Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 21

Varias escalas

El amor fraternal se manifestó a lo largo del viaje del apóstol (v. 1, 6, 12 y sig.). En Tiro como en Mileto, Pablo se separó de los hermanos de cada una de estas ciudades, después de haber orado arrodillados en la playa (v. 5; cap. 20:36-37). El Espíritu subraya la presencia de los niños, algo tan deseable en las reuniones.

En Cesarea Pablo se hospedó en casa de Felipe, quien se había establecido allí después de haber predicado en todas las ciudades desde Azoto, incluidas sin duda Lida y Jope (Hechos 8:40; 9:32, 36). Sus hijas también tenían un hermoso servicio para el Señor, pero no lo desempeñaban en la Iglesia (v. 9, comp. con 1 Corintios 14:3, 34).

El afecto hacia los de su pueblo fue lo que guió al apóstol durante ese viaje. Pablo era portador de las ofrendas reunidas en las asambleas de Macedonia y Acaya, y deseaba llevarlas él mismo a Jerusalén (Romanos 15:25-26). Por esa razón no tuvo en cuenta las advertencias del Espíritu, las del profeta Agabo ni las súplicas de los hermanos (v. 4, 11-12; ver Hechos 11:28). No tenemos derecho a juzgarlo. Pero este relato nos es dado para enseñarnos que al escuchar solo los propios sentimientos, por muy buenos que sean, el creyente puede apartarse del camino de dependencia del Señor. ¡Cuán seria es esta lección para cada uno de nosotros!

Una propuesta con grandes consecuencias

Para ir de Grecia a Roma, el apóstol se había propuesto pasar por Jerusalén (Hechos 19:21). Pese a ese inoportuno rodeo, la voluntad del Señor se cumpliría (v. 14). El camino que elegimos nosotros mismos nunca es sencillo; podemos estar seguros de que en él encontraremos toda clase de complicaciones. Los ancianos de Jerusalén invitaron a Pablo a “judaizar” para tranquilizar a los creyentes judíos; así el apóstol se halló impulsado a contradecir su propia enseñanza. ¡Penoso dilema para él! Una vez más vemos hasta qué punto los cristianos de Jerusalén estaban apegados a su religión judía. Trataban de poner vino nuevo en odres viejos (Mateo 9:17). A esos israelitas “celosos por la ley”, el apóstol Santiago (Jacobo), mencionado en el versículo 18, les escribió sobre “la ley de la libertad” y de “la religión pura y sin mácula” (Santiago 1:27; 2:12). Esta no consiste en una purificación corporal (v. 24), sino en “guardarse sin mancha del mundo” y visitar a los afligidos.

Pablo se halló como atrapado en un engranaje. Fue al templo y se sometió a los ritos judaicos para agradar a sus hermanos de raza. Mas todo fue en vano, pues en esta actitud los judíos vieron una provocación e intentaron matarlo, alborotando la ciudad (v. 30).

Pablo cuenta su conversión

Pablo fue arrebatado de la violencia de la multitud gracias a la intervención del tribuno, es decir, del comandante de la guarnición romana. Este último, que primero confundió al apóstol con un famoso bandido egipcio, se tranquilizó al oírlo hablar en griego y lo autorizó para dirigirse a la muchedumbre. Ante ella, y en medio de un solemne silencio, Pablo recordó su muy culpable pasado, pero en un sentido completamente opuesto al que los judíos entendían. Dotado de cualidades y ventajas poco comunes: “Hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo” (Filipenses 3:5), su reputación era la de un hombre piadoso e irreprochable. Pues bien, su celo religioso semejante al que animaba a los dirigentes de esa multitud lo había conducido, pese a las advertencias de su maestro Gamaliel, a luchar contra Dios (v. 3, Hechos 5:38-39). Entonces, desde el cielo le vino la terrible réplica:

Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues.

Al herir a esos débiles cristianos, al perseguirlos hasta la muerte, él combatía al Hijo de Dios. Pero en lugar de castigarlo por su impía osadía, al mismo tiempo que le devolvió la vista, el Señor abrió los ojos de su corazón, haciendo de este hombre, apartado desde su nacimiento, un fiel instrumento para Dios. Le dio espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, alumbrando los ojos de su entendimiento (véase Efesios 1:17-18).