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La muerte del padre
–¡No iré a esa peregrinación! Quien se expresaba así con tanta determinación era el jefe de familia. Los suyos, ataviados con sus mejores vestimentas, se preparaban para ir con los otros miembros de su casa a una gran fiesta, en un templo, cerca del mar.
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La pequeña Lily
Nunca había visto una niña más bonita. Su cabello era color castaño tirando a claro, sus mejillas sonrosadas y regordetas, y tenía unos hermosos ojos azules. Acabó de despertarse mientras la contemplábamos, y tras mirarnos a todos con extrañeza, rompió o llorar, gritando desesperadamente: –¡Mamá! ¡Mamá! De modo que aquella infeliz mujer no era su madre.
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La planta de tulasi
Al oeste del pueblo se encontraban los campos de algodón que habían pertenecido a su familia. Incluso algunos eran todavía propiedad de sus familiares. Trabajaría allí, y ganaría lo suficiente para mantener a su marido y a su hijo. Se puso manos a la obra sin detenerse ni por el viento, ni por el sol.
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La pregunta del anciano
El lunes por la mañana, como hacía buen tiempo, Lily me acompañó para presenciar la llegada del vapor. Llevaba en sus brazos una muñeca de trapo con pelos de rubia estopa que la «tía María» le había regalado y de la que estaba muy orgullosa.
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La vasija que contenía el maná
El manicomio más cercano al pueblo de Mimosa se encontraba a 800 km. Si hubiesen sido 8.000 km, hubiera sido lo mismo, pues para que un enfermo fuera admitido, debían llenarse ciertas formalidades, las que Mimosa ignoraba. A lo mejor, ni siquiera sabía que existían manicomios; por lo tanto no podía hacer atender a su marido.
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Las cinco rupias
Todos esos sentimientos interiores nos fueron relatados por Mimosa misma cuando volvió a Dohnavur más tarde. Normalmente no hablaba de sus experiencias personales; las guardaba íntimamente, al abrigo de las vanas conversaciones.
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Mayil
Su segundo hijo, un niño precioso, nació dos años después de Kinglet. Lo llamó Mayil, que significa: «Pavito real». Esa gente tan amante de los colores vivos no piensa en la vanidad. Para ellos, el pavo real representa sencillamente la hermosura. Mimosa lo llamaba a veces: «Mi hijo dorado», pues la piel aterciopelada de esos pequeños indígenas es más bien dorada que morena.
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Mi extraña morada
Nací en un faro durante una noche particularmente tempestuosa. Gigantescas olas venían a estrellarse ruidosamente contra nuestra morada. De no haber sido firmemente asentado sobre la roca, el faro y cuanto contenía hubiera sido barrido en el océano.
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Mimosa
Estaba de pie al sol de mediodía cuando la vi por primera vez, radiante en su sari1) rojo y anaranjado, los brazos adornados con pulseras pulidas, como los usan las mujeres hindúes. Parecía un pájaro de los bosques, tan perfecta era la armonía de sus formas y colores; en sus ojos grandes y dulces se leía algo de lo que escondía su alma de niña.
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¿No quemó la planta de tulasi?
El pequeño Music, alegre y regordete, empezaba a correr por toda la casa, cuando una tarde al crepúsculo, mientras Mimosa preparaba la cena, se sobresaltó al oír gritar a su marido. Corrió hacia la galería. –¡Mira, mira! ¡se me clavó una espina en el tobillo del pie derecho!
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Nuestro rayo de sol
Abuelo David y Tom Peters estaban sentados cerca de la lumbre en la pequeña habitación que había arriba del faro, y yo estaba a su lado con la pequeña en mis piernas. Rebuscando en la casa, había encontrado un viejo libro lleno de grabados que la divertía mucho; debía ser del tiempo de Napoleón; Lily lo hojeaba haciendo de vez en cuando unas observaciones cómicas e ingenuas.
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Nuevos sufrimientos
Estas cosas sucedieron mientras yo estaba fuera de la casa misionera, y Star no me puso al corriente de los sucesos. Ella no quería aumentar mis preocupaciones y el trabajo difícil que yo había emprendido esos días. De todos modos sabía que yo aprobaba sus decisiones, pues gozábamos de una hermosa comunión en nuestra querida casa de Dohnavur.
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Oprimida, pero no desesperada
Mimosa llegó a la casa de su marido tarde en la noche. Allí reinaba una espantosa confusión. Ya había llegado la noticia de su proyecto, lo que sacudió a su indolente marido como también a sus vecinos. La casa se llenó de gente, estaban encolerizados. Todos gritaban juntos, maldiciendo, protestando y acumulando denuncias sobre la cabeza de la pobre mujer.
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Parpom
Pasaron los años. Mimosa había crecido. Ya no era la niña a la que habíamos conocido. Había llegado el día de su casamiento y todo estaba listo para la ceremonia.
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Pruebas cotidianas
Así pasaron meses muy sombríos. Mimosa tomó la costumbre de encogerse de hombros y replicar; no se convirtió en un modelo de paciencia de la noche a la mañana; y los severos y frecuentes castigos no contribuyeron a endulzar su carácter.
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Quien espera, desespera
María Peters salió con mi abuelo; para no dejar a Lily sola, yo no me atreví a seguirlos. Permanecí cerca de la ventana, acechando el ruido de sus pasos para ir a su encuentro cuando volviesen. Pero el reloj dio las diez y, muerto de impaciencia, no pude esperar más.
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Se va el rayo de sol
Aquel lunes por la mañana, el tiempo estaba tan frío y húmedo que no quisimos dejar salir a nuestra pequeña Lily. Me quedé con ella en casa, jugando a la pelota, mientras mi padre y mi abuelo, con sus gorras, impermeables y botas de goma, iban a esperar la llegada del «Carnavon 4», que llevaba algún retraso sobre su habitual horario.
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Semillas divinas
En aquella hora amarga, Mimosa encontró un nuevo socorro divino. En el pueblo había algunas familias cristianas. Ninguna, excepto una, se ocupaba de ella porque pertenecían a otra casta; y después de todo eran cristianas sólo de nombre. Es fácil criticar a esa gente y asombrarse por su falta de amor.
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Sobre la roca
Unos quince días después de la llegada de mi padre, tuvimos la sorpresa de recibir otra visita del señor Benson. Venía a informarnos que su yerno había recibido una carta acerca de la chiquilla que habíamos recogido tras el naufragio del «Victory».
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Un cambio en el faro
La espera se nos hizo interminable; permanecíamos aturdidos y silenciosos sin saber qué hacer e imaginándonos a la pobre María enferma y presa de desesperación: ¿qué haría? ¿cómo recibiría aquella tremenda noticia? Por fin, vimos surgir la silueta del abuelo y fuimos a su encuentro. Tenía los ojos enrojecidos y nos dijo con voz ronca:
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Un nuevo vecino
El lunes por la mañana fuimos temprano, como de costumbre, a esperar el vapor del capitán Sayers. Me parece que tenía un nombre que empieza con una «C»… a ver, «Car…», ah sí, «Carnavon 4»; pero todos lo llamábamos «el vapor».
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Un salvamento
Efectivamente, lo que había visto era un bote salvavidas, pero vuelto al revés. Un momento más tarde, pasamos tan cerca de él que casi hubiera podido tocarlo con la mano. –Han perdido su esquife –gritó mi abuelo–. ¡Ánimo, Tom! ¡Hay que llegar hasta el barco!
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Un vistazo al pasado
Durante los días siguientes pudimos disfrutar de largas conversaciones; eran como miradas a través de ventanas abiertas al pasado. No creo que en la India se mire con frecuencia de esa manera en la vida de alguna persona. Cierta timidez se desliza, como si se hablara detrás de un vidrio. Así que es poco lo que se puede ver de esas vidas.
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Una luz en alta mar
Ya estábamos en noviembre otra vez; los días se acortaban rápidamente. Allá por Cornualles, la noche cae muy pronto en invierno; a las cinco de la tarde ya es noche cerrada, mayormente cuando hay tiempo lluvioso. A eso de las seis y media, estábamos cenando el abuelo y yo, según nuestra costumbre.
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