Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 28:1–35:10

Habiendo registrado la profecía de la reunión en Jerusalén proveniente de las tierras de aflicción de un remanente, que adoraría al Señor, el profeta vuelve otra vez a la denuncia del estado existente del pueblo. En el capítulo 28, se presenta en primer lugar ante él Efraín, es decir, las diez tribus, en los versículos 1 a 13. Aun siendo degradados a ebrios, llevaban la soberbia como corona (“la orgullosa corona de los borrachos”, v. 1). Contra ellos el Señor traería “un fuerte y poderoso”, como una devastadora tormenta o inundación; sin duda el ejército asirio.

Aun así, debería encontrarse un “remanente de su pueblo” que no poseyera una corona de soberbia, sino una corona de gloria en el Señor mismo (v. 5). Aunque casi todos los del pueblo estaban “trastornados por el vino” y “tropezaron en el juicio” (v. 7), éstos deberían ser como los niños pequeños (v. 8-9), que aprenden poco a poco, paso a paso.

El profeta continúa mostrando que, aunque Dios condesciende a tratar de esta manera sencilla a la masa del pueblo, incluso hablando en “lengua de tartamudos, y en extraña lengua”; ellos, aun así, ¡se niegan a escuchar! entonces, son quebrantados. El Apóstol Pablo refiere a este pasaje en 1 Corintios 14:21-22, para mostrar que las lenguas son una señal para los incrédulos, y no para los creyentes.
Luego, en el versículo 14, el mensaje profético pasa de Efraín a los varones escarnecedores, que gobernaban las dos tribus de Jerusalén. Éstos habían hecho pactos y formado alianzas y, por tanto, se sentían independientes de Dios. Su alianza con algún poder o poderes mundanos –probablemente Egipto– era, en realidad, un acuerdo con la muerte y el infierno. Todo era falso, y no se sostendría. Lo que permanecería sería la propia obra de Dios, la cual se cumpliría en el Mesías venidero.

El versículo 16 es citado por el apóstol Pedro en su primera epístola (1 Pedro 2:6), y Pablo alude a ella en Romanos 10:11. El viejo Jacob, al morir, aludió a Cristo como “la Roca de Israel” (Génesis 49:24), y aquí también él es visto en conexión con Israel. En 1 Pedro descubrimos que, lo que será verdad para ellos en el día venidero, tiene para nosotros una aplicación hoy. Cristo fue, en verdad, probado en su primera venida, y revelado como el fundamento seguro. Aunque él aún no se ha manifestado como la piedra angular, su preciosidad es la porción de los que creen, como nos dice Pedro. Por lo tanto, no debemos “apresurarnos”, ni en alarma ni en confusión (la traducción del Nuevo Testamento de esta palabra es “avergonzado” y “confundido”). Note también que esta maravillosa roca es colocada en Sion, lo cual es un símbolo de Dios actuando en su misericordia.

Pero mientras la misericordia trae un sólido fundamento en bendición para el creyente, para el incrédulo –en cambio– implica juicio, como muestran los versículos subsiguientes. “También pondré el juicio por cordel, y la justicia por plomada” (v. 17). Esto resulta en que el granizo del juicio de Dios arrase los refugios de la mentira y los pactos con la muerte que hacen los hombres. Esto sucedió para Israel poco después de los días de Isaías; y sucederá a escala mundial al final de esta era; aunque se declare que el juicio es la “extraña obra” de Dios (v. 21).

Los últimos versículos de nuestro capítulo hablan de los implacables juicios de Dios, descritos como una “destrucción ya determinada sobre toda la tierra”; entonces, ellos no deben limitarse solo a Israel. Esto muestra que el fin de la era está principalmente en vista, y la figura usada en los versículos 23 a 29, indica que la cosecha del juicio que ha de recogerse es el resultado del arado y la siembra que ha sido precedido por parte del hombre.

El capítulo 29 continúa esta solemne palabra. La ciudad donde habitó David fue una vez ‘Ariel’, que significa “el león de Dios”, pero iba a ser abatida. Aunque Ezequías, un rey piadoso, estaba ya en el trono, o pronto subiría a él, el estado del pueblo era como se describe en los versículos 9 a 13. Sus ojos estaban cerrados a Dios y a su palabra. Ni los doctos ni los ignorantes se referían a su palabra; todo su temor de Dios era solo “mandamiento de hombres” (v. 13) “que se le ha enseñado”. En consecuencia, su religión era mera profesión de labios, sin realidad de corazón, y por lo tanto una ofensa a Dios. No es de extrañar que el juicio viniera de la mano de Dios.

Y así esto debe ser siempre. Encontramos al apóstol Pablo haciendo mención a esta escritura en Hechos 13:41, donde hablaba de profetas, en plural; por tanto, no tenía a Habacuc 1:5 solamente en mente. Si los hombres cierran los ojos a la luz y ponen las cosas patas para arriba, ellos deben cosechar el fruto de sus caminos. ¿Cuánto de la religión de hoy es precisamente una cuestión de acercarse a Dios con la boca mientras el corazón está lejos de él? Juzguémonos cada uno de nosotros en cuanto a este asunto.

Aunque el juicio contra Ariel se ejecutó poco después de los días de Isaías, ahora los términos de la profecía van mucho más allá; pues la destrucción de sus enemigos se anuncia claramente en el versículo 7, y de nuevo sobre el final del capítulo. El adversario será juzgado, y aquellos que, de entre ellos, se desvelan para hacer iniquidad y los que hacen cometer una ofensa al hombre —aunque sea de palabra— serán destruidos. Esto solo sucederá al final de la era; y entonces el nombre del Dios de Israel será temido y santificado; y los extraviados serán correctamente enseñados. 

Pero, en ese momento, el pueblo debía ser llamado “hijos rebeldes” (capítulo 30, v. 1); y el profeta recurre a lo que estaban haciendo en ese tiempo. Dijo de ellos: “que toman consejo, mas no de mí, que ratifican pactos, pero sin mi Espíritu” (V. M.). Confiaban en Egipto, en vez de volverse al Señor; y se les dice claramente que Egipto será una vergüenza y un oprobio, en vez de algún provecho para ellos. Esto fue bastante malo, pero en los versículos siguientes encontramos algo peor. El pueblo no quiso escuchar la palabra del Señor. La profecía verdadera no la toleraban. Querían, y solo escucharían, palabras “agradables”, aun si fuesen “engaños”. Las palabras que eran “correctas”, ellos las rechazaban. Así que, cuando el Señor les dijo que se salvarían volviendo a él, y descansando en él; y que su fuerza se encontraría consecuentemente en la quietud y confianza en él, ellos dijeron, no (v. 15). Prefirieron huir sobre caballos —por lo cual Egipto era famoso. Como un resultado, el juicio debía caer.

Esta confianza en Egipto era especialmente ofensiva para Dios, ya que de ese gran pueblo él los había librado mediante sus juicios, al comienzo de su historia nacional. Es igualmente ofensivo para Dios si el cristiano, que ha sido liberado del sistema de este mundo y de su juicio venidero, regresa a esto; confiando en su poder o en su sabiduría, en vez de encontrar su recurso en Dios cuando surgen las emergencias. Egipto tenía sus placeres y sus tesoros, de los cuales Moisés se apartó. Pero ellos simbolizan las cosas que no son para el creyente.  

En el versículo 18 de nuestro capítulo suena una nota diferente, que continúa hasta el final. El Señor habla de la misericordia que aún les será mostrada, puesto que se deleita en ella. Justo cuando todo parece perdido y son dejados como un solitario “palo alto en la cumbre de un monte” (V. M.), se mostrará misericordia; y, como leemos en los versículos 18 a 33, aunque el Señor los afligirá en su santa soberanía, él los guiará finalmente. De modo que, cuando se desvíen a la derecha o a la izquierda, él dirá: “¡Este es el camino, andad en él!” (v. 21). Entonces, ellos desecharán los ídolos que alguna vez amaron.

Se asentará entonces la prosperidad; pero los detalles de los versículos 25 y 26 van mucho más allá de cualquier cosa ya realizada, y por lo tanto miran hacia los últimos días. Así también los tremendos juicios sobre las naciones, de los versículos 28 y 29, harán que se eleve el cántico y se guarde la santa solemnidad en “el monte de Jehová”, que será conocido como el Fuerte de Israel, o “la Roca de Israel” (v. 29).

Los versículos finales son notables. Tofet era un valle cercano a Jerusalén, contaminado por horribles prácticas paganas (2 Reyes 23:10; Jeremías 7:31-32). De modo que éste se convierte en símbolo de un juicio ardiente. No solo será arrojado allí el asirio, puesto que “para el rey también está preparado” (v. 33). No se especifica quién puede ser este “rey”, pero seguramente es aquel rey obstinado del que habla Daniel 11:36, y que identificamos con la segunda “bestia” de Apocalipsis 13. Este es quien vendrá en su propio nombre, como anunció el Señor Jesús en Juan 5:43; y que será recibido por los judíos apóstatas como su rey. Será el enemigo interior, como el asirio es el enemigo exterior. Mas, el destino de ambos está determinado.

En el capítulo 31, el profeta Isaías vuelve a la denuncia de su propio pueblo que se volvía a Egipto. Desde un punto de vista político, sin duda esto parecía algo prudente para hacer. Sin embargo, esto implicaba alejarse de Dios, apoyarse en lo material e ignorar lo espiritual. Esto es algo muy fácil de hacer, y en nosotros es mucho menos excusable que en ellos. ¡Cuántas veces hemos hecho cosa semejante! Pero, a pesar de este desvío de su parte, el Señor no iba a abandonarlos del todo, como muestran los versículos 4 y 5. De ahí la invitación a volverse al Señor y desechar sus ídolos, lo que era la raíz de todo problema. Si lo hacían, el Señor intervendría en su favor, y los asirios serían destruidos.

Pero ¿cómo se lograría todo esto? El capítulo 32 de Isaías da la respuesta: el Rey debía aparecer, reinando en justicia; y se establecería un nuevo orden. Somos llevados, entonces, nuevamente, con el pensamiento a Isaías 11, en donde Cristo fue presentado como “una vara del tronco” de Isaí, en su humanidad, y como la “raíz” de la que brotó Isaí, en cuanto a su deidad. Él será Rey y, en el versículo 2, se enfatiza especialmente Su naturaleza humana; en consonancia con el hecho de que, como Rey, él está caracterizado por los siete Espíritus de Dios, de quién él es el visible Representante.

En efecto, este mundo ha sido barrido por las tempestades del poder satánico, dado que él es “el príncipe de la potestad del aire”. A pesar de toda la astucia del hombre, ha demostrado ser “un lugar de sequía”, carente de verdadero refrigerio, y también una “tierra de cansancio”; en donde los hombres pasan la vida persiguiendo lo que es vaciedad. La futilidad de los esfuerzos del hombre es diariamente manifiesta, y el clamor de muchos puede resumirse así: ¡Se busca un hombre! El hombre de Satanás aparecerá primero, llevando el mal a un clímax, pero para ser destruido por el hombre del propósito de Dios; el que cumplirá esta palabra. Él introducirá las tres cosas indicadas: salvación, satisfacción y revitalización mas no en una “tierra de cansancio”, sino más bien en una tierra descansada.

Si el versículo 2 da una hermosa imagen de lo que Cristo será como rey, los versículos 3 y 4 revelan que habrá una obra que se realizará en las almas de aquellos que entran en estas escenas del milenio, y que disfrutarán la bienaventuranza del reinado de Cristo. Se convertirán en un pueblo de visión clara, de oídos abiertos, de corazones entendidos y de un lenguaje claro y contundente. Observe el orden. Hoy es exactamente igual. Primero la capacidad de comprensión; luego el entendimiento del corazón; y, por último, la expresión clara de lo que se cree, porque “de la abundancia del corazón habla la boca”.

Sin embargo, el hecho de que la gracia obrará de este modo en los corazones de algunos debe hacer más manifiesto al mal que aún controlará a muchos otros (y de esto hablan los versículos siguientes). Otras escrituras nos muestran que aquellos vendrán bajo juicio, y no entrarán en el reino.

En vista de estas profecías, el profeta hace ahora un llamamiento a la gente de su época, dirigiéndose a aquellos sobre quienes recae la menor responsabilidad. Los hombres de la nación eran los principales responsables, pero también las mujeres eran descuidadas y amantes de la comodidad, y sobre ellas caerían también las penas hasta que Dios intervenga; no solo por Cristo, el Rey que reina en justicia, sino también por el derramamiento del Espíritu de lo alto; de lo cual Joel, en su profecía, habla más específicamente.

Así, en este capítulo hemos reunido lo que será establecido externamente por Cristo como Rey y Salvador, y lo que será obrado internamente por el derramamiento del Espíritu. Entonces, en verdad, se alcanzarán para siempre la paz, la tranquilidad y la seguridad como obra y efecto de la justicia. Estas cosas los hombres buscan hoy, pero no tienen el fundamento seguro sobre el cual ellas se puedan establecer. Llegarán en tiempos futuros; sin embargo, mientras nosotros –los que creemos– esperamos esto, ya disfrutamos de estas cosas en una forma espiritual e individual, por medio en la fe de la obra de Cristo, y por el poder del Espíritu de Dios que mora en nosotros.

Israel conocerá estas cosas aun cuando el juicio caiga sobre otros, como lo indica el versículo 19; y, con esa seguridad, las semillas de la verdad pueden ser sembradas y cultivadas “junto a todas las aguas” (v. 20) con confianza en el resultado final.

Isaías 33, 34 y 35 tienen los mismos temas generales: Los juicios de Dios sobre los enemigos de Israel; sus tratos disciplinarios con su pueblo, llevándolo finalmente a mirarlo a Él; y, entonces, su bendición bajo su mano. Observemos en breves detalles cómo se presentan estas cosas.

En primer lugar, se pronuncia al inicio del capítulo 33 un ay contra algunas personas que pretenden saquear al pueblo a traición. Esto lleva, en el versículo 2, a una conmovedora oración por la intervención del Señor, cuando él será exaltado; y la salvación y la estabilidad se harán realidad. Sin embargo, las desolaciones del versículo 8 precederán a esto; y cuando las calzadas están deshechas, entonces Dios se levantará, y será exaltado para juzgar al enemigo. Pudo haber habido algún cumplimiento de esto poco después de los días de Isaías, pero el cumplimiento completo se espera para el fin de la era, cuándo surgirá un hombre de quien se podrá decir: “Ha anulado el pacto... tuvo en nada a los hombres” (v. 8). Habrá grandes poderes antagónicos en los últimos días.

Luego en el versículo 13 y siguientes aprendemos cuál será el efecto de estos juicios sobre Israel mismo. Tendrán un efecto aventador; separando a los impíos de los justos. Pecadores serán encontrados incluso en Sion, como resultado de su hipocresía; pero estarán expuestos y temerosos del juicio terrible. Mientras tanto, los que son realmente piadosos, que caminan en justicia, morarán en lo alto con seguridad y con las necesidades cubiertas; y además “el Rey en su hermosura” (v. 17) estará delante de sus ojos. El pueblo orgulloso habrá desaparecido; y ellos meditarán sobre el terror que una vez prevaleció, cuando había que contar y pesar sus recursos.

El capítulo cierra con un llamamiento a considerar a Sion y a Jerusalén como finalmente una ciudad de paz imperturbable, de estabilidad inquebrantable. Dios será para ellos como un río ancho y plácido, no perturbado por las naves de guerra de los hombres, las cuales están todas dispersas, según el versículo 23. Los cojos arrebatan la presa; los habitantes son salvados de sus iniquidades y de sus enfermedades, puesto que Dios es Juez, Rey y Salvador. No hace falta añadir que todo esto nunca ha sucedido todavía.

Isaías 34 comienza con un llamamiento a todo el mundo a que preste atención; ya que todas las naciones tienen que enfrentarse a los juicios de Dios, los que alcanzarán incluso al “ejército de los cielos”. Leemos en Apocalipsis 12:7-8 que habrá ese conflicto en los cielos y, como resultado, Satanás perderá su posición allí, y su furia quedará confinada a la tierra. Pero, de una manera muy especial, la espada del Señor descenderá sobre Edom; es decir, sobre la descendencia de Esaú, que está especialmente bajo la maldición.

En el último libro del Antiguo Testamento encontramos a Dios diciendo “a Esaú aborrecí” (Malaquías 1:3), y, uno de los profetas menores, Abdías, está enteramente ocupado con predicciones contra él. Aquí encontramos lo mismo. Se nos dice en el versículo 8 que la venganza cae sobre ellos en recompensa por “el pleito de Sión”. En Sión, Dios eligió tener misericordia de Jacob, mientras que Edom los persiguió con odio eterno, como vemos en el Salmo 83:3-6. Como resultado, caerán sobre la tierra de Edom juicios de especial severidad, y el resto del capítulo 34 nos da los solemnes detalles de esto.

Movimientos preliminares que conducirán a todo esto, están ocurriendo hoy. Israel tiene ahora un pie en su propia tierra; sin embargo entre los miles hay pocos “justos y piadosos”, como lo fue Simeón en la antigüedad (Lucas 2:25). Hay demasiados “pecadores… en Sión” que estarían aterrados. Los hijos de Esaú, y de Ismael, los rodean con ánimo muy antagónico y agresivo. ¿Quién puede decir lo que pronto puede suceder? Pero podemos deducir de esta escritura lo que finalmente sucederá, y cómo Dios intervendrá en el juicio.

Habiendo tenido lugar la intervención divina, la bendición para Israel y la tierra, anunciada en el capítulo 34 de Isaías, se hará realidad. El cuadro es encantador, una deliciosa escena de terrenal bendición. La maldición de Génesis 3:17-18 será levantada, de modo que los mismos desiertos serán abundantemente fructíferos. La venganza de Dios significará para Israel liberación y seguridad. Pero no solo eso, pues ellos mismos serán transformados. Verán espiritualmente, oirán, cantarán con alegría, y todas sus esperanzas se harán realidad.  

La figura del versículo 7 es sorprendente, pues la palabra traducida “lugar seco” significa en realidad “espejismo”; la extraña apariencia de lo que parece ser una laguna en alguna región seca, pero que no es más que una ilusión. La ilusión que el pobre Israel ha perseguido, mientras estaba lejos de Dios, cesará, y un verdadero lago refrescante ocupará su lugar. Hoy bien podemos utilizar la misma figura en el Evangelio, ya que los hombres –de diversas maneras– persiguen una satisfacción y una alegría ilusorias, mientras que la satisfacción permanente está solo en Cristo.

El versículo 8 enfatiza la santidad, que siempre tiene que marcar la presencia de Dios; y el camino de santidad puede ser recorrido por el hombre más humilde, que sería considerado un necio según los estándares del mundo. Podemos agradecer a Dios de que así sea.

La descripción de la bienaventuranza termina con la atractiva imagen presentada en el versículo 10. Los que entren en el gozo y la alegría eternos serán los redimidos de Jehová. Podemos regocijarnos hoy en esta predicción de la bienaventuranza de la Sión terrenal; mientras recordamos con alegría que somos bendecidos con “toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Y “los cielos son más altos que la tierra”, como Isaías mismo nos lo recuerda (55:9).