, debe estar en plural. El santo Siervo de Dios, resucitado de entre los muertos, es dado como “testigo a los pueblos, por caudillo y comandante a los pueblos”. Como testigo, él da a conocer a Dios a los hombres. Y como caudillo y comandante, somete a los hombres a Dios. Esto se verá plenamente en la era venidera, cuando “los hombres se bendecirán en él; ¡todas las naciones le llamarán bienaventurado!” (Salmo 72:17). Pero lo mismo, en principio, se realiza hoy, cuando hombres de mil pueblos diferentes escuchan el Evangelio; y descubren en Jesús a aquel que ha sido hecho Señor y Cristo. Que cada lector se deje interpelar su propio corazón. ¿He recibido plenamente su testimonio? ¿Él es, en verdad, caudillo y comandante de mi vida?

Si bien el versículo 1 hace un llamado a todos los sedientos; y el versículo 2 presenta un argumento, destinado a reforzar el llamamiento, y el versículo 3, una invitación a la vida y a la misericordia; los versículos 4 y 5 también hacen anuncios muy definidos. Solo el anuncio del versículo 4 se dirige a los hombres, mientras que en el versículo 5 encontramos el anuncio de Dios a su siervo (resucitado de entre los muertos) declarando en diferentes términos lo que se había dicho en Isaías 49:6. Esto tiene una definida aplicación para la presente era, en la cual Dios está visitando a las naciones y tomando de ellas un pueblo para su Nombre; y esto está vinculado en nuestro versículo con su gloria presente. Su pueblo estará dispuesto en el día de Su poder, como predice el Salmo 110, salvo que, en el día de hoy, muchos de entre las naciones están corriendo hacia él, incluso mientras él es glorificado en las alturas.

A continuación, el versículo 6 ofrece lo que podríamos llamar una palabra de consejo, seguida en el versículo 7 por una palabra de seguridad. Hay un tiempo en que cual, Dios está cerca y puede ser hallado por gracia; y hay un tiempo en que él se retira de la escena para actuar en juicio. ¿Cuán a menudo se pronuncian estas palabras cuando se predica el Evangelio? porque el día de la salvación es AHORA. La seguridad es que, si alguien –por malvado que sea– se vuelve al Señor arrepentido, hay misericordia para él. El arrepentimiento genuino conlleva, precisamente, abandonar los propios pensamientos y caminos. La fe, lo sabemos, también es necesaria, pero cuando Isaías escribió sobre Cristo, el gran objeto de la fe (aunque anunciado) no fue revelado. Por consiguiente, la fe no se pone adelante en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.

Sin embargo, es cierto que, en todo momento que el alma regresa arrepentida, encuentra misericordia; y aquí, el ofrecimiento no es solo de misericordia sino de perdón en medida abundante. Como dice el texto hebreo, él se “multiplicará para perdonar” (v. 7, K. J. V.). Tal es la liberalidad y la plenitud de la misericordia divina para los arrepentidos de verdad.

Ahora bien, todo esto no está de acuerdo con los pensamientos y los caminos de los hombres, como bien lo sabía Dios. De ahí lo que tenemos en los versículos 8 y 9. En efecto, toda esta magnífica profecía concerniente a la muerte y resurrección de Cristo, y los gloriosos resultados derivados de esto, es totalmente opuesta a los pensamientos y caminos humanos. Cristo, cuando vino, no tenía nada que atrajera a los pensamientos y caminos humanos, como se menciona en los versículos del comienzo del capítulo 53. Y lo qué era verdad en él personalmente es igualmente verdad de todos los caminos de Dios y de sus pensamientos, expresados de aquella manera.  

¡Pero qué lástima! El hombre caído está centrado en sí mismo, y prefiere a los de Dios sus propios pensamientos y caminos, ignorante del pavoroso abismo que hay entre ambos; representado como la diferencia entre la distancia entre los cielos y la tierra. En estos días, en los que los gigantes telescopios revelan la altura inimaginable de los cielos, en contraste con nuestra pequeña tierra, quizá nosotros podemos darnos mejor cuenta de esto. Los pensamientos de Dios se revelan en sus propósitos, con los cuales sus caminos son consistentes. Ahora que estos han salido a la luz, en conexión con el Evangelio, ellos forman un libro de lecciones para los ángeles, como se muestra en 1 Pedro 1:12.

Además, aparte de los pensamientos y los caminos de Dios, está su palabra; por medio de la cual él da a entender cuáles son sus pensamientos y sus caminos. El versículo 10 nos asegura su efecto benefactor. Así como la lluvia que desciende del cielo trae consigo vida y fertilidad en la naturaleza, haciendo que el trabajo del hombre fructifique para su bien, de igual modo, la palabra de Dios actúa de manera espiritual. Recibida en el corazón, es fructífera, en vida y bendición. Y no solo esto, sino que ella está llena de poder, y nunca falla en el efecto que Dios se propone, ya sea en gracia o en juicio. Esto fue ejemplificado en el Señor Jesús mismo. Ninguna palabra suya jamás cayó infructuosa en tierra, porque él era la Palabra viva. Esto es igualmente cierto de la palabra escrita de Dios. Se dice del hombre bienaventurado del Salmo 1 que “en su ley medita de día y de noche”. ¡Dichosos nosotros! que ahora que tenemos “la palabra de su gracia” (Hechos 20:32), así como la palabra de su ley, si nosotros hacemos también lo mismo.

La gracia venidera de Dios para Israel está a la vista aquí, como lo muestran los dos versículos que cierran nuestro capítulo. La paz que fue anunciada en el capítulo anterior, sería sin falta para ellos, y la alegría también. Incluso la creación se regocijará cuando el día milenario haya llegado. Esto es garantizado aquí por la palabra infalible de Dios. Cuando nos volvemos a una escritura como Romanos 8, se nos dice cómo la creación será liberada de la esclavitud producida por el pecado del hombre, y llevada a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, y nosotros somos conducidos (más allá de lo que será verdad para Israel) hasta la magnitud de los pensamientos de Dios para toda la creación.
Así, a lo largo de todo el maravilloso pasaje que hemos tenido ante nosotros, podemos notar que aquello que los profetas manifestaron en forma germinal llega a su plena revelación en el momento en que Cristo viene, muere, resucita y asciende a la gloria; el Espíritu Santo fue dado para tomar de las cosas de Cristo y mostrárnoslas. ¡Que tengamos corazones que reciban y aprecien el valor único de estas cosas!