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El pedido de una niña
Una joven viuda no había podido pagar el alquiler de su casa. El dueño la amenazó con echarla si no pagaba enseguida. Como la mujer ganaba muy poco dinero, le pidió que esperara un poco más, pero él no quiso. Desesperada se puso a llorar; entonces su hija de cinco años de edad le dijo: –¡Mamá! ¿Dios no es rico? –Sí, querida. –Siendo así, ¿puede él ayudarnos?
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El prado del bosque
Sonaron las doce menos cuarto en el viejo reloj de la torre de la iglesia de la aldea. Como electrizados, los muchachos y muchachas del cuarto grado dieron vuelta la cabeza hacia la ventana para convencerse de que las gastadas manecillas estaban indicando realmente las doce menos cuarto; este era, pues, el último cuarto de hora anterior a las vacaciones.
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El silbido y el suspiro
Un campesino, siervo de Dios, había ahorrado algún dinero, el cual deseaba repartir entre los pobres. Cuando llegó el día previsto para ello, salió a caballo en dirección a la ciudad vecina en donde quería entregar su ayuda a algunas familias necesitadas. El camino pasaba por un bosque oscuro a través del cual el aldeano proseguía su marcha tranquilamente.
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El vaso de agua fresca
Hacía muchas horas que un hombre trabajaba a pleno sol. Cuando su pequeño hijo se dio cuenta de ello, corrió a la cocina, llenó un vaso de agua fresca y lo llevó a su padre, diciéndole: –Papá, te he traído algo fresco para beber.
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Esta mañana
Un niño de seis años de edad acababa de morir. Sus padres sollozaban junto a la cama en la cual estaba el cuerpo. De repente, se presentó un vecino quien deseaba ver al niño. Era un albañil al que apenas conocían. Cuando el hombre vio el cuerpo sin vida, rompió a llorar amargamente. –¡Ah –dijo entre sollozos–, no saben ustedes todo el bien que me hizo este pequeño!
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Huir
Un día caminaba yo por la calle del mercado. Al pasar frente a la frutería vi a un niño de siete u ocho años de edad que estaba parado ante un cajón de hermosas manzanas, las cuales devoraba con los ojos. Sigilosamente observó a todos lados, se apercibió de que nadie lo veía y tomó rápidamente una manzana. Pero no salió corriendo. Se quedó parado, mirando la fruta que había tomado.
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Jesús le ama
Cierto día, una niña estaba con su padre en el andén de una estación de ferrocarril cuando un criminal fue llevado allí, esposado. El hombre parecía muy duro y tenía un aspecto tan aterrador que nadie se animaba a acercársele. La pequeña observó la escena por un momento y luego, sin llamar la atención, se dirigió hacia el hombre y le dijo: –Siento mucha lástima por usted.
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La cabeza de pescado
Billy iba camino a su casa, recordando lo que había oído en la escuela dominical. El Señor Jesús no tenía dinero, pero quería pagar el impuesto que las autoridades exigían de él y de Pedro, su discípulo. Por lo tanto, Jesús dijo a Pedro que echara el anzuelo al mar y que en la boca del primer pez que sacara encontraría una moneda con la cual podría pagar la suma requerida.
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La cometa
Un niño jugaba con una cometa. El juguete subía, volvía a bajar un poco, luego trepaba aun más rápidamente según soplaba el viento. De repente, oculto por una nube, no se lo vio más. –¿Qué haces aquí? –le preguntó una persona que pasaba por el lugar. –Juego con mi cometa. –¿Cómo? ¿Una cometa? No la veo, y tú tampoco.
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La espera
Aquella mañana fui a la panadería. En la calle, detrás de mí, una voz clara y alegre me llamó la atención. Un chico de seis o siete años, sin preocuparse por lo que pensara la gente, cantaba una cancioncita seguramente inventada por él. Eran solo tres palabras repetidas: «¡A las diez… a las diez…!» Como él también iba a comprar pan, le dije:
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La excursión de la escuela
–Mamá, para dentro de ocho días la escuela ha organizado una excursión. ¿Me permites que vaya yo también? –le gritó Víctor, de doce años, a su madre, antes de llegar a su hogar, una casita rodeada de vides. La madre vino a su encuentro, le acarició la cabeza llena de rulos y le contestó lentamente: –No sé, Víctor, ¿cuánto cuesta?
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La falda escocesa
Un misionero que trabajaba en África deseaba comprar un terreno para edificar una sala de reuniones. Habló de este deseo a sus amigos de la ciudad en donde había nacido. Entonces algunas señoras tuvieron la idea de hacer distintos objetos y venderlos para juntar dinero a fin de poder comprar el terreno.
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La mano herida
Un edificio ardía en llamas. En la calle, la gente observaba aterrorizada y se preguntaba cómo habría empezado el incendio. De repente, en medio de las llamas, por una ventana del primer piso apareció un pequeño gritando espantado.
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La oración en el supermercado
En algunos supermercados hay restaurantes en los cuales los clientes se sirven ellos mismos. En uno de esos comedores, una mujer fue hasta las fuentes de comida, sirvió tres platos y se los llevó a sus hijos, quienes ocupaban una mesa en medio del salón. Luego volvió para servirse su propia comida. Entonces su pequeña hija le gritó: –Mami, ¿debemos orar aquí también?
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La pequeña japonesa
Hace algunos años, un japonés fue condenado por haber cometido muchos crímenes. Una niña de once años de edad, hija de creyentes, deseaba hacer algo para su Salvador. Cuando oyó hablar de la condena del criminal, empezó a orar por él; luego pidió a sus padres que le dieran un tratado cristiano para mandarlo al hombre castigado.
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La pequeña Sofía
En una quebrada encantadora se hallaba la casa de los granjeros. De un lado tenía muy cerca la orilla del bosque, y del otro estaba rodeada de praderas de un verde oscuro. En la primavera florecían allí dorados botones de oro, nomeolvides como ojos celestes y anémonas de un delicado color de rosa, junto al arroyo claro como el cristal.
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La picadura de la abeja
¿Sabías que la abeja, después de picar, muere porque su aguijón queda prendido donde ha picado?
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La recompensa por un vaso de agua
La pequeña Alicia había aprendido de memoria el versículo que dice: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente…, de cierto os digo que no perderá su recompensa”.
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La tormenta de nieve
Por una estrecha carretera, un ómnibus transportaba a un grupo de escolares, quienes iban de vuelta a sus casas. La tormenta de nieve era cada vez más fuerte; tan fuerte llegó a ser que en cierto momento, la vía quedó completamente tapada. El ómnibus se salió del camino y sus ruedas quedaron hundidas en la nieve y el barro.
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Max, el gallina
–¡Gallina! ¡Max, el gallina! ¡Max, eres un gallina! –resonaba graciosamente desde el bosque.
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Mirar el lado bueno
Dos niñas jugaban con una pelota de plástico. Pero el viento no las dejaba divertirse a gusto porque les desviaba el balón. Entonces Nelly, enojada, dijo: –Si Dios no enviara el viento podríamos jugar tranquilas. –No, Nelly– le hizo ver su hermana Susy. Dios envía el viento para que seque la ropa que mamá lavó y que tanto necesitamos.
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Nido de cigüeñas
–Mamá ¿por qué no tenemos gansos comos los demás? Al hacer esta pregunta, Lorenzo –un pequeño de apenas diez años–no se dio cuenta de que una sombra pasaba por la pálida cara de la mujer que daba rápidas vueltas a la rueca para no estar ociosa ni siquiera en la penumbra. –Antes teníamos muchos gansos –dijo ella en voz baja, como para sí misma.
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No soy mío
Un día, la pequeña Susy dijo a su padre: –Quisiera dar algún dinero para el servicio de Dios, pero no tengo nada. –Dios no espera que le des lo que no tienes –contestó su padre. Pero hay otras cosas que puedes hacer, mira…
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No temas
Una señora estaba en el hospital. Tenía una enfermedad grave y debía ser operada. Para darse valor se puso a buscar en la Biblia todos los textos que dicen “no temas”. En ese momento pasó el médico quien al día siguiente debía realizar la operación. Se paró junto a la cama de la paciente y preguntó: –¿Qué está leyendo usted, señora?
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