Capítulo 16
Timoteo – El Evangelio llega a Europa
Pablo llegó a Derbe y Listra donde se habían constituido iglesias durante su primer viaje. Allí vemos al joven Timoteo, cuyo nombre significa «honrado por Dios». Este había sido instruido en el conocimiento de las Sagradas Escrituras por una madre y una abuela piadosas (2 Timoteo 1:5; 3:15). ¡Feliz preparación para el servicio que en adelante debería cumplir con el apóstol, como un hijo que sirve a su padre! (Filipenses 2:22).
El “nos”, empleado desde el versículo 10 muestra que Lucas, el autor del libro, a partir de ese momento se unió a ellos en la obra del Señor. Observando el mapa podemos darnos cuenta de que después de haber tratado de ir primero a la izquierda, a la provincia de Asia (la región de Efeso), y luego a la derecha, a Bitinia, el apóstol y sus compañeros fueron llamados por el Espíritu a ir al frente de ellos, hacia Macedonia, al otro lado del mar Egeo. Cuando Dios cierra las puertas, el siervo obediente no debe insistir, sino esperar las directrices de arriba.
Filipos fue la primera ciudad de Europa que oyó el Evangelio; y la primera conversión mencionada es la de Lidia. El Señor abrió el corazón de esta mujer para que estuviese atenta… Pidámosle que abra también el nuestro y que nos guarde de toda distracción cada vez que la Palabra nos sea presentada.
Cantos y conversión en una cárcel
La liberación de la muchacha que tenía espíritu de adivinación acarreó torturas y prisiones a los dos siervos de Dios. Con razón podían pensar que en Macedonia, adonde se les había llamado para ayudar, se les tributaba una extraña acogida (v. 9). Pero en esa oportunidad Pablo puso en práctica lo que recomendaría más tarde a los cristianos de aquella ciudad.
Regocijaos en el Señor siempre
(Filipenses 4:4).
Llenos de heridas, Pablo y Silas pudieron cantar en la prisión. Por supuesto que jamás en esos siniestros muros habían resonado semejantes ecos. ¡Qué testimonio daban esos cánticos a los oyentes! Cuanto más difíciles sean nuestras circunstancias, cuanto más nuestra paz y gozo hablarán a los que nos conocen. Por esa razón, a menudo, el Señor nos envía tribulaciones.
A este fiel testimonio, Dios agregó el suyo liberando a los prisioneros. Temblando, el carcelero exclamó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”. La respuesta, maravillosamente simple, se dirige a toda alma angustiada: “Cree en el Señor Jesucristo…” (v. 30-31). Y, en consecuencia, el gozo llenó aquella casa.
Después de esa memorable noche, los apóstoles fueron liberados oficialmente y abandonaron la ciudad, después de haber exhortado una vez más “a los hermanos”.
