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El espejo
El padre de Ricardo le había prometido llevarlo al jardín zoológico. Cuando llegó el día señalado, su madre lo bañó bien y le puso la mejor ropa que tenía, la de pasear. Mientras esperaba a su papá, Ricardo se entretuvo jugando en el jardín. Claro, como te podrás imaginar, al rato estaba bastante sucio. Cuando su papá llegó y lo vio, le pidió que se bañara de nuevo y cambiara su ropa.
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El filo de la espada
Lentamente pasaron los meses. Mimosa tuvo que volver al trabajo; de otro modo, se hubiera acabado el alimento para la familia. Su esposo, tendido todo el día en la estera, era una boca más para alimentar. Se podía confiar en Kinglet, quien lo cuidaba y también se ocupaba de Mayil y Music mientras la madre estaba ausente.
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El gigante vencido
En una región de los Estados Unidos hay bosques de árboles enormes, tan altos y fuertes como gigantes. Los vientos más poderosos no consiguen voltearlos. Sin embargo, algunos yacen caídos en el suelo. ¿Qué pudo haberlos derribado?
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El gran paraguas negro
Un año en que los campos de Inglaterra sufrían una larga sequía, algunos campesinos cristianos decidieron reunirse con el fin de orar especialmente para que el Señor enviara la lluvia tan necesaria. El día fijado cada uno se dirigió al lugar de reunión. La pequeña María llegó llevando un paraguas negro casi tan grande como ella.
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El hijo del capitán
Al capitán de un barco de carga se le había permitido llevar consigo a su hijo para que fuera conociendo el mar. Durante algunos días hubo buen tiempo; pero después se desató una tormenta. El barco era fuertemente sacudido y el ruido de las olas era tan estridente que no dejaba oír nada más.
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El látigo
–¿Qué pasa con esta criatura? ¿Qué tiene? Quien hablaba así era la madre de Mimosa; estaba muy enfadada. Y cuando esa mujer estaba enojada, usaba el látigo sin titubear. –¡Mírenla! ¡No hay ni rastro de ceniza sagrada en su frente! –¿Qué dirán los vecinos? –dijo la tía. –¡Ven acá, ingrata! ¡Apresúrate!
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El negro Iván
Iván, revisor en el ferrocarril Tisca, que unía San Petersburgo con Moscú, subió rápidamente los escalones del primer vagón a fin de verificar, como era su obligación, si algún viajero se había quedado dormido y pasado de la estación en que debía bajar o si había olvidado algo de valor en algún compartimento.
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El nombre
En algunas tribus indias se acostumbraba dar a los niños recién nacidos un nombre provisorio, el cual cambiará con el paso del tiempo. Por ejemplo: «Hijo de águila» o «Nube rosada». Mientras crecían los niños, iban mostrando cuál era su habilidad; y entonces, de acuerdo con ella, recibían el nombre para toda la vida.
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El oso blanco
Hace muchos años, una familia de Inglaterra recibía de vez en cuando la visita de un misionero, es decir, de un siervo de Dios, quien trabajaba en el Labrador, un lugar donde hace tanto frío que la tierra y parte del mar están cubiertos de hielo. Este hombre acostumbraba contar muchas cosas del país en el que obraba llevando almas al Salvador.
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El pedido de una niña
Una joven viuda no había podido pagar el alquiler de su casa. El dueño la amenazó con echarla si no pagaba enseguida. Como la mujer ganaba muy poco dinero, le pidió que esperara un poco más, pero él no quiso. Desesperada se puso a llorar; entonces su hija de cinco años de edad le dijo: –¡Mamá! ¿Dios no es rico? –Sí, querida. –Siendo así, ¿puede él ayudarnos?
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El prado del bosque
Sonaron las doce menos cuarto en el viejo reloj de la torre de la iglesia de la aldea. Como electrizados, los muchachos y muchachas del cuarto grado dieron vuelta la cabeza hacia la ventana para convencerse de que las gastadas manecillas estaban indicando realmente las doce menos cuarto; este era, pues, el último cuarto de hora anterior a las vacaciones.
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El que trae desgracias
Le esperaba un nuevo dolor. Su quinto hijo también fue un varón. Los vecinos vinieron a verla; zumbaban a su alrededor como abejas. La compadecían o la censuraban, según sus antojos. Pero todos sacudían sus cabezas y volvían las palmas de sus manos al cielo profetizando cosas terribles.
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El que trae suerte
Los hijos de Mimosa eran niños simpáticos y se hacían querer. El mayor era un hombrecito que sabía arreglárselas solo. Era muy recto por naturaleza. El pequeño Music era muy inteligente y atractivo. Luego nació el cuarto. El cuarto hijo, si es varón, según se dice trae buena suerte a la familia. Si además el quinto es una niña, los dos son considerados como buen presagio.
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El regreso de Mimosa
Cierto día recibimos una carta de Mimosa en la que nos decía: «Les ruego que me vengan a buscar, puedo ir». ¿Cómo era posible? ¿Qué había sucedido?
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El remedio mágico
En aquella época, Mimosa y su esposo eran muy pobres. Por lo tanto, cuando él estuvo bastante bien como para hacer un trabajo ligero, ella le suplicó que aceptara lo que le ofrecían, pues ella se sentía sumamente cansada. El marido ya veía lo suficiente para realizar aquella tarea. Debía acompañar a un pariente que iba a uno de esos lugares santos al sur del país.
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El silbido y el suspiro
Un campesino, siervo de Dios, había ahorrado algún dinero, el cual deseaba repartir entre los pobres. Cuando llegó el día previsto para ello, salió a caballo en dirección a la ciudad vecina en donde quería entregar su ayuda a algunas familias necesitadas. El camino pasaba por un bosque oscuro a través del cual el aldeano proseguía su marcha tranquilamente.
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El torito gris
Un día, mientras Mimosa me contaba sus experiencias y su vida pasada, de repente expresó: «Entonces el torito gris se fue al cielo». Sabía algo de ese lugar, de sus puertas de perlas, sus muros, sus calles de oro puro, su río y árbol de vida. Este cuadro de hermosura y de gloria había llamado la atención de esta joven.
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El vaso de agua fresca
Hacía muchas horas que un hombre trabajaba a pleno sol. Cuando su pequeño hijo se dio cuenta de ello, corrió a la cocina, llenó un vaso de agua fresca y lo llevó a su padre, diciéndole: –Papá, te he traído algo fresco para beber.
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En casa de sus amigos
Con nuevas fuerzas, Mimosa empezó a trabajar para reconstituir su pequeña fortuna. En la India, cuando alguien está enfermo, los familiares acuden, se quedan uno o dos días y se van; si la enfermedad se prolonga, volverán otra vez. Vienen para inquirir sobre lo oído, simpatizar y aconsejar a la familia. No obrar así, sería como si no amaran a los suyos.
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¿Es Mimosa?
Yo estaba en un apartado rincón de la misión, cuando un niño llegó corriendo para anunciarme la llegada de Mimosa. Mientras atravesaba apresurada el patio recordaba del pasado una jovencita, delgada, con su traje anaranjado y carmesí, con lindos anillos de plata en los brazos.
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Esta mañana
Un niño de seis años de edad acababa de morir. Sus padres sollozaban junto a la cama en la cual estaba el cuerpo. De repente, se presentó un vecino quien deseaba ver al niño. Era un albañil al que apenas conocían. Cuando el hombre vio el cuerpo sin vida, rompió a llorar amargamente. –¡Ah –dijo entre sollozos–, no saben ustedes todo el bien que me hizo este pequeño!
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He aprendido a conocerlo mediante el sufrimiento
Pasaron algunos meses. El primo de Mimosa seguía demostrándole su bondad, pero la gente del pueblo la miraba con malos ojos; ya le resultaba casi imposible mantener a sus hijos alejados de las influencias externas. Empezaban a comprender muchas cosas y hacer preguntas; se daban cuenta de que su hogar estaba dividido.
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Huir
Un día caminaba yo por la calle del mercado. Al pasar frente a la frutería vi a un niño de siete u ocho años de edad que estaba parado ante un cajón de hermosas manzanas, las cuales devoraba con los ojos. Sigilosamente observó a todos lados, se apercibió de que nadie lo veía y tomó rápidamente una manzana. Pero no salió corriendo. Se quedó parado, mirando la fruta que había tomado.
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Introducción
Este relato verídico es la historia siempre nueva de un alma que se dejó ganar por el infinito amor del Salvador. Para comprenderla mejor, hemos pensado que sería bueno explicar un poco lo que son las «castas».
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