Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 9

Conversión de Saulo

El capítulo 8:3 menciona a un joven llamado Saulo; este era un adversario particularmente encarnizado contra los cristianos. Según sus propias palabras, era “blasfemo, perseguidor e injuriador”; en fin, el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:13-15). Pero Dios con su poder iba a arrancar a Satanás uno de sus mejores instrumentos y alistarlo para su servicio. A Saulo no le bastaba con atormentar a los cristianos de Jerusalén; en su furor y fanatismo iba a perseguirlos hasta las ciudades extranjeras donde el Evangelio se había difundido (comp. cap. 26:11). Se dirigió a Damasco con el corazón lleno de un odio implacable hacia los discípulos del Señor y provisto de una autorización del sumo sacerdote. Pero en el camino, en pleno mediodía, repentinamente fue enceguecido por una luz resplandeciente. Al caer en tierra supo –podemos imaginarnos con qué sorpresa– que quien lo interpelaba desde lo alto era el mismo Jesús a quien combatía en la persona de sus discípulos. Porque el Señor se identifica con sus amados rescatados; ellos forman parte de él.

Saulo fue conducido a Damasco mientras su alma era objeto de un profundo trabajo. El Señor envió a Ananías a visitar al nuevo convertido para abrirle los ojos y bautizarlo.

Saulo cambió – Dos milagros de Pedro

Tan pronto como se convirtió, Saulo empezó a predicar el nombre que tanto había combatido (v. 20). Sin embargo, fueron necesarios muchos años de preparación para el ministerio al cual el Señor lo destinaba (v. 15). Jóvenes creyentes, no esperen hasta tener un gran conocimiento para hablar del Señor a otros. Pero tampoco piensen que para emprender cualquier servicio para el Señor sea suficiente ser salvo. Pablo necesitó un período de retiro en Arabia (Gálatas 1:17) y otro en Tarso (v. 30; 11:25) antes de ser llamado a predicar el Evangelio a las naciones en compañía de Bernabé. Solo catorce años después de su conversión los demás apóstoles le dieron “la diestra en señal de compañerismo”, reconociendo su obra entre las naciones (véase Gálatas 2:9).

Cuatro hermosos rasgos caracterizaban a las iglesias en esos primeros tiempos: la paz, la edificación, un temor reverente y el crecimiento debido a la acción del divino “Consolador”, el Espíritu Santo (v. 31) que aún permanece con nosotros para que podamos realizar esos caracteres.

El capítulo termina con la curación de Eneas y la resurrección de Dorcas: dos milagros, hechos a través de Pedro, que permitieron llevar almas al Señor y que los discípulos gozaran de la consolación del Espíritu Santo.