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El Nombre que congrega
“El que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12:30).
Jesús: “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Tampoco hay otra persona que sea el centro de la reunión de los redimidos (Mateo 18:20). El deseo del Señor también es congregar a sus redimidos alrededor Suyo, para ser su Centro. Pero uno debe tener mucho cuidado para no aplicar estricta y teóricamente las verdades concernientes a la congregación, mientras individualmente deshonra al Señor, lo cual desacredita Su Nombre y Su testimonio, además de ser piedra de tropiezo para los que quieren acercarse.
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The Mackintosh Treasury
La Iglesia, el cuerpo de Cristo
«Dios tiene una Iglesia en el mundo. Así como antaño había una “congregación en el desierto” (Hechos 7:38), hay hoy una Iglesia que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo (Juan 17:16): no hace más que atravesarlo. Hay actualmente en la tierra “un Cuerpo”, en el que habita el Espíritu, unido a Cristo, la Cabeza. Esa Iglesia, ese Cuerpo, está constituido por todos los que creen verdaderamente en el Hijo de Dios, y que están unidos en virtud del gran hecho de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una opinión, o de cierta idea que pueda aceptar o no a gusto de cada cual. Es un hecho divino.
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The Mackintosh Treasury
La persona y la obra de Cristo
Siempre hallamos frescura en cada porción de la Palabra de Dios, pero más especialmente en aquellas partes que nos presentan a la bendita Persona del Señor Jesús; que nos dicen lo que era, lo que hacía, lo que decía, cómo lo hacía y cómo lo decía; que lo presentan a nuestros corazones en sus idas y venidas y en sus inmaculados caminos; en su espíritu, tono y manera, en su mirada y en su gesto. Hay algo en todo esto que domina y atrae el corazón. Es mucho más poderoso que la mera declaración de doctrinas, por importantes que sean, o que el establecimiento de principios, por profundos que sean.
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La progresiva revelación de Dios
“Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad” (2 Crónicas 6:1). Cuando la nube –presencia de Dios– llenó el tabernáculo o el templo, ni los sacerdotes ni el mismo Moisés, en su tiempo, podían penetrar en él, “porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (Éxodo 40:35; 2 Crónicas 5:14). Él “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1 Timoteo 6:16). En otras palabras, él es desconocido en la tierra, permanece inaccesible en la luz celestial. Cuando Moisés desea ver la gloria de Dios, Jehová le responde: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20). Sin embargo, a través de los siglos –como lo dice Pablo a los atenienses– algunos han buscado “si en alguna manera, palpando, puedan hallarle” (Hechos 17:27). Incluso un filósofo griego como Platón no pudo más que «palpar». Era necesario que Dios se revelase.
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¿Quién es Jesús?
Cuando Jesús preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15-16). Se lo había revelado el Padre, y por esta razón es llamado “bienaventurado”. Al final de su vida, sabiendo que en breve debía abandonar el cuerpo (2 Pedro 1:14), el apóstol hace una exhortación muy importante: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (cap. 3:18). De un modo muy simple, y sin duda muy parcialmente, hemos intentado mostrar algunas de las glorias de esta Persona maravillosa, cuya profunda contemplación puede transformar nuestras vidas (2 Corintios 3:18). Mientras estemos en la tierra, nunca podremos escudriñar todo este misterio. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre” (Mateo 11:27). En su oración, el mismo Señor Jesús decía: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Efectivamente, “este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).
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Ver a Jesús por donde anduvo
Al final de su vida en esta tierra el apóstol Juan, aquel a quien Jesús amaba y con quien tenía mayor intimidad que con otros, nos dice con emoción: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:1-4).
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Orientación cristiana
El Espíritu Santo
El lector no dejará de alcanzar la fuerza moral y la aplicación del santo principio, que tenemos el privilegio de que Dios el Espíritu mora en nosotros individual y colectivamente. Así es que en 1 Corintios 6:19, leemos:¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?
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Orientación cristiana
La cena del Señor
Para todo aquel que vive habitualmente en la atmósfera de las Escrituras, le parecerá extraño observar la confusión de pensamientos y la diversidad de prácticas respecto a un asunto tan importante, y que es presentado de un modo tan sencillo y claro en la Palabra de Dios.
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A orillas del Jordán
Juan el Bautista había sido enviado para preparar “el camino del Señor” (Mateo 3:3). En medio de la ruina moral de Israel, un pequeño residuo todavía esperaba al Mesías. Venían a su bautismo, bautismo de arrepentimiento, confesando sus pecados. Juan anunciaba que aquel que vendría después de él sería más poderoso que él; decía que él mismo no era digno de desatar sus sandalias.
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Dios en sí mismo
“Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad” (2 Crónicas 6:1). Cuando la nube –presencia de Dios– llenó el tabernáculo o el templo, ni los sacerdotes ni el mismo Moisés, en su tiempo, podían penetrar en él, “porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (Éxodo 40:35; 2 Crónicas 5:14). Él
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Dios manifestado en carne, en el Nuevo Testamento
“Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16). “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre)” (Juan 1:1, 14).
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Dios se reveló progresivamente
1 Corintios 1:21 nos dice que “el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría”. Pero Dios quiso, por propia iniciativa, revelarse progresivamente.
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El amado Hijo del Padre
Su amado Hijo (Colosenses 1:13)
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El Cristo – El Mesías
Unos jóvenes amigos creyentes nos pidieron una vez que habláramos del tema siguiente: ¿Son una misma persona el Cristo profético, el Cristo histórico y el Cristo vivo? Veamos, pues, lo que nos dice la Palabra al respecto.
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El cuerpo de Cristo
“¿Por qué me persigues?”,
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El Hijo de Dios
Había transcurrido algún tiempo desde la pesca milagrosa, cuando Pedro, de rodillas ante Jesús, le dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). Los discípulos siguieron a su Señor, vieron su poder, su corazón lleno de compasión, sus discusiones con los fariseos y otras sectas judías, y fueron testigos de su rechazo (Mateo 11:20-24;12:14).
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El Hijo del Hombre
En 1 Timoteo 3:16 se nos dice que el misterio de la piedad es grande: “Dios fue manifestado en carne”. En el Antiguo Testamento, Dios se dio a conocer de distintas maneras: por sueños, por visiones, por la aparición de un ángel, por la palabra dicha a los profetas “muchas veces y de muchas maneras” (Hebreos 1:1).
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El ministerio y los dones
Leer 1 Corintios 12; Efesios 4:7-16; Romanos 12:4-8; 1 Pedro 4:10-11. En todos estos pasajes se resalta una cosa primordial: el Señor da. En Efesios, es Cristo quien ha dado; en Corintios, es Dios quien “ha colocado” en la Iglesia; en Romanos y en 1 Pedro se tienen dones de gracia diferentes.
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El que “estaba sentado en el trono”
La más grande esperanza del creyente es la de ver al Señor Jesús “tal como es”; pero a menudo se pregunta: «¿Veremos a Dios?». En estos dos capítulos del Apocalipsis hay, sin embargo, personajes distintos: el que está sentado en el trono; el Cordero inmolado en medio del trono; los siete espíritus de Dios delante del trono.
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El Salvador
“El Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14). El nombre mismo de Jesús revela ese carácter: Jehová salva. El ángel dijo a los pastores: “Os ha nacido… un Salvador” (Lucas 2:11). Los samaritanos de Sicar dieron testimonio de ello: “Nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:42).
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El Señor
Después de mostrarnos la humillación de Cristo Jesús, Filipenses 2:9-11 nos presenta su exaltación: “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
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En el camino
¡Cuán hermosos son… los pies… del que anuncia la paz! (Isaías 52:7).
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En el huerto
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En el monte
El monte ocupa un lugar importante en la Palabra. A menudo Dios se reveló allí, y allí se sentía su presencia. En Moriah, Abraham y su hijo Isaac iban juntos. En Sinaí, Moisés recibió las revelaciones divinas. En el monte Nebo contempló, en la compañía de Dios, toda la extensión del país. La maldición y la bendición eran pronunciadas sobre los montes Ebal y Gerizim.
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